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Las fuentes
Joaquín Weiss
 
Las fuentes


Las fuentes son tan antiguas como la humanidad misma y han acompañado a ésta durante todos los momentos de su larga historia. Es muy probable que los egipcios las emplearan ya en su doble aspecto, utilitario y decorativo, en conexión con sus espléndidos jardines privados y templarios, en los cuales sabemos que, por lo menos, abundaban los estanques. En Grecia la fuente era elemento indispensable en toda ciudad, consagrada a alguna divinidad o conmemorando a su fundador, y adquiría una significación especial cuando –como sucedía a menudo– se atribuían a sus aguas propiedades medicinales. Monumentales en sí –como la de Megara– o bien cubiertas con bellos edículos o rodeadas de amplios pórticos, no solamente llenaban una necesidad, sino que recreaban la vista y refrescaban el ambiente, y a ellas acudían las gentes a descansar en los cálidos días estivales.

En Roma, que aventajaba a tantas ciudades modernas en la envidiable abundancia de de su provisión de agua, la erección de fuente públicas merecía la atención preferente de príncipes y ediles, siendo extraordinario su número y calidad; ciento seis fuentes surtidoras y trescientos sesenta y cinco con pilón o abrevadero afírmase que existían en la populosa ciudad. Como es de suponer, en el retroceso social y político que representa la baja Edad Media, se desatendió el abastecimiento de agua a las poblaciones, y las fuentes aparecían escasamente en determinados lugares de aquellas o a lo largo de los caminos, para las necesidades de los viandantes, tratadas siempre con gran sencillez.

(...)

Sin embargo, con las modernas redes de abastecimiento de agua y la cómoda obtención de ésta en todas partes de la ciudad, las fuentes han perdido gran arte de su carácter utilitario, entendiendo por esto la necesidad material de ellas. Ya el cántaro “no va a la fuente”, sino que es la fuente la que “llega hasta el cántaro”, por lo menos en Occidente; sólo algunas ciudades del Oriente nos deparan todavía el sugestivo espectáculo de una pintoresca multitud proveyéndose de agua en las fuentes públicas, aprovechando de paso para contarse mutuamente sus cuitas, revelarse sus amores, o comentar el último escándalo del vecindario. Más, por vía de compensación, las fuentes han reafirmado sus cualidades “espirituales” y sus propiedades decorativas, uniéndose en su composición no sólo la escultura y la arquitectura, como antes, sino también la hidráulica y la lumínica, produciendo juegos de agua en comparación con los cuales palidecen aún los famosos “grands eaux” Versallescos. Así, a los dos grandes grupos tradicionales, o sea, el de las fuentes exclusivamente escultóricas –... – y el de aquellas en que la arquitectura se combina y aún predomina sobre la escultura –...– hay que agregar una nueva categoría, la de las fuentes en que –...– el caudal, los juegos y hasta la policromía de las aguas constituyen su aspecto más interesante.

La mayor parte de nuestras fuentes pertenecen al primer grupo, algunas de las modernas pueden clasificarse en el tercero. Las coloniales son digno complemento de los monumentos conmemorativos contemporáneos ....

De las primeras, la conocida por “fuente de la Alameda de Paula”, revela el excelente efecto que puede obtenerse a base de elemento tan simple como una columna, de escala más bien pequeña, cuando se anima y enriquece con esculturas apropiadas y bien ejecutadas. Privada de su taza y maltrecha por la acción del temporal de 1910 que la derribó, constituye todavía un elemento decorativo nada despreciable, que debe considerarse sin reservas mentales en cuanto a la época y asunto que conmemora...

La bellísima fuente “de los Leones” es obra de Giuseppe Gaggini, miembro de una extensa y distinguida familia de escultores italianos, y bastará decir que, a través de un siglo de azarosa existencia, se la han disputado, sucesivamente, la Plaza de San Francisco –su primer emplazamiento– el “Nuevo Prado”, el Parque de Trillo y, actualmente (1932), el Parque de la Fraternidad. Cuando se ha querido embellecer el “último” parque, invariablemente se ha llevado a él la Fuente de los Leones.

