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El camino de González Puig
Alejandro Alonso
 
el encuentro de la razón con la emoción – el intelecto con la pasión – el hombre con el cosmos. Así todo en minúsculas, con letras muy claras, como para no olvidarlo, el hombre escribió esto hace muchos, muchos años, en alguno de los millones de bocetos que guarda en su casa del reparto Kohly, ciudad de La Habana.

Y, no sé, si tuviera yo que seleccionar alguna cita, algún testimonio capaz de resumir casi sesenta años de trabajo creador, la escogería sin reparo, seguro de estar ante una clave fundamental de la labor detenida, inteligente, hecha con la mano que pinta, levantada sobre las vivencias del sensible ser humano que es Ernesto González Puig. La combinación de términos polares enunciada, sustenta el aporte reunido hasta donde es posible, sin intentar la azarosa retrospectiva que dé punto final a algo en él tan orgánico como respirar o moverse…. Y mucho más allá, en las mil cosas que tomaron rumbo diverso, que figuran en embajadas cubanas, en colecciones privadas, en lugares de extendido alcance social...

Para salvar las lagunas, esta muestra es primera señal todavía incompleta. Trato de rellenar faltantes con la conversación, con la visita que me permite verlo trabajar sobre un gran lienzo, uno de los dos destinados al complejo Sanatorial y de Descanso de Topes de Collantes, donde el amplio proyecto de ambientación emprendido incorpora variado catálogo de obras de autores contemporáneos; con las carpetas de trabajo que guardan un completo resumen de experiencias. Hay dibujos de su exposición de 1934 en el Lyceum; recuerdos de la soledad y del encuentro consigo mismo que significara el triunfo revolucionario de 1959; abstracciones nunca exhibidas; figuraciones que pasaron de una a otra fase para afirmar el sentido de hecho decantado que es la obra en su conjunto.

Lo de hoy

En la sala de la casa, el óleo de 180 x 180 cm, concebido para el enclave hospitalario de las montañas del centro del país. Ya está terminado y se titula Cinco palmas, justamente por el sitio donde se encontraron Fidel y Raúl Castro luego del desembarco del Yate Granma. En la superficie, colores limpiamente extendidos, una sólida estructura de diagonales, sobre la cual se desborda la naturaleza, si bien sometida a un criterio de ordenada exuberancia: árboles cargados de frutos; flores imposibles; cinco palmas en evidente referencia simbólica, y una más pequeña que crece, la plantada por Fidel, la obra de la Revolución. Son cosas que explica el artista entusiasmado con la posibilidad de dar respuesta a su armónica ubicación en el contexto y el tiempo que le ha tocado vivir. El cielo está poblado de astros: “Dos soles (Fidel y Che); tres estrellas (Raúl, Camilo, Almeida)”. Es la propia interpretación del creador, porque “esta revolución produce estrellas”. La obra responde a su modo actual, definido por él como momento de síntesis, luego de atravesar etapas marcadas por Islas, Arboles, Soles, Signos en el paisaje... (...)

“Todo me ha venido muy naturalmente, casi sin esfuerzo”, reflexiona González Puig como si hablara consigo mismo. “Sospecho que algo extraño va a ocurrir ahí, desde este elemento nuevo que ha entrado en los dos cuadros de Topes: partir de la estructura del cuadro, no de lo que está pintado, una estructura casi arquitectónica o geométrica; y a pesar de eso, que haya formas naturales...” (...)

Ligado al movimiento de renovación plástica de las años 30 en Cuba, la presencia de González Puig ha sido relativamente opaca, desplazada del lugar que por calidades obvias le pertenece.

“!Cuarenta años en la provincia!” (la exclamación–respuesta es suya). El oficio compartido, la necesidad de subsistir económicamente, son también argumentos de peso; lo mismo que la innata modestia, el sencillo modo de ejercer la creación de quien, nacido en Cabañas (1913) e inscrito en la antigua provincia de Santa Clara con un año de diferencia para que pudiera cursar estudios superiores, puede ahora sentarse –literalmente no lo hace por temperamento– a mirar con satisfacción hacia lo logrado.
(...)

Desde la soledad

Como el hombre de un viejo dibujo suyo, El músico va a cantar (1935), era el artista: desnudo, solo, apoyado en el frío cubo, recortado contra el paisaje vacío.

Padres comprensivos, pero de recursos limitados, familia de tradición magisterial que dejó sólido bagaje educativo en el muchacho; prole numerosa para repartirse el modesto sueldo... lo ya sabido, limitaciones de todo género, entre las que el aplastante clima cultural no fue la menor. Sin embargo, se desarrollaba la vocación desde niño, luego libretas, de personas junto a automóviles y el tren, fantasma de central azucarero, elementos que le infundían pavor. El pequeño esquematizaba (una bolita era el carro) ya el signo. Temía y dibujaba como medio para combatir el miedo con la creación plástica, recurso que luego el interés por la sicología le explicó científicamente...

Primeros éxitos

Bueno, y entonces uno se pregunta, ¿cómo aquel muchacho logra lanzarse a enfrentar la incomprensión del medio? ¿Por cuáles vías consigue planteamientos que sorprendieron al poeta Emilio Ballagas y al pintor Domingo Ravenet, recién llegado de París? ¿De qué manera el joven de Santa Clara se incorpora a un proyecto que dota de murales a la Escuela Normal de esa localidad, junto a pintores como Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, Eduardo Abela, Jorge Arche, el propio Ravenet..., con mayores contactos, obra realizada, etc.? La cercanía al lugar, el conocimiento –a través del padre– de los promotores, el esfuerzo personal, el afán de informarse, que lo llevaba a devorar las revistas españolas Blanco y Negro y La Gaceta Literaria de Madrid, con artículos de Eugenio D´Ors y Mariano Brull, las referencias sobre la pintura de Pablo Picasso, y de Salvador Dalí, la literatura de Federico García Lorca, el conocimiento de novelas contemporáneas europeas y norteamericanas, las relaciones con la literatura y el arte nacionales, en urgencia que lo llevó a estar al tanto de lo que ocurría sin dejar de buscar elementos para la propia afirmación.

