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Presencia de la pintura ingenua en Cuba
Luisa María Ramírez Moreira
 
Presencia de la pintura ingenua en Cuba


Tal como sucede en otros horizontes, Cuba, país cálido por excelencia, acoge a aquellas personas entregadas al quehacer pictórico sin agenciarse patrones preconcebidos. Entre ellas emerge el deseo de comunicar ideas entendibles, para lo que apelan al lenguaje llano, sin argucias que impidan la fluidez del discurso artístico.

En todas las historias siempre se analiza aquel lugar que ha sido sede de acontecimientos culturales, esta vez La Habana no transfiere el derecho, veremos como mantiene el puesto de portavoz íntegro de aquellas tendencias vanguardistas que en el mundo del arte universal brillan y suenan. La pintura ingenua no se exime, pues allí con el paso del tiempo se dan cita la mayor parte de los creadores por diversas razones: contacto con centros culturales, intercambio directo con otras provincias y quizás, mayor reconocimiento.

En algunas de las fuentes consultadas se precisa que alrededor de los años 40 en la capital habanera germinan pintores afiliados a la expresión ingenua. No obstante, se desconoce la existencia de alguna nómina reveladora de los antecedentes en este laboreo, principalmente por lo subestimado que en el pasado resultó ser para las clases dominantes —en el presente, para algunos intelectuales y creadores académicos quienes admitían sólo el arte elaborado, sofisticado, aún más si era capaz de imbricarse dentro de las corrientes europeas.

Nombres como los de Rafael Moreno y Felisindo Iglesias, españoles radicados en nuestro país y los cubanos Uver Solís y Ruperto Jay Matamoros, se registran como los caracterizadores de la pintura ingenua en la década del 40.

A Ruperto Jay Matamoros (16) lo situó en La Habana, a pesar de haber nacido en la finca La Mariana, perteneciente al término de San Luis, municipio Santiago de Cuba, ya que a partir de 1936 su vida se define en el escenario capitalino, luego de ejercer como jardinero, guarda de almacén, fundidor de yeso y cemento, y chofer particular, entre otros oficios.

Para él la pintura adquirió otras características: no continuó trabajando con los colorantes que extraía de las semillas de aguacate, de bejucos de la India y otros frutos de la tierra; conoció entonces el óleo, que le dio mayor perfección a las telas evocadoras de paisajes de una vida extraña vistos con ojos que miran sin querer, o recuerdos del peregrinar guajiro por su terruño, donde sus habitantes le rinden homenaje cada vez que decide ir en busca de los parajes bucólicos nunca olvidados.

No es hasta 1959 que se abren los senderos de la creación sin el predominio del gusto burgués, más bien comienza a ser dominado el espacio por críticos y teóricos que señalarán el lugar de cada cual. La pintura ingenua no es tocada por esta varita, hasta que con el Salón 70 (1970) se propicia un ambiente acogedor para esta poética, “que no se producía en Cuba desde la década del 40-50 dándose a conocer otros como Gilberto de la Nuez, Benito Ortiz, Andrés Rodríguez Paz (El Monje), [...]. Nunca antes, ni tampoco después como el que allí se congregó”. (17)

Comienza a concederse alguna importancia a los pintores sin escuela, brota la energía cromática, el ansia de narrar experiencias, comunicar ideas, todas con estilos propios.

En el caso del inolvidable Gilberto de la Nuez, “su obra es un derroche, un cuerno de abundancia. Todo lo ha visto, como a vuelo de pájaro, y todo lo ha anotado, desde la simple partida de dominó hasta las últimas conquistas del Socia1ismo”. (18)

Petrona Cribeiro, otra creadora que pinta con lo que tiene a mano —el barrio donde vive, sus criaturas, sueños, ideas sumergidas en el campo cubano—, no esconde el origen campesino, florecen en sus cuadros montañas, llanuras, ríos, palmas, moradores y esperanzas.

No dejamos en el tintero a la fabulosa cuentera Teresita Soto ni las producciones con cierto aire enigmático que fluyen al desbordarse la imaginación de Gilberto Vargas o las representaciones cándidas sazonadas con detalles insospechados de Antonio Coello. Larga es la relación de los autores de estos documentos pictóricos, que se extienden a otros espacios: Matanzas con Elpidio Guerra (Mirito), un hombre multioficio que aprovecha los relatos de sus ancestros para evocarlos en la pintura y revelar tan significativos testimonios como la violenta esclavitud.

