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Lázaro Saavedra. El único animal que ríe
Corina Matamoros
 
“Popular, conceptual, pero un poquito acelerao



Saavedra es, en principio, un artista conceptual. Los criterios de la obra de arte entendida como proposición analítica, y de que la “condición artística” del arte es un estado conceptual, definidos por Joseph Kosuth, pueden aplicarse a la creación de este cubano. Pero, sobre todo, el conceptualismo cubano es heredero de aquel que, en América Latina, le dio un vuelco profundo –más bien un revolcón– a al tendencia originaria, logrando a echar a andar una especie de onda expansiva que se reveló decisiva para el arte de la región. Porque en nuestros países el conceptualismo salió a la calle; se desentendió de los tópicos autorreferenciales y aplicó toda esa artillería analítica a los predios de la ideología, de las estructuras socio–políticas, de las instancias de poder, y del arte como institución, contaminándolo con las circunstancias concretas de un continente de grandes asignaturas pendientes en su desarrollo social. Sirvan como ejemplos el movimiento conceptualista de Río de Janeiro a fines de los 60, con artista como Helio Oiticica, o el Grupo Tucumán arde, de Argentina, amén de figuras como León Ferrari, Artur Barrio, Cildo Meireles, Roberto Jacoby, Waldemar Cordeiro y Luis Camnitzer, entre otros muchos. Saavedra es, consciente o no, usufructuario de esa reinvención conceptualista latinoamericana que sigue teniendo en obras como Inserción en los circuitos ideológicos / Proyecto Coca–Cola de Cildo Meireles, uno de sus mejores paradigmas.

Mientras este arte se desarrollaba en algunas capitales latinoamericanas, Lázaro era, a finales de los 60, un niño que dibujaba frenéticamente en el barrio habanero de Marianao. Su madre trabajaba en oficios diversos y su padre era percusionista en un cabaret de la ciudad.

Tal vez en la casa nadie lo alentó a dedicarse al arte, pero su vecino Victorino, barbero del barrio y masón de convicción, le descubría en sus amenas charlas un mundo totalmente distinto. Fue Victorino quien le explicó cosas tan inusitadas como que las pinturas deben ser firmadas por su autor, o que el hombre es el resultado de lo que hicieron otros hombres antes que él, por lo que cada cual debe dejar un legado para los que nos suceden. De esas cosas hablaba Victorino.

Al ingresar en la Escuela Elemental de Arte de 23 y C en 1976, siendo un adolescente, estuvo fuertemente unido a Adriano Buergo y Ciro Quintana, a quienes más adelante se sumarían Ana Albertina Delgado y Ermy Taño. Se trataba de un grupo de muchachos de extracción humilde, sin contactos previos con la pintura, que se iniciaban en el mundo del arte y de su historia desde su pertenencia a la cultura popular. Lázaro se ríe cuando recuerda que a los catorce años conocieron el arte Pop y creían que Picasso había inventado la abstracción (aunque Victorino había dicho alguna vez que había sido un ruso).

Su paso por la escuela de San Alejandro entre 1979 y 1983 no parece haber sido una influencia decisiva para él, sino un período nebuloso y desordenado. A su entrada al Instituto Superior de Arte, en 1983, sobreviene entonces una crisis grande entre lo que él era y lo que la formación del Instituto lo inducía a ser. Su aún escasa cultura artística, su chealdad –como él mismo lo define– y su forma de pintar al entrar al ISA se impactan contra todo lo desconocido que allí se va perfilando para él. Así conoce el Conceptualismo, una de las corrientes más prominentes en el arte cubano en general, y para Lázaro en particular. De la cultura y pedagogía de Flavio Garciandía, su profesor más influyente, obtiene gran cantidad de información sobre el arte que se producía entonces en el mundo, sobre todo desde el punto de vista visual. Flavio, quien en esos años ya estaba produciendo obras claves que se adentraban en el mundo del kitsch (por ejemplo El lago de los cisnes de 1982 y la serie de Refranes de 1984) fue muy importante para Lázaro y modelador de su sensibilidad. Otra influencia de peso en el ISA fue el magisterio de Consuelo Castañeda, quien diseminó su apego al arte conceptual entre muchos jóvenes estudiantes, convertidos luego en creadores de poderosos resultados en esta tendencia.

Una nueva consecuencia del Instituto fue el encuentro con el saber teórico. Una mentalidad tan analítica como la de Lázaro fue atraída por las posibilidades de reflexión emanadas de los estudios sobre la sociedad, la filosofía y el arte. Lo prueban muchas de las piezas de su época de estudiante, íntimamente relacionadas con lo que suscitaron en él esas lecturas. Por ejemplo, el dibujo Problemas formales surge del encuentro con un texto de Francastel en el año 1988, donde hace alusión a elementos constitutivos de la pintura tradicional. Una pieza similar consiste en una desfachatada mancha roja sobre un fondo oscuro titulada Soy el color brillante. Otro dibujo es El tratamiento pictórico y la pincelada sabrosa, donde los brochazos que encarnan estas características son comentados por los famosos personajes de Saavedra, con parlamentos encerrados en globitos. También en estos años de estudiante leyó biografías y trabajos de Marx, Che, Martí y otras personalidades, poniéndose en contacto directo con una tradición de pensamiento que era –y sigue siendo– parte importante de la educación cubana. Es significativo su dibujo de 1987 donde aparece Marx, realizado a la manera de un retrato realista, al que un hombrecito le hace levantar la piel alrededor de un ojo, para exclamar asombrado, al ver todo el amasijo de músculos y tendones subyacente, que Marx era un hombre real. Una manera de desmontar las formas anquilosadas y abstractas de comprender una importante figura del mundo moderno.

