hemeroteca 
  textos críticos

Buscar  
 

 
Pintura Postmedieval Cubana
Jorge R. Bermúdez
 
El arte de la Baja Edad Media y, sobre todo, el del Renacimiento y el Barroco (dos estilos que coinciden cronológicamente con el descubrimiento, conquista y colonización de América), hacen acto de presencia en una de las tendencias de la pintura cubana finisecular, que damos en llamar posmedieval y que tiene entre sus características, relacionar sus apropiaciones con los estilos artísticos antes citados desde el ámbito artístico de la Cuba de los 90 (...) En tanto que por el contenido, el texto subvierte la realidad epocal del referente aludido, cuya cabal resignificación siempre viene dada en relación con la propia que particulariza el presente del país. Así, expresiones, modismos muy característicos del cubano de fin de siglo (el nuevo siglo comenzó el otro día, como quien dice), pasan a formar parte de la codificación de estas telas, con ajuste a estilos como el románico, el bizantino o la pintura flamenca de la Baja Edad Media.

(...)

“La definición de posmedieval para esta pintura es también una referencia irónica a las denominaciones posmodernas, en una sociedad que no renuncia a las tareas inconclusas de la modernidad; por ejemplo, la emancipación del hombre... La Habana, como la Florencia de Boccaccio, al actuar, piensa que nada mejor para hacer crecer la vida que vivirla o perderla para siempre; subvertir algo, por ínfimo que sea, en un momento de tránsito tan trascendente como complejo y ecléctico, donde –a veces- lo marginal se canoniza y lo canónico se margina”. (1)


______________


Así definida por el crítico Jorge R. Bermúdez, esta corriente posmedieval abarca pasión por el oficio pictórico y búsqueda de la belleza, preocupación por la espiritualidad o la sublimación de nuestro lado carnal, deseo de articular estéticamente las acciones y sentimientos humanos que predominara en renacentistas y barrocos. Con mayor o menor aceptación del término, configuró la elección estilística de artistas como Cosme Proenza, Ángel Ramírez, Lázaro García, Arturo Montoto, Ernesto Rancaño, Rubén Alpízar, Aimée García, Carlos Guzmán... y otros.

La densificación metafórica y la metamorfosis del mensaje que se suelen resaltar en el arte cubano de los 90, alcanzan en esta corriente un particular llamado a la complicidad, a la experiencia introspectiva. Mientras algunos de los autores utilizan el recurso de un título que haga provocativa una pieza, o una leyenda inscrita que revierta su discurso, en muchos casos se esconde –si es posible más- un vínculo con las posmodernidades que resulta del frágil nudo en que lo citado, es el propio oficio pictórico. Otras características señaladas por el propio Bermúdez son:


“Tal vez la característica más definitoria... de toda la pintura posmedieval cubana de los 90, sea su cultivada manera de hacer y decir. Con esta concepción de la pintura, es lógico que sea la historia del arte occidental la que se privilegie en tanto proyecto histórico–cultural ligado al cúmulo formativo, cognitivo y vivencial de nuestros pintores. El surrealismo –que nunca caló hondo en la pintura cubana– ahora se hace posmedievalidad, legitimando su insularidad al socaire de una realidad que, sin desensoñar los sueños, las utopías... se inserta en las desavenencias de una sensibilidad exacerbada por su puja con la irracionalidad y la crisis.

“En las aulas de pintura se redescubre y admira a Dalí, Max Ernst, Magritte... Pero es el arte renacentista de la Europa septentrional (Países Bajos, Alemania...) y el Barroco, los que sientan la pauta a seguir, sobre todo en el oficio, resituando la pintura en su enclave moderno esencial: el cuadro de caballete. Sin embargo, no es la obra original el referente, sino el libro de arte, la reproducción. Se forma una generación de pintores basados en las reproducciones de arte. El impreso continúa siendo el mejor fijador. Más allá de una gran pintura, es un intento hacia ella. De ahí que quiera serlo, pero no como mímesis de lo ya hecho en otros períodos ilustres de la historia del arte, sino como algo que, con respecto a ellos, tiene sus propios objetivos y mensajes. De esta suerte, El Bosco, Brughel, Van Eyck, Botticelli, Cranach, Rubens... se insertan de manera orgánica en la mejor tradición pictórica cubana para compartir una cerveza (de latica) con los pintores posmedievales del patio, en tanto estos explican su mundo y lo trascienden entre las colas del pan: cometas de lo cotidiano...

“También a esta pintura se la asocia a veces con un viraje académico que, interpretado de manera simplista, pretende negarle estrategias de creación propiamente posmodernistas como son su reciclaje de códigos (en este caso ya ilustres, como los de la pintura renacentista o barroca) o su manifiesto interés citatorio; dicho en otros términos: su deseo de apropiarse de lo ya existente para llamar la atención, característica esencial de la posmodernidad...

Hoy más que nunca, la pintura cubana se relaciona con el mundo, es parte de él. Su madurez está en relación directa con los vínculos que establece con el arte universal; se cualifica en términos de universalidad. La realidad propia, como realidad de todos. La pintura posmedieval cubana es la más reciente prueba de ello, con ser –como es- tránsito, nunca epílogo, de la mejor pintura cubana y, a la vez, brecha de sus más incitantes posibilidades futuras”. (2)

Citas tomadas de:

(1) Jorge R. Bermúdez. Un invitado al paraíso. Opus Habana. Vol. VI. Nº 1. La Habana 2002, páginas 35-41.

(2) Jorge R. Bermúdez. El vértigo de la libertad o la parodia posmedieval de Rubén Alpízar. Opus Habana. Vol. IV. Nº 1. La Habana 2000, páginas 34-41.