En el caso de Cienfuegos se anuncia también la vertiente ingenua (década del 40), cuando en el modesto estudio del escultor Mateo Torriente comienzan a reunirse poetas, narradores y pintores para dialogar sobre el tema de las bellas artes. Se integra al núcleo el escritor Samuel Feijóo que a su vez desborda vocación hacia la pintura. Nace entonces la idea de “iniciar un nuevo movimiento artístico apoyado en la fantasía cubana, mitos y leyendas del campo cubano y en la naturaleza”. (19)

Feijóo descubre que al compás de las notas del academicismo coexiste la voluntad creadora de otros pintores sin formación; al sur de las Villas y Cienfuegos aparecen nombres como: Benjamín Duarte, Antonia Hernández, Horacio Leyva. Nace así el grupo Signos, unificado gracias a la labor de Samuel Feijóo, apadrinados, en el caso de los creadores de Santa Clara, por José Seoane y Emilia Arufe.

El credo artístico de Signos se distinguió porque sus integrantes ofrecían un mundo dibujado a través de un ímpetu insospechado de líneas monocromas que parecen tejerse en el espacio pictórico, algunas veces graciosas, otras, con arcanos inesperados. Sueños, deseos y mágica imaginación se unen para entregarnos con justeza una producción que brota de la naturaleza misma.

“[...] El ornamento, el diseño, la estructura, el sabroso lenguaje plástico, las artes espaciales, se realiza en ellos con modos naturales y sin contaminación, o mejor dicho: sin daño”. (20)

A la luz de nuestros días, el grupo Signos continúa agrupando en Santa Clara a todas aquellas personas que revelan su inclinación por el arte de manera espontánea y sin influencias contemporáneas. Algunos de los creadores iniciales lamentablemente no están, pero por la trascendencia histórico-cultural y lo que significó desde su surgimiento, se mantiene la proyección “de convertir en material artístico todo lo que en Cuba ofrecía de original y único la avidez de los creadores sureños”. (21)

Muchas de las obras del grupo fueron acopiadas por Feijóo en un compendio que tituló Tarea al Sur, publicado a partir de 1966 en la revista Signos que él mismo dirigiera. La gran riqueza del arte, la heroicidad creadora se imbricaba armónicamente en cada una de las páginas de la publicación.

En 1998, en honor a esta respetable labor, artistas cienfuegueros también portadores de un lenguaje ingenuo, deciden unir sus ánimos y constituir el grupo Tarea al Sur, para abogar por este arte que ya es una fuerza pujante en la contemporaneidad cienfueguera.

En Sancti Spíritus, ejemplo digno de resaltar, se conoce en la década del 60 a Juan Rodríguez Paz, El Monje, descubierto como pintor ingenuo por:

“...el ingeniero Lino Zequeira quien se convirtió por breve tiempo en mecenas de la cultura espirituana. En 1968 Ivón Tallandier, Secretario ejecutivo del Salón de Mayo de París, Francia, pondera su talento artístico y lo incluye en la nómina de pintores cubanos que exponen junto con los extranjeros en la única muestra del prestigioso salón montado en el Pabellón Cuba de La Habana."(22)

Desde entonces El Monje inaugura un nuevo sendero para el arte ingenuo en tierra espirituana, que se acepta en los salones, y comienzan a reconocerse otros, como el coleccionista de piezas antiguas, libros y documentos, Erasmo Rameau, quien ganó premio en el Salón Nacional de 1989.

Se tienen referencias de que, Maximiliano y Raimundo Martín fueron antecedentes del arte ingenuo espirituano.

Ahora bien, no muy lejos de allí, en la ciudad tocada por la magia de las calles adoquinadas, Trinidad, se valida pictóricamente también en los años 60 la obra de Benito Ortiz Borrell (cartero), de una habilidad inconfundible al tratar de pintar la hermosa localidad con los ojos de un niño que corre sin temor al tiempo.

