hemeroteca 
  textos críticos

Buscar  
 

 
Notas sobre un estudio de la pintura y escultura en Cuba. Siglos XVI, XVII y XVIII.
Olga López Núñez
 
Notas sobre un estudio de la pintura y escultura en Cuba. Siglos XVI, XVII y XVIII.


Olga López Núñez




...No es hasta mediados del siglo XVI que se conoce, a través de las Actas Capitulares, alguna referencia de pinturas ejecutadas en Cuba. En 1584 acuerda el Cabildo contratar con Gaspar de Avila la adquisición de “una imagen y ocho cuadros” para colocar en la sala del Ayuntamiento; dos años más tarde, ante la presencia del pirata Drake frente a La Habana, se decide poner en sitio seguro sus tesoros artísticos. En el Cabildo de 1599 celebrado el 22 de marzo se informa que el pintor Juan Camargo ha cobrado 1000 ducados por pintar el retablo de la Parroquial Mayor.

De esta primera etapa después de la conquista, desafortunadamente no se ha localizado aún obras de pintura, cuya existencia conocemos sólo por medio del documento escrito. No ocurre lo mismo con la escultura, de la que tenemos, aunque pocos, algunos exponentes.

Para la Parroquial Mayor –según el historiador Valdés en 1633– se trajo de Sevilla una imagen de madera, tallada por Martín Andújar, y pintada en La Habana por Luis Esquivel: “su costo total fue de 1235 pesos y un real”; de este Luis Esquivel no hay ninguna otra noticia.

El maestro carpintero Juan de Salas Argüello firma un documento ante escribano público el 26 de enero de 1646, por el que dona al convento de Santa Clara un retablo de madera dorada realizado por él, con cuadros, pinturas y la imagen de la Purísima Concepción. Para el convento talla también las hermosas vigas del coro, en una de ellas se conserva su nombre grabado; en otra dice textualmente: “Gobernando el Señor Don Alvaro de Luna y Sarmiento y su Teniente General Don Fernando de Aguilar se acabó esta iglesia en 1643”. Y aún hoy, en el actual convento queda imaginería del siglo XVII, entre ella un San Miguel Arcángel y un Dios Todopoderoso que muy bien pudieron haber salido de las manos del Maestro Salas Argüello. Fue enterrado en la iglesia del convento el 26 de septiembre de 1649.

Pero la pieza escultórica del siglo XVII más conocida en nuestra época es la Giraldilla, pequeña escultura de bronce, que a modo de veleta manda a colocar en la torre del Castillo de la Fuerza, entre 1630 y 1634, el Gobernador y Almirante de Galeones Don Bitrián de Viamonte, Caballero de la Orden de Calatrava. Según el historiador Pérez – Beato “representa la Victoria” pues lleva “en el brazo derecho la palma de la que sólo se conserva el tronco”, y con la mano izquierda sostiene un asta con la Cruz de Calatrava; en la parte inferior tenía la banderola que señalaba la dirección del viento. Sobre el pecho presenta una medalla con una leyenda: “Gerónimo Martín Pinzón. Artífice y fundidor, Esculpió”.

Su autor el habanero Gerónimo Martín (o Martínez) Pinzón, hijo del Maestre Juan Martínez Pinzón, conocido marinero de la época, y de Beatriz Solís, hija del Sacristán Mayor de la Parroquial, nace en 1607 y muere víctima de una epidemia en 1649. El investigador Pedro Herrera ha localizado recientemente referencias sobre una fundición propiedad de Gerónimo en la que se hacían piezas de ingenios azucareros.

Al parecer la Giraldilla trata de recordar la escultura veleta que corona la Giralda, torre convertida en campanario para la Catedral de Sevilla. Quizá por esto durante mucho tiempo se pensó que nuestra veleta había sido fundida en España, sin tenerse en cuenta, también, que en La Habana la Corona tenía una importante fundición. En realidad las dos esculturas están ejecutadas con un espíritu diferente. La de la Giralda representa a la Fe con una figura masculina, que también lleva banderola pero con un diseño distinto, y además del rostro de rasgos clásicos, la escultura está tratada con un barroquismo muy español, de ropas muy agitadas por el viento. Mientras, nuestra Giraldilla, femenina, graciosa y con gesto altivo, presenta un modelo arbitrario del torso que, solucionado ingenuamente, se deja ver a través de la coraza que lo cubre. Lleva su cabeza coronada y los cabellos minuciosamente tratados; la falda amplia, al moverse con la suave brisa del viento norte –a diferencia de la sevillana– describe un movimiento ondulado y gráfico. Es evidente en ella la relación profunda con la proximidad del mar.

