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Carmelo, genio y figura
Juan Sánchez Sánchez
 
Desde la mocedad, Carmelo creó un rico y personalísimo repertorio de símbolos. Si bien no se valió de esquemas simplistas y manidos, tampoco fue forjador de pedanterías herméticas. Todo su arte es motivador, directo. No obstante, su obra numerosa, compleja y múltiple, exige pupila y olfato avispados.

Carmelo González Iglesias pertenece a la generación que irrumpió en Cuba por los años cuarenta. Por esa época un grupo de jóvenes, todos de procedencia humilde y con vocación por las artes plásticas, merodeó o estudió en la Academia San Alejandro, entonces la antañona y única institución profesional de enseñanza artística sostenida por el Estado. Algunos se graduaron, otros no, por distintas razones. Entre aquellos jóvenes (Diago, Mijares, Antigua, Luis Alonso, Díaz Peláez, Estopiñán, Escobedo) destacó Carmelo por su laboriosidad y condiciones excepcionales, tanto como por sus tánganas. Había hecho algunos pininos en el llamado Estudio Libre para pintores y escultores, creado por Abela en 1938 y apenas duró un año, pues la ayuda estatal fue precaria y dudosa.

En San Alejandro fue de los primeros en defender la creación de una federación de estudiantes de arte, inspirada en las luchas de los sectores más radicalizados de la Universidad habanera. En ocasiones, los estudiantes revolucionarios dentro de la academia debían hacer ayunos para, con el poco dinero disponible, comprar pinceles, tubos de óleo, lienzos o barro para modelar. En este ambiente de jolgorios juveniles, estudios y escaseces materiales, se fue gestando y madurando una de las generaciones, quizás la última de la república neocolonial, que aportó varias de las figuras más talentosas en el campo de las artes plásticas, luego del fogonazo inicial dado por la generación de los años veinte contra los cánones academicistas.

Al cerrar su ciclo de estudios (1938 –1945), una esmirriada “bolsa de viaje” que se entregaba entonces a los estudiantes de San Alejandro graduados con los mejores expedientes, permitió a Carmelo realizar su primer viaje al extranjero. Fue a Estados Unidos. En Europa acababa de ser aplastado el fascismo y comenzaban los años de la reconstrucción. Matriculó en la Art Students´ League. En largas visitas al Museo Metropolitano y otras galerías de arte moderno, el joven cubano consolidó su admiración por Paul Cézanne y Pablo Picasso, cuyas influencias bien digeridas se hacían evidentes en aquella generación de los años cuarenta y cincuenta en Cuba. Hasta que un día, y he aquí la tercera influencia que lo marcó de por vida, le pegó el ojo a la pintura de Vittore Carpaccio, pintor veneciano del siglo XV. Recordamos este “encontronazo” con Carpaccio no por mero alarde de preciosismo biográfico, sino porque en verdad –como siempre confesaba el propio Carmelo- resultó el fuego que permitió sazonar en profundidad y definitivamente su estilo como pintor.

Con esa cercanía estremecedora, Carmelo concibió e hizo dos primeros cuadros trascendentes: Las tentaciones de San Antonio y María orando, caracterizados por una preocupación formal y textual tremenda, presente a partir de ese momento en toda la obra posterior de Carmelo. En Carpaccio se encuentran, pues, las claves raigales del oficio carmeliano, puesto bien a tono con los tiempos que corren. De regreso a Cuba, trabajó como profesor de la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, en la antigua provincia de Las Villas y una de las primeras que se establecieron en medio de una gran pelea por extender y descentralizar la enseñanza artística en la isla. Después, en memorables oposiciones, Carmelo pasó a ocupar la cátedra de Grabado en San Alejandro a raíz del fallecimiento de su antiguo titular, el pintor de origen español Mariano Miguel. Carmelo, quien a principios de los años cincuenta había fundado la Asociación de Grabadores de Cuba, renovó la enseñanza de esta práctica artística en la vieja Academia. Ya en los años de la Revolución triunfante formó parte del primer núcleo de profesores que dio calor a la Escuela Nacional de Arte (ENA), creada para recibir estudiantes becados de todos los rincones del país.

Por estos años, Carmelo concibió un enorme grabado mural, formado por la unión de varias planchas de madera (o tacos) de considerable tamaño, que tituló Pseudo-república y Revolución. En este grabado mural aparecen los tradicionales elementos negativos durante la república (politiqueros, matones, soldadesca, monopolios extranjeros, etc), vencidos por los nuevos valores que emanaban de la victoria popular. Un ejemplar fue entregado en su momento, al Museo Pushkin en Moscú. En su quehacer como grabador, hay otra pieza fundamental titulada La muerte de Grimau, hecha en 1965 como homenaje al dirigente comunista fusilado en España por el franquismo. La obra molestó al entonces representante diplomático español y en una exposición preguntó al pintor: “¿Usted hizo eso?” Parodiando a Picasso en su respuesta a los fascistas en París cuando le preguntaron lo mismo acerca de su óleo sobre el crimen en Guernica, Carmelo dijo: “No, eso lo hicieron ustedes.”

Tuvo oportunidad de viajar mucho por los antiguos países socialistas del este europeo y por la antigua Unión Soviética.

Carmelo murió en La Habana en 1990, a los setenta años de edad, cuando de sus virtudes en el oficio de pintar y de grabar se podían esperar nuevas y espléndidas hazañas. Pero dejó una obra de muchas vertientes, insoslayable por su riqueza conceptual. Fue a todo gusto y a toda máquina, un creador comprometido, lo que en él es sinónimo de búsquedas alejadas del grito y del puño cerrado. Pintó el mundo de la Revolución con intensidad poética, en la que un personalísimo realismo mágico sopla como alterando aparentemente las estructuras de la realidad y de la lógica, pero esos cielos que “gotean”, los cráteres, las rugosidades de las maderas y de la tierra, la frialdad metálica de los clavos, esos fósforos apagados que simbolizan los conflictos; en fin, todo su enorme repertorio fantasioso está colocado en función de defender la belleza y la justicia entre los hombres. Entre los pintores y grabadores contemporáneos no creo que haya habido nadie de aliento militante más sostenido que el de Carmelo.

Juan Sánchez, periodista, crítico y grabador
La Habana, 1993


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Trabaja con la misma sencillez y cotidianidad del alfarero que amasa cada día la arcilla del constructor que levanta minuto a minuto el rostro nuevo de los pueblos, del virtuoso que no confía a un momento de supuesta inspiración la brillantez de su tarea, sino al trabajo consecuente y continuado. Tiene sentido, por ello, señalar que Carmelo es un trabajador del arte. Su obra refleja nuestro tiempo. Aunque sus temas sean pretéritos el pintor los rellena de contemporaneidad. Carmelo pinta la problemática específica de su pueblo pero, tanto y con tan pareja pasión, pinta igualmente las que conciernen a otros pueblos.

Juan Sánchez, Bohemia, 1976.