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Tabaco. Su historia en Cuba
José Rivero Muñiz
 
(...) Hacía años que en Cuba, o para ser más exactos, en la ciudad de La Habana, se había iniciado otra industria que sin ser precisamente la tabacalera, debió a ésta su origen y desarrollo (...) Nos estamos refiriendo a la industria litográfica establecida en 1837, precisamente para dar a conocer las marcas de tabacos, cigarros y picadura radicadas en nuestra capital y otras poblaciones del interior. Contribuyeron a la importación de la litografía en Cuba, tanto el Gobierno como la Real Sociedad Económica (...) Efectivamente, a no haber sido por el auge que desde la extinción de la Factoría habían ido tomando las fábricas de tabacos y cigarros, la referida industria no hubiera alcanzado desde un principio, el extraordinario desarrollo que posteriormente obtuvo, y el motivo es bien claro porque como no existían muchos productos que distinguir entre sí, y dar a conocer, tanto en el país como en el extranjero, holgaba todo anuncio, ya que esto y no otra cosa representaban las etiquetas que los antes mencionados industriales comenzaron a utilizar para diferenciar y dar a conocer sus respectivas mercancías (...) un informe presentado por la firma J.Costa y Hermano con fecha 6 de diciembre de 1848 y dirigido al Secretario de Gobernación Superior Civil de la Isla de Cuba, se encuentra multitud de reproducciones litográficas de la casi totalidad de las etiquetas impresas en el establecimiento a cargo de la citada firma (...) sumando un total de 412, de cuya cifra 232 corresponden a fábricas de tabacos y 180 a las de cigarros, sin que esto quiera decir que en esa época, no existiesen, tanto en la industria tabacalera como en la cigarrera, otras muchas marcas (...) Aparece a veces un mismo fabricante utilizando más de una marca, cuyas etiquetas por lo general van acompañadas de excelentes dibujos, firmados en su mayoría por Martín y por N.Méndez. Las correspondientes a las fábricas de tabacos son de tamaño grande, mientras las de cigarros son pequeñas, a lo más de dos pulgadas cuadradas; en algunas ocasiones, muy raras, se imprimían sobre papeles de colores azul, verde, amarillo, rosado, etc. El texto de las etiquetas correspondientes a las fábricas de tabacos está casi siempre en español e inglés y a veces también en alemán y francés. Cuando la fábrica o taller se encontraba situada fuera del recinto de la ciudad, esto se hacía constar. En las marcas pertenecientes a los tabacos suelen hallarse muy curiosos dibujos reproduciendo vegas, edificios y personajes célebres, mientras que en las de cigarros predominan nombres y escenas típicos de la época, acompañando algunas de ellas versos en que se ensalza el producto y se incita al comprador para que lo adquiera (...) Para finalizar esta digresión diremos que fueron las industrias tabacaleras las que por espacio de más de medio siglo dieron vida a la litográfica, ya que no había otros industriales que se aventurasen a utilizar semejante medio de publicidad, bien porque éste resultara costoso (...) Más, sea como fuere, lo innegable es, repetimos, que de no haber sido por los fabricantes de cigarros y tabacos, la industria litográfica no hubiera alcanzado tan amplio desarrollo y prosperidad, como logró a partir del establecimiento en 1837, de la Litografía del Gobierno y Sociedad Económica de la Habana.

(...)

Dignos de mención son los principales innovadores que hubo en las industrias tabaquera y cigarrera. Corresponde a uno de estos hombres, Ramón Allones, que en 1845 había establecido en la calle de Ánimas número 129 una modesta tabaquería denominada La Eminencia, el mérito de haber iniciado en su taller importantes mejoras, más tarde imitadas por sus competidores. Fue él el primero en introducir las vitolas superiores o de regalía y el único que en aquellos tiempos comenzó a usar: “los envases de lujo que tanto llamaron la atención en las mesas de los príncipes, los reyes y los emperadores, y que por necesidad fue imitado más tarde por todos los fabricantes, porque así lo imponían las exigencias del consumo” (1). A partir de esa fecha –1845–, nació en las tabaquerías un nuevo oficio, el de fileteador, ya antes mencionado, y cuya labor consiste en adornar los cajones de tabacos con las habilitaciones en que figura como parte esencial el filete, o sea, la tira de papel larga y angosta con que se cubren las aristas del cajón, sirviendo no solamente de adorno, sino también para evitar que por allí se evapore el aroma de los tabacos contenidos en su interior. Merced a Ramón Allones, industrial de temperamento artístico, surgió, como hemos dicho, la presentación atractiva y lujosa del tabaco torcido, y su iniciativa convirtió al oscuro y humilde artesano que fijaba las sencillas etiquetas que a guisa de marca de fábrica usaba cada tallerista, en un obrero, cuyo buen gusto transformaba un tosco cajón de cedro en un llamativo envase, digno de figurar al lado de aquellos en que se presentaban al mercado los más exquisitos productos.


(1) José Rivero Muñiz. Reseña histórica de la Sociedad de Fileteadores de La Habana. En Revista Tabaco (La Habana) agosto-noviembre, 1933.


(fragmentos tomados del libro de José Rivero Muñiz Tabaco. Su historia en Cuba. Tomo II. Academia de Ciencias de Cuba. La Habana. 1965. pp.264,265,277)