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Estrategias para recluir el alma (en la fotografía de Marta María Pérez Bravo)
Maikel Rodríguez Calviño
 
“(...) surgían uno tras otro
como cenizas de sueños destruidos.”
Yukio Mishima. La corrupción de un ángel.



A los esquimales del Estrecho de Bering no se les puede retratar. Consideran a los fotógrafos individuos con poderes mágicos excepcionales, capacitados para despojar a cualquiera de su bien más preciado: el espíritu. En cierta ocasión un explorador norteamericano se dispuso a tomar algunas vistas de una aldea ubicada en la zona baja del río Yukón. Luego de instalar el equipo y enfocar su objetivo, permitió al jefe del poblado curiosear bajo el paño negro. El anciano contempló un instante las figuras móviles en el vidrio esmerilado, sacó la cabeza y gritó alarmado a los paseantes: “Este hombre tiene todas sus sombras metidas en esta caja”. Cundió el pánico y los vecinos se precipitaron horrorizados al interior de sus casas.
Los mismo sucede con los tepehuanes mexicanos, para quienes los extranjeros se llevan sus almas en las cámaras fotográficas y para devorarlas en sus ratos de esparcimiento. Si los retratos llegan a otro país, con toda seguridad sus “originales” morirán o padecerán incontables males. Los nativos de Bara, lugar de la costa occidental de Madagascar, no permiten bajo ningún concepto que la familia real sea retratada; los aldeanos de Skihim muestran un terror incontrolable al “endemoniado del cajón”, cuyas habilidades le permiten marchitar el paisaje si toma una imagen de él. Las ancianas de la isla griega de Carpatos se indignan si se les pierde un retrato, pues la mala suerte se abatiría sin remedio sobre sus existencias. En la Inglaterra victoriana era tradición familiar hacerle fotografías a los muertos, para con ellas brindarle al alma vagabunda del fallecido un lugar de descanso. Recuerdo de mi infancia el horror en cierta tía al descubrir a una de sus hijas enterrando un retrato bajo las lozas del patio.
La fotografía es, sin lugar a dudas, un arma poderosísima para encerrar la esencia de las personas. Y al parecer Marta María Pérez Bravo lo descubrió hace mucho. Aunque, singular contradicción, ella no teme morir si su espectro queda atrapado tras la impresión. Todo lo contrario, es ella misma quien se retrata. Por decirlo de algún modo: la artista se suicida. De manera lenta, persistente, espaciada y ahorrativa, su obra ha ido creciendo gracias a los pedazos de hálito que la cámara come y regurgita sobre el papel fotográfico.
Las herramientas para semejante aislamiento son pocas: los ojos de Marta María (conocedores de los secretos del individuo y su imagen), la plata y la gelatina sobre una blancura inimaginable, la ayuda de su esposo, el performance y su cuerpo, principio y fin de cada idea. El lugar donde la artista decide arrancarse la esencia es casi siempre el mismo: el patio de su casa, y lo hace por medio de un procedimiento que acontece en horarios de la mañana. La escenografía es simple: una pared alba, atemporal, inquietante como las propias representaciones de las cuales constituye fondo. El procedimiento: situarse frente al aparato, en vigilia o mientras se dormita, y ser.
Pero el alma de la artista no es recluida sola. Arrastra consigo todos los símbolos que la han conformado a lo largo de los años y acumulados sobre la carne: la topografía del pelo, la mitología en torno a lo femenino, los pies y las rodillas ofrecidas a cualquier santo cuando se necesitó de senderos, el anhelo por tener una casa, las espinas que se ha obligado a germinar para defenderse, aforismos y deidades provenientes de la Regla de Ocha, del refranero popular o del Palo Monte y los números de suerte en la Charada China revelados en los sueños, instantes en los cuales nuestra sombra abandona la carne para recorrer el mundo. Una cosa es importante: no es conveniente molestarla mientras duerme, el cuerpo necesita paz para dejar salir el espíritu, por la boca o por la punta de los dedos, y es justo en ese momento cuando el oportunista iris lo deja atrapado para siempre.
El alma acarrea el reflejo de un cuerpo sometido a diversas circunstancias (ya sea convertido en barco, en columna para sopera o en paredes de una casa) y portador de materiales de fuerte impacto simbólico, con repercusión cotidiana (alhajas, fango, cabellos, algodones, cal, esparadrapos, cuchillos, alambres, sábanas) o provenientes de la iconografía afrocubana y católica (cruces, cauris, garabatos de palo, cocos, ramos de escoba amarga, “firmas”). Se evidencia ecléctica en su misticismo: santa Clara de Asís y Oshún aparecen hermanadas, bien sea en un mismo lamento o tras el imperativo de protección. Mientras ruega por que sus collares de santería no la abandonen, abre los brazos a la constelación dolorosa de la Virgen del Cariño.
Deja en el universo real un cuerpo maduro, erótico desde su involuntariedad, ajustado a un contexto donde preexisten los objetos, focalizado en un espacio neutro, silencioso y resistente, en total aislamiento, abandonado a la agonía de su propia desesperación, palpitante aún cuando no está ahí. Se encierra el alma de un recipiente sucio y limpio, supurante, agresivo y agredido, lagrimoso: el alma de una mujer viva.
Creo que Marta se expone ante la cámara sin accesorio alguno. De esa manera, el estado que muestra en la fotografía no es responsabilidad suya. La película se ha limitado a plasmar el estado real e invisible de su sombra. Pero, a veces, sospecho... Quizá sea la propia artista quien se somete a la acción de los elementos en una interpretación (teatral) condicionada por su cuerpo, donde obedece un instinto maternal que le exige custodiar las sustancias. Acaso considera el resultado último en el papel como reflejo visual del estado latente en aquello que no se ve pero que habita en la carne. O por ventura no le esté permitida la inocencia, materia y espíritu sean una misma cosa y se complementen en lo iconográfico. O sea insuficiente la ceniza con que son manufacturados los espectros, o la creadora se resista al abandono total de las cosas.
A lo mejor Marta María ya no existe. Posiblemente este fragmentada en es miríada de mujeres, todas diferentes, pero todas una, que exhiben sus armas y esperan. O ha hecho realidad algún sombrío anhelo, junto con las partes se ha ido el todo (adherida al aliento, la garganta) y está disuelta en la ciega eternidad de sus fotografías.
De ser así, ¿qué o quién responde ahora por su nombre? ¿El eco sordo de un dolor muy viejo? ¿Las miles de felicidades que alcanzó a tener?
Una cosa tengo segura: me aterraría acompañarla.



Maikel Rodríguez Calviño
Lic. Historia del Arte