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Alicia Leal: desde la ventana
David Mateo
 
Al contemplar la obra de Alicia Leal me sobrecoge la inmanencia de una certitud: lo mejor de la plástica cubana producida por mujeres, ha empezado a subvertir con absoluto desenfado toda la aparente virilidad que caracterizaba la proyección histórica del discurso existencial. Sus cuadros corroboran el hecho de que aquello que comenzó siendo una irregularidad inusual dentro del quehacer artístico, se ha ido convirtiendo en potestad ilimitada, en autoridad incuestionable sobre el vasto y complejísimo terreno de la alegoría y hasta el sentido común. Sin embargo, lo interesante de esta orientación que ella muy bien representa, es que cada vez se justifica menos sobre la base de una validación arbitraria de los ascendentes sexuales o de las supuestas prerrogativas que en el orden cultural esta prerrogativa infiere. Se trata de esencias de una actitud hacia la creación que aspira a ser mucho más reservada y sensata, que aunque no ha dejado de validar todo el caudal retórico existente acerca de la emancipación femenina, se ha hecho al mismo tiempo el firme propósito de superarlo definitivamente...; y qué mejor manera de hacerlo que ir contribuyendo a ensanchar el sentido genérico de la percepción artística, añadiendo nuevos matices, e incluso, nuevos cometidos sociales dentro del universo representativo de la experiencia.

Es cierto que casi toda su obra gira alrededor del subconsciente, pero las raíces de sus argumentos se afincan dentro del análisis concienzudo del contexto cubano, en el cual la mujer tiende a ocupar un sitio protagónico. Pero resulta que ese protagonismo no presupone la típica sensación de extrañamiento que siempre ha generado la condición de una espiritualidad femenina retraída u obligada a morar dentro de una circunstancia que semeja algo así como la eterna penitencia. Hurgando algunas de sus creaciones, descubriremos imágenes verdaderamente paradigmáticas: por ejemplo, una acróbata que se afana en su espectáculo circense a pesar de la impávida mirada del público, una doncella que se expone a la embestida de la jauría en un intento supremo -¿quizás inalcanzable?- por poner a buen recaudo su vida y la del ser amado, o una mujer embarazada que levita, mientras que su corazón. Eventualmente separado del cuerpo, efluye sangre hacia la criatura; aunque a mi juicio, una de las imágenes más sugerentes es aquella en que la propia artista, legitimando la idea de una posible coincidencia con la pintora mexicana Frida Kahlo, aparece pintada junto a ella portando una espada, atributo que perfectamente podría simbolizar el énfasis de su determinación personal.

Donde quiera que Alicia hace figurar una mujer, ya sea en imágenes referidas al universo mítico de la Isla o a la inextricable relación familiar y de pareja, casi siempre lo hace otorgándole el privilegio de ser centro y metáfora inspiradora de la estructura narrativa, óbice y recurso de los fantásticos episodios que se recrean, y sobre todas las cosas la hace disfrutar de una facultad, de un poder que por naturaleza le pertenece de antemano y cuyo fundamento se asienta, al parecer, en la capacidad de brindar compasión y amparo a los demás. Cierta mañana en la que conversábamos sobre el tema le oí esgrimir el siguiente comentario: “La sociedad cubana es profundamente matriarcal. Todos los conflictos que se manifiestan en nuestra cotidianidad giran en torno a ese supuesto, lo cual no sólo obliga a la mujer a pensar de manera diferente, sino como es lógico a tener experiencias diametralmente opuestas. Esas experiencias son las que me interesa recrear artísticamente, lo que no quiere decir que esté de acuerdo con la disquisición entre el arte femenino y masculino. No creo en esa clase de falsas delimitaciones. Se trata sencillamente de dos perspectivas que difieren entre sí, pero que no son antagónicas”.

Por supuesto, la apropiación de cánones de la pintura popular no ha sido en el caso de Alicia Leal un acontecimiento fortuito. Arribó a ellos al término de sus estudios en San Alejandro durante la década del ochenta y fue complementándose además con esa prolífera etapa creativa de su compañero y esposo Juan Moreira, que se hizo llamar “Realismo Mágico”. Ese fue un período imprescindible para la definición de lo que sería su forma de pintar más recurrente. Para ello tuvo que hacer cambios radicales en sus inclinaciones artísticas y arribar a la conclusión de que, aún cuando le interesaba ejercer la práctica intelectiva sobre los distintos acontecimientos intelectuales de la época y su influjo en el aparente caos de la intimidad, no era el expresionismo alemán muy de moda en aquellos días, el sistema pictórico que mejor correspondía con su sensibilidad y temperamento. Intuitivamente comenzó a tomar entonces de la pintura popular esa cierta licencia con la cual necesitaba enfrentar el desgobierno de la fantasía y el tiempo sosegado y un tanto bucólico de sus atmósferas.

Luego de una atmósfera de entrecruzamientos, fácilmente aplicable para una artista como ella entrenada en el ejercicio de la indagación, fue adicionando un conjunto de códigos artísticos provenientes de la pintura religiosa bizantina y del medioevo, en lo que concierne al tratamiento del color y la composición de los planos, hasta arribar a esta obra de corte surrealista que hoy exhibe y en la que se presienten además los efluvios de una personalidad tan enigmática como Leonora Carrington. Pero Alicia ha sido hasta tal punto cuidadosa en la combinación de esas nociones y estilos provenientes del acervo cubano e internacional, que su obra en muy poco tiempo ha logrado evolucionar hacia el ámbito de la alusión universal, sin tener que edulcorar o renunciar a rudimentos auténticamente cubanos como la sugestividad religiosa, la sensualidad, el sincretismo, la hipérbole poética, el lenguaje figurado, el erotismo, e incluso, el humor.

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David Mateo, crítico de arte