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Samuel Feijóo. Pintor a la intemperie.
Roberto Fernández Retamar
 
...ante el trabajo gigantesco de este monstruo criollo de la naturaleza que es Samuel Feijoo, viéndole escribir más poesía que una ciudad, recoger sin cansancio cuentos, décimas y salidas populares, acopiar durante años gruesas antologías de la poesía llamada culta, que se trae bamboleantes en la cabeza desde Las Villas, editar revistas, dar a luz a cada rato un libro de estética antillana, de azares saltapericos de lecturas o de crónicas, enseñar arte libre en una escuela, mantener una columna en un periódico, si fuéramos a preguntarle cómo puede hacer todo eso él solo, nos respondería: “Porque también soy dibujante y pintor”. Y entonces, claro, lo entenderíamos mejor.

De veras que hay en la pintura al aire libre de Feijoo una impensada aclaración de su trabajo. Está en ella, la respiración del poeta, su salida constante a recoger más y más alimento en el paisaje sanguíneo de su tierra, como aquel héroe griego del que se decía que necesitaba no apartar los pies del suelo, por donde le llegaba la fuerza.

Sólo hay una cosa mejor que ser uno: ser todos, ser todo. Algunos hombres sienten esto de manera especial, y son los dirigentes, los grandes creadores. Este es el caso de Feijoo. Escribir no es sólo un modo de afirmarse uno, sino también –acaso sobre todo- de llegar a los otros, de dar voz a los otros. Pero los demás también le dan voz a uno. Por eso Samuel anda de un lado para otro reuniendo y conservando cuanto de logrado encuentra en los demás. Y unos y otros, los que andan guitarra al pecho bajo las estrellas y los que se ensimisman doblados sobre libros severos ¿qué son sino palabras, sílabas de una gran voz mayor, de una fuerza mayor que nos arrastra y dice a todos?

Nada nos recuerda esto más que el paisaje, donde cada cosa vive para otra, y todas para la figura completa, en que la belleza no se separa de la utilidad, ni la violencia de la piedad. Allí, en el paisaje, en el nuestro, ha aprendido esta lección Samuel Feijoo. Y mirándolo y queriéndolo y cantándole con palabra incansable, decidió un buen día (fue de veras un día bueno) que también necesitaba pintarlo. Eso fue hace más de veinte años, y desde entonces, por detrás i por arriba de su poesía grande, llena de brillos, suspiros y cacharros, laúdes y crepúsculos, se ha ido levantando el cuerpo tarareado y garabatoso de esta pintura que hoy empieza a conocer mucha gente, y que Feijoo mantenía hasta ayer en su casa, en el sitio de respirar.

Ya conocía la pintura cubana, después de aquella valiente eclosión de Víctor Manuel, nombres grandes como Carlos Enríquez, Abela, Lam, Amelia Portocarrero, Mariano, y también, desde mucho antes, la poesía nuestra. Pero era inusitada esta aparición meteórica del guajiro Feijoo, poeta, pintor y ni se sabe cuántas cosas más, que no cabía bien, y sigue igual, en ningún esquema, en ninguna escuela, en ningún arreglo previo. Llega y los rompe todos, con un pie en las palabras y otro en los colores, y el corazón y la cabeza dando vueltas por las nubes y los montes. Después nos aparecieron poetas –pintores (Fayad, Oraá, Vidal, Adigio, por ejemplo), algunos de los cuales no son ajenos a la fascinación de este cienfueguero medio tostado y centelleante y medio. Pero de todos es distinto, llegando a dar la impresión de que, tan cubano como es, anda por la libre, entrándole al secreto y a las glorias, a las tristezas y a las esperanzas del país, por su cuenta, de cabeza, o más probablemente, de corazón.

(...)

Fragmentos de: Roberto Fernández Retamar. Samuel Feijóo. Pintor a la intemperie.
Revista Cuba, Año II, Nº 13, La Habana 1963, p.38 –45.