Otro tanto podría decirse de la hermosa Fuente de Neptuno, que (...) fue a embellecer el parque Gonzalo de Quesada en el Vedado, donde en realidad luce un tanto pequeña en relación a la desmesurada taza que le han provisto.

Descollando sobre todas sus congéneres de la época colonial se alza la fuente de la “India” o de la “Noble Habana”, también obra de Gaggini en colaboración con su compatriota, el arquitecto Tagliafichi. Emplazada desde hacía tiempo en el extremo sur del “Nuevo Prado”, frente al antiguo Campo de Marte, ha ganado mucho con la apertura de la Gran Avenida del Capitolio y su colocación al eje de la misma, con un fondo de verde follaje, sumando su interés al atractivo de aquel verdadero “oasis” capitalino, y constituyendo hoy como ayer el más hermoso y popular de nuestros monumentos coloniales. De suerte que, ante su indiscutible mérito artístico y el agradable y apropiado ambiente que se le ha creado, no cabe preocuparnos –como bien dice Don Eugenio Sánchez de Fuentes– de si la India que simboliza a La Habana tiene facciones griegas, en vez de las típicas de su raza.

Otras fuentes nos legó la época colonial, como la llamada fuente de Ceres, la de los Sátiros, ña de las frutas, etc., que decoraban el Prado, el Paseo de Carlos III, y algunos parque, de mayor o menor mérito artístico, y en las cuales no nos detendremos por yacer hoy mutiladas o haber desaparecido enteramente.

En las fuentes de la era Republicana, la del Casino Nacional, por el competente y célebre Aldo Gamba, es una composición bellísima y original, aunque recuerdo una obra semejante, la Depew Memorial Fountain, por el escultor Sterling Calder y el arquitecto Henry Bacon, los dos norteamericanos; en ambas una rueda de hermosas y gráciles danzarinas, cogidas de la mano circundan la taza, sólo que, en el caso a que me refiero, se leva un árbol central sosteniendo una figura de la Música, batiendo maravillosamente los platillos. La originalidad de la fuente de Aldo Gamba –quien probablemente no conocía la obra mencionada– estriba, de todos modos, en haber contado con el agua como elemento fundamental de la composición: sus mujeres rebosantes de juventud y alegría, danzan en torno a un vaporoso penacho de agua cual si festejaran al unísono el triunfo de la vida y la gloria del amor.

La fuente “luminosa” del parque de su nombre, en el reparto Almendares, primera de ese tipo entre nosotros, puede clasificarse dentro de la tercera categoría, ya que se basa casi exclusivamente en el empleo artístico del agua y los efectos cromáticos. Obra de los proyectistas de jardines, Luetchford y Jiménez, comprende, sin embargo, un zócalo y taza vigorosos y bien proporcionados. Su congénere, la fuente luminosa a la entrada del reparto Miramar, proyectada por el arquitecto Duncan y esculpida por escultores italianos en los Estados Unidos, es, por el contrario, una hermosa creación y una bella pieza escultórica, hasta cierto punto independiente de los efectos acuáticos, si bien, desde luego, resulta trunca sin su esbelta y fúlgida columna de agua. Para este tipo de fuente, sin embargo, su emplazamiento presenta el inconveniente de exponer a una ducha inesperada y fría a los transeúntes que se deslizan a sus plantas.

Una fuentecilla muy simpática y que demuestra lo que es capaz de producir un artista con poquísimo dinero, es la proyectada para el Jockey Club de Marianao por el arquitecto Emilio Soto, combinándose en ella, con excelente efecto, la plástica, la flora, plantas acuáticas, el agua y la luz.

(...)

El agua es la voz de las fuentes... Con ella cantan su alborozo, susurran sus amores, gimen su melancolía, borbotan su arrogancia o murmuran sus querellas...; y por eso los hermosos mármoles de una fuente seca causan tanta tristeza como los encantos físicos de una Venus muda...


Joaquín Weiss. Publicado en: Arte y Decoración. Año II, Nº 1, enero de 1932, La Habana. p.12-17.