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Poética Visual
Toni Piñera
 
Quizá este podría ser el gran secreto de su trabajo: Una pintura ensimismada, silenciosa, casi susurrante, que conversa en voz baja, como si hablase para sí... Como un diálogo consigo mismo a media voz, pero afirmando realidades como las formas y el color, o más bien, mirando con ojos de poetisa a su alrededor y hasta más allá del tiempo.

En la obra de Iliana Mulet hay, evidentemente, grandes dosis de silencio. Todos participamos del silencio desprendido de los objetos y personas que emanan de sus paisajes citadinos. Un silencio que nos invita a la reflexión, a revivir el diálogo establecido previamente por la artista con los temas. Una conversación casi exclusivamente de miradas que evolucionan con el tiempo al enfocar una y otra vez nuestra ciudad: La Habana. Una mirada que sabe enriquecerse con lo que ve.

Ahora (...) abre Puertas donde amalgama todos los significados que esta mágica palabra puede albergar: bienvenidas, adioses, misterios, alegrías, tristezas, recuerdos, sorpresa, vida..., porque es al mismo tiempo un juego artístico que le permite abordar esas miles ocurrencias que asaltan también al espectador en su diario bregar. Las paradojas de lo cotidiano están detrás de esas puertas que ahora podemos cruzar.

Bañadas siempre en una luz monocorde, sin estridencias, una luz que a veces no sabemos de dónde viene, pero que está presente en sus cuadros, las piezas de esta creadora alcanzan la mística de un mundo subterráneo y del correr del tiempo, así como esos objetos de la modernidad convertidos en fetiches de alto contenido poético y metafórico.

Para “degustar” con aprovechamiento la pintura de Iliana Mulet hay que tener en cuenta el espacio. Y no sólo el espacio, sino también la materia cuerpo, el signo, el sonido y el silencio que todos ellos producen, la memoria de la realidad que suscitan. La exigencia espacio sígnico corporal declara su creencia en la pintura y un respeto por ella como vehículo expresivo del pensamiento y la experiencia notables de su autora. Realmente, Iliana cree en lo que hace. Y como poeta, no solo vierte lo que piensa y siente en sus lienzos y cartulinas, sino en palabras, en declaraciones literarias. Porque el poeta lucha por todos los medios, con todos sus medios.

Para que su destino entre en la pintura, organiza un espacio plástico con un código propio. Sin renunciar a la sensualidad y al éxtasis sensorial que está plasmado en su quehacer pictórico, la artista habla del tiempo detenido en las construcciones antiguas que su vista alcanza en los recorridos por la ciudad. Conventos, relojes, iglesias, casonas coloniales, constituyen fuentes eclécticas que se integran a sus concepciones formales, y donde emergen códigos llegados de juegos intertextuales, distribución de la luz en zonas focales que enfatizan la atmósfera singular de sus creaciones y esos efectos fantasmagóricos, que alcanza a través de una sabia aplicación del color y la textura. Son paisajes personales, receptáculos de la luz que le permiten construir un espacio habitado por unas manchas de color donde siempre aparecen de manera patente el juego del pincel, el gesto de la mano.

He dicho al principio que para “degustar” la pintura de Iliana Mulet hay que tener en cuenta el espacio, y me corroboro. Hay que tenerlo en cuenta y todo lo que sucede en él: sus límites cardinales, la verticalidad u horizontalidad de sus desarrollos, la vibración de la superficie, los espacios centrales, llenos con sonidos de color o vacíos, pausas estáticas; los descansos tonales, a la manera de los silencios súbitos de la música contemporánea; los temas seriales, toda una compleja y apasionante dialéctica que establece, en primer lugar consigo misma y luego con el público.

Esta dialéctica crea tensiones entre el abajo y el arriba; ascenso purificador, descenso materializado, entre diestra y siniestra, oposición, invasión, entre el óleo y el acrílico: lo natural, lo fabricado... En ella, la artista cubana descubre paisajes interiores, una poesía que vibra en sus venas y sale al exterior matizada con sus tonos.


Toni Piñera, 2003