Hacia 1660 un indio de Guanabacoa llamado José Bichat –según el historiador Pedro Herrera– compra en La Habana dos óleos sobre madera que representan a Jesús Nazareno. Las dos pinturas son iguales y sólo por pequeños detalles se pueden diferenciar; (...). Realizadas en un taller de La Habana por encargo, presenta una fuerte influencia española, en este caso muy próxima a los Nazarenos del “Divino Morales”, pintor español del siglo XVI. Su autor es desconocido aún, pero en esta época se recogen en documentos los nombres de algunos artistas que también tendrían en La Habana sus talleres de pintor, al igual que el Maestro del Nazareno.

En el siglo XVIII se desarrolla notablemente la talla en madera de los preciosos retablos barrocos laminados en oro, comunes en toda la isla, casi en su totalidad realizados por artistas desconocidos a excepción de algunos nombres, como, por ejemplo, el de Pedro Joshep Valdez que en 1770 firma uno de los altares de Santa María del Rosario, según hemos podido comprobar durante el proceso de restauración de pinturas y altares.

En un artículo publicado el 29 de julio de 1792 en el Papel Periódico de la Havana firmado por “un europeo imparcial” se dice lo siguiente:

...Por lo que respecta a las Artes, es innegable que en la carpintería de lo Blanco y Rivera, la escultura, la talla, la pintura, el dorado, el gravado (sic), y aún en la arquitectura, hay muchos operarios de excelente ingenio y gusto, como lo testifican varias obras que han merecido muchos elogios, no solo de nuestros Nacionales, si también a los extrangeros (sic) con la precisa circunstancia de ser artífices naturales de la Havana...

Estas líneas del “europeo imparcial” son reveladoras del concepto amplio de las Artes que se tenía entonces, ya que incluye a numerosos oficios, y también el carácter artesanal que a todas es común pues considera “operarios” a los hombres que practican tanto la carpintería como la escultura, o la pintura y el dorado, por ejemplo.

El artículo continúa como sigue:

...Regístrense uno de los salones de la Casa de Gobierno, y otras de D. Joseph Escalera, de Joseph Veloso, Valentín Arcila, diseminadas en varios edificios públicos y casas particulares, y advertirán (...) a lo menos enérgica actitud, observaciones de reglas, y gusto muy regular...

Se destacan escultores como el maestro Joseph Valentín Jauregui que esculpe imágenes, grupos y posiblemente las tallas en madera de la casa de la Obrapía; y el escultor negro de apellido Rebollo, que según Calcagno “goza de bastante crédito” y al parecer se dedicó a la imaginería, pues en los exámenes de pintura y escultura que, en el Seminario San Carlos, realizara en 1788 el bayamés Manuel del Socorro Rodríguez (1758 – 1818), hizo un crucifijo para que Manuel del Socorro lo perfeccionara.

Durante el siglo XVIII la pintura está presente en las principales ciudades de la Isla. Como en La Habana, en las iglesias de Santiago de Cuba quedan pinturas de esta época, algunas firmadas, así La Virgen de la Luz, el hermoso lienzo de Tadeo Chirino; en el antiguo Puerto Príncipe, el pintor Felipe Fuentes se dedica al retrato. También existen en las tres ciudades numerosos cuadros anónimos, aún por identificar.

Las temáticas comunes son el cuadro religioso de influencia española, sobre todo de la escuela sevillana del siglo XVII, y el retrato que se ajusta a las características usuales de este asunto en toda Latinoamérica, donde el Gobernador, el Obispo o el Señor principal se hace retratar en “pose oficial” con sus escudos y cartela de identificación. Es necesario destacar la unidad estilística de nuestra pintura en toda la Isla, aunque de los exponentes localizados hasta el momento, en el retrato que se pinta en provincias es frecuente el uso de láminas de oro, que no hemos encontrado en los retratos habaneros.