Vino a La Habana, expuso, tuvo críticas elogiosas. “Cuando cerré la exposición en el Lyceum, se inauguró una de Portocarrero, con personajes de circo y retratos de adolescentes; entonces intercambiamos trabajos: yo le di algo submarino, él me entregó un creyón”. Pero la situación, el clima de lucha despiadada por la existencia, lo hizo volver a la provincia. Pintar, pintar mañana, tarde y noche. La muestra le abrió un universo de relaciones que no pudo aprovechar... Aquella experiencia le ganó la posibilidad de entendérselas con la pintura mural; trabajó alrededor de la puerta de la Escuela Normal, y de entonces guarda alguno de los calcos, una cabeza que parece sacada de su etapa onírica; pero confiesa no haberse visto nunca como muralista... Nunca más tuvo que ver con la labor sobre el muro.

Si la mencionada exposición de 1934 mostraba piezas de corte purista, junto a obras más ingenuas (que han desaparecido), pronto fue por otro camino. Siente a Picasso, a Dalí, De Chirico lo fascina con su sentido del espacio. La soledad del hombre invade el mundo del artista en imágenes oníricas donde, nada infrecuentemente, la introspección deja lugar al dato que lo liga al ambiente (vitrales de medio punto, la Iglesia del Carmen, elementos que, a la distancia del arte son reconocibles) y al momento. Asoma la premonición que significa una figura desnuda con el fusil en la mano (...)

La Aurora

“Hasta el triunfo de la Revolución, apliqué grises y neutros, aunque había algo de color. Después, fueron matices muy fuertes, contrastantes, ¡como un fauve! ¿No? Surgen cosas de exaltación, de alegría, de optimismo con la Revolución; porque antes lo que se tenía para los hijos era el delito, la prostitución, el bandidaje. Le cerraban a uno el mundo ante los ojos. El año de 1959 fue como pasar del infierno al cielo; lo que yo viví fue así como te lo digo. Entonces me entra esta exaltación de la cosa cubana, de hacer lo más cubano que yo pudiera”.

Funcionario del Ministerio de Educación a nivel provincial, aprovechaba los pocos momentos de tiempo libre de aquellos años de quemante intensidad. ¡Nunca dejó de pintar! Viene para La Habana en 1962; recordaba Islas, la Revista de la Universidad de Santa Clara y el título sugerido por él, a partir del concepto de que Cuba era un archipiélago. “Islas, islas, islas es lo que tenemos; vivir en una isla nos influye, podemos caminar hasta un punto, y de ahí para allá está el mar, no tenemos dónde meternos”. El hombre tiene que mirar alrededor y hacia dentro, hacia sí propio para encontrar la autorrealización en consonancia con el límite geográfico y la novedosa apertura recién estrenada. De aquella especie de tumulto primigenio que es En la Isla, de la superficie herida, lacerada, agredida, incentivada luego por la adición cromática, pasa a los tonos solares de – digamos– una imagen con un barco, luna y paloma que no titula, pero la fecha deja un rastro (5-XI-61) cuando la deposita sobre la mesa del comedor de su casa. Aprecio todavía cierta necesidad de agredir el soporte, la intención de engamar desde el amarillo hasta el naranja, donde navega un barco hipotético, llegado de Salgari o de quién sabe qué relato de mares y piratas. Isla 7 (1962) óleo sobre tela, hace sonar los armónicos del ocre; es una célula en crecimiento; el protoplasma se nutre de signos e indicaciones genéticas, el medio recibe astros y peces; hay un tono de desarrollo que va a los orígenes de la vida para lanzarse a la conquista del porvenir. La razón gobierna el sensual estallido de verdes en la tempera Islas (1967); se observa un consciente ordenamiento de la información extraída de la realidad, que va a diseñar Islas bravas o Islas espíneas, del mismo año, dos obras mayores, en las cuales la delimitación de zonas, la disciplina introducida, no resta sitio al imperio de la fantasía; pero la orienta.

“Las islas se van llenando de gentes, gentes que se convierten en milicianos –están armados- y luego se transforman en ángeles, pero con el fusil en la mano (son guerrilleros). En un momento me sentí aburrido de las islas”. Fue el árbol, sintió el llamado de los soles, una docena de islas, disfrutan del verde, del rojo, del naranja, de los amarillos sobre campo violeta; es una pequeña obra que luce en la sala de la casa. ¿La fecha? Puig duda, ¿1968, 1969?; “hice muchos, eran soles humanizados”, cuya clave le fue dada por su hijo Ernestico, cuando con cinco o seis años de edad le dijo: “son soles buenos, soles papás”; y el artista, el hombre de ciencia, se quedó helado con esta comprobación del símbolo freudiano (el sol es el padre)...

No niega ninguna de las etapas anteriores; pero “lo que hago ahora coincide con mi estado de ánimo, con mi edad y con el deber, con lo que debo a la sociedad y lo que me ha hecho vivir; es la síntesis, es la madurez”. Es también la inquietud, el perpetuo movimiento de quien sabe que lo definitivo es gas paralizante para la creación, del artista que ve la operación creativa como el encuentro de la razón con la emoción – el intelecto con la pasión – el hombre con el cosmos.


Alejandro Alonso. El camino de González Puig. Revolución y Cultura, 1987.