En tercer año del ISA Lázaro, Adriano, Ana Albertina, Ciro y Ermy fundan Puré en enero de 1986. Unidos desde años atrás, los jóvenes se parapetan en la trinchera de grupo para sostener un trabajo interesado, sobre todo, en ampliar lo artístico incorporando la visualidad y los símbolos de los ambientes domésticos cubanos.....


Lo popular como poética.


El sentido principal de la acción poética de este artista reside en ser mensajero de esos trasiegos que se producen en el ámbito de percepción y el uso popular, en una sensibilidad impregnada de las formas particulares en que toman cuerpo, en la Cuba de hoy, los códigos de conducta, los estilos de vida, las formas de pensar, el imaginario iconográfico, las modalidades de la comunicación, y sobre todo, el contexto cultural del arte. Su poética habla desde esa zona, como alguien que habita en ella y de la cual ha tomado la voz. Las obras de Saavedra se sitúan siempre desde esa perspectiva donde se gesta lo popular urbano, con sus incorporaciones continuas, sus mecanismos de adaptación y creatividad...

Lázaro se ha mantenido con vigor en esta perspectiva de imbricación con lo vernáculo y con el desarrollo de su trayectoria pudiera decirse que la ha impulsado hasta ámbitos no ensayados por otro creador. Su profundidad ha llegado, paradójicamente, a provocar susto y hasta rechazo. Lecturas más poéticas que sociales han dominado en la interpretación de sus piezas, imprimiéndoles sesgos que no justifican muchas veces con las intenciones del autor. Ellas son reveladoras, más que de las opiniones del creador, de las fuertes corrientes ideológicas que impregnan nuestra vida, condicionando nuestras interpretaciones sobre el arte. Son mucho más hirientes y preocupantes obras como la instalación “El espectador y su obra”, donde se enfrentan dramáticamente cuchillos y clavos en una habitación, en alusión a los candentes problemas de percepción del arte, que el dibujo donde aparece la Caridad del Cobre dentro de la barca de los pescadores, que es donde más se le necesita – según él mismo sugiere- y que fuera interpretado como un intento migratorio de la virgen...

El gran recurso que sostiene la poética de lo popular en Saavedra es el humor. Y no porque el humor sea privativo de lo popular, sino por la forma en que él lo asume. Lázaro podría ser perfectamente el graffitero de la familia porque sabe traducir los mensajes, los estados de opinión, las formas particulares de comunicación, la ingeniosidad y la gracia expresiva del cubano a pie (...)

El otro procedimiento importante consiste en manifestar una multiplicidad de voces, de sujetos de opinión, como parte de sus propias obras (...) nos vemos asaltados por hombrecitos dibujados a tinta que se inmiscuyen en todo lo que acontece en las piezas. Y comentan tranquilamente a favor, en contra, se burlan o se abstienen, representando la óptica del vecino, del viandante, de él mismo o de sus amigos. Esa importancia sostenida que da Saavedra a la confrontación de sentidos dentro de su obra, es un rasgo tal vez único en nuestro medio.

Dentro de esa variedad de sujetos sobresale un hombrecito que emprende un diálogo con el autor sostenido desde 1986, para animarlo o fustigarlo según convenga. A través de este personaje se expresa la autocrítica autoral: “el auto-chucho de su pincha”, como él sabiamente lo define.

Tal vez la evidencia más concluyente de esta poética de lo popular en la obra de Saavedra esté en el modo mismo en que ha asumido las tecnologías de la multimedia y la computación. La forma desprejuiciada, sin retórica, directa, curiosa, sin aura e instrumental en que ha abordado lo distingue mucho de otros creadores cubanos(...)

Lázaro es un creador con una tendencia natural hacia lo instintivo, hacia la espontaneidad, hacia lo inmediato. Lo prueban todas sus obras deudoras del expresionismo, el desenfreno de puré, los temas desbordantes de referencialidad cotidiana, la emotividad de sus comentarios, el apego al dibujo como apunte rápido, su uso del humor, la anarquía de sus reciclajes de obras.

Pero luego de esta inclinación primera sobreviene una corriente de sentido contrario donde se pone de manifiesto la poderosa capacidad analítica de su pensamiento. Somete a disciplina rigurosa su propio instinto y despliega entonces, como contraparte, un enorme poder de reflexión, de discernimiento y de conceptualización sobre todos los temas que toca (...)

Esta doble naturaleza de su cualidad artística se da como una unidad, como parte del proceso de creación de una misma obra. Y puede corroborarse en muchos dibujos e, incluso en exposiciones completas(...)

El distinguido intelectual Medardo Vitier ha expresado sobre Samuel Feijóo un sutilísimo comentario que me ha parecido también revelador para comprender la verdadera clave de Saavedra:

...se decide por parecer arbitrario y hasta zafio. Es una zafiedad de puro linaje candoroso. A veces, oyéndolo, he pensado que todos tenemos momentos de independencia en que quisiéramos reaccionar así, con desnudez interior, con diafanidad delatora de lo profundo, con irreverencia ante el ídolo de la norma petrificada. (...) Su persona exterior da la idea del extrovertido. Sin embargo, en sus palabras y actos espejea una luz interior que él guarda para iluminación de sus soledades. Que el ruido no ofusque al observador. En lo oculto duermen silencios de finísima condición” (1)




Fragmentos del texto de Corina Matamoros para el catálogo de la exposición “Lázaro saavedra. El único animal que ríe”, MNBA, 2003.


(1) Citado de: José Luis Rodríguez, “ Descubriendo silencios de finísima condición”. Revista Signos No. 36, julio-diciembre, Las Villas 1988.