Avanzados los años 80 aparecen Margarita Porcegué con la intención de representar paisajes y rincones espirituanos matizados con la alegría de los pobladores; Abel Pérez Mainegra, cuyos lienzos se nutren de edificios, calles, piedras, hombres y mujeres que transitan por la inolvidable Trinidad; por último. Eduardo Cornelio, creador de seres fantásticos situados siempre en su escenario trinitario, extensos terrenos bucólicos, peleas de gallos, duendes, escenas campesinas donde siempre hay primavera junto al sol: para él “es como viajar por el monte, como cruzar un río o quizás cantar una décima”. (23)

El creador ingenuo nunca ha sentido la ausencia de algún soporte para rememorar y plasmar ideas: cartón, madera, masonite, papel, sábanas, los que se cubren con pigmentos o colorantes que extraen de frutos o semillas. Con el andar del tiempo admiten el óleo y el lienzo lo cual favorece su trabajo creador; se vislumbra una pieza diferente, lúcida como el amanecer. Aparecen figuras, casitas pintadas con gracia pueril como las ofrecidas por la camagüeyana Isabel de Las Mercedes,(24) una señora excepcional con el pincel en la mano. Cada obra nos invita a que nos adentremos en cuadros poblados de vivencias y recuerdos imborrables. Sus representaciones parecen marchar una detrás de otra por la estructura composicional que hace de las escenas grandes hileras verticales, llenas de cromatismos, brillantez, perros erizados como si fueran lobos, pájaros, gatos y otros seres de la fauna doméstica que se pierden por los extensos parajes por ella inventados.

En el territorio holguinero de Nicaro, surgen las imágenes atrevidas de Julio Breff Guilarte, donde fantasmas caravélicos danzan en la tierra, en fiestas y ceremonias alimentadas de la dicha de este hombre bueyero en los inicios, hoy ayudante de operaciones en la Planta eléctrica de Nicaro, espacio que animó su interés por la pintura. Desenfadadamente pinta con colores explosivos y elocuentes narraciones que salen de la propia vida.

Muy cerca de este autor ufano, en Moa, se encuentra Rafael Cala Lores cuya magia pictórica se adueña de los lienzos, la frescura mueve las hojas de los árboles y agrada el calor humano que transpira cada una de estas anécdotas.

Holguín reconoce a otros que también profesan esta línea estética como son los casos de Roger Aguilar y Abel Campos, quienes sin dudas enaltecen artísticamente su ciudad.

En Guantánamo, Ramón Moya Hernández es una gran sorpresa en la plástica actual. Originalidad y tesón dominan sus creaciones, que provienen de la propia interpretación del mundo que le rodea. Se apoya en códigos, ideas o motivos identificables por el receptor, son telas literarias colmadas de minuciosos detalles y soluciones inusitadas. No busca la belleza en los cuadros. sino lo entendible. En una ocasión alguien los calificó de grotescos, a lo que Moya respondió:

“Me siento satisfecho de sus palabras pues, siendo muy pocas, me decían que había logrado proyectar el mensaje de mis trabajos: si reflejan la masacre del imperialismo con los pueblos del mundo, mis trabajos son grotescos, tienen que serlo. Me siento orgulloso, pero no embobecido por cultivar un arte grotesco, de los pobres que luchan” (25)

Este intento de acercamiento desde Francia, otros países europeos, centroamericanos y del Caribe, hasta llegar a nuestra Isla, muestra como la voluntad ingenua va asumiendo rasgos definidores. Uno de ellos es su diversidad creadora tanto en conceptos, como en formas. Los colores al ritmo de estilos muy disímiles, aunque estén emparentados desde el punto de vista del lenguaje, es otro elemento caracterizador puesto de manifiesto a través de una imagen visual que representa todo aquello que va a tener un sentido de pertenencia.


Luisa Ma. Ramírez Moreira. Fragmentos del libro: La pintura ingenua: reino de este mundo. Ediciones Catedral. Santiago de Cuba. 2003, p. 27- 34.

Notas:

(16) Premio Nacional de Artes Plásticas, otorgado por el Consejo Nacional de Artes Plásticas en el año 2000.

(17) José Veigas: “Uver Solís, su nombre y pintura”, en Revolución y Cultura, no. 96, agosto,
1980. p.61.

(18) Orlando Hernández, ‘Esta es la historia de Gilberto de la Nuez’, Obras de 1955 – 1986. Catálogo, s/p.

(19) L.A. Rodríguez: “Tarea al Sur” en Bohemia, año 60, nº. 31, agosto 2; 1968, s/p.

(20) Samuel Feijóo: Pintores y dibujantes de Las Villas, p.3.

(21) Ibíd.

(22) Luis Rey Yero y Manuel Echevarría Gómez: Arte cubano del centro de la Isla, p.45.

(23) Entrevista realizada por la autora. Santiago de Cuba, 6 de julio de 1999.

(24) Fallecida el 10 de junio de 2002.

(25) Gerardo Mosquera: “Panfletos de Moya”. En Revolución y Cultura. Nº 5, mayo de 1988, p.18.