Dentro de la pintura religiosa es notable la pintura sobre cruces de madera, desde la caoba hasta el ébano; hemos localizado pocas piezas de este tipo que varían de tamaño y concepción artística. (...)

El tema histórico también fue tratado, aunque lo encontramos por referencia escrita y de modo ocasional. El testamento de Pedro Acosta de 1768 –que se conserva en la Escribanía de Marina del Archivo Nacional– menciona dos cuadros relacionados con la caída de la capital en poder de los ingleses en 1762. Uno es el Retrato de Don Luis de Velasco, el defensor del Morro, y el otro es el Sitio de La Habana, de los que desconocemos su paradero. Hay otro cuadro histórico de finales de siglo que la Sociedad Económica de Amigos del País le encarga al pintor Juan del Río en 1794; es un gran lienzo sobre la inauguración de la casa de Beneficencia. Esta obra, actualmente perdida, se conoce solamente a través de una litografía que Juan Domingo Lequerica dibuja en el siglo XIX cuando el original ya se encontraba en muy mal estado de conservación.

En el siglo XVIII los artistas ya se agrupan en gremios y los maestros pintores se hacen rodear de los “oficiales”, jóvenes aprendices a su servicio. La Habana contaba con numerosos pintores, algunos dedicados a la decoración de paredes con un carácter más artesanal, sobre todo en el dibujo de cenefas que se va a desarrollar notablemente en el siglo XIX. Entre estos pintores, Pedro Acosta, que se hace llamar “maestro de profesión en el arte de Pintura” realiza en 1777 la decoración del Coliseo y la Alameda. Otros, como Thomás de Enrique, son conocidos hoy a través las alegorías que colocaran en un templo. Los miniaturistas también se anunciaban como retratistas, pues la miniatura, a pesar de ser retrato era considerada un género aparte; sus cultivadores eran muy solicitados y hay bellos ejemplares de esta especialidad. De la perfección de su técnica se ocupa en 1794 el Papel Periódico al recomendar que “la goma arábiga blanca sirve a los pintores de miniaturas para dar tenacidad a sus colores sin alterarles la vivacidad...”

Los pintores al parecer preparaban sus colores en el taller y La Habana contaba con varias casas de “mercerías” que, entre otras cosas, vendían los pigmentos. Según documento encontrado en el Archivo Nacional por el investigador Carlos Venegas, el mestizo extremeño Pedro Muñoz tenía tres establecimientos de este tipo en la ciudad, donde recibía las sustancias colorantes, resinas y aceites de España, Holanda e Inglaterra; muy utilizados en la época eran el oropimiento, el cardenillo, la ancorca, la gutagamba, el albayalde, el carmín y otros.

La obra de muchos de estos artistas no se encuentra identificada. Hay pintores como el Maestro Juan Rosa, italiano que residía en La Habana y que tenía sus aprendices, lo mismo que el pardo habanero Maestro Julio Gamarra. Y otro Maestro pintor, Felipe Lago, también habanero que nació en 1723, y el ya mencionado Valentín Arcila, del que se conocieron “obras notables” –según Calcagno– en la Casa de Gobierno.

(...) José Nicolás de Escalera y Juan del Río, (...) ambos con influencia española, trataron el cuadro religioso y el retrato. Desconocemos su formación artística pero suponemos que en su juventud hayan frmado parte de los “oficiales” de algún maestro, y después ellos mismos como Maestros enseñarían a un grupo de jóvenes las técnicas de su arte.

José Nicolás de Escalera trabaja junto con otros artistas en las pinturas de la iglesia de Santa María del Rosario. Lo más logrado de su pincel son las composiciones de las cuatro pechinas de la cúpula en las que, además de reiterar el tema religioso compone un grupo familiar. Calcagno –en su Diccionario Biográfico– lo presenta como escultor, pero no hemos localizado aún ninguna talla realizada por él. Se encuentra inscripto en el libro de Bautismo de Blancos de la Catedral de La Habana el 8 de septiembre de 1734 y muere en la misma ciudad en 1804. En sus retratos, un tanto ingenuos, con soluciones erróneas de perspectiva capta a sus modelos en las “poses oficiales” pero con un carácter espontáneo. Su pintura religiosa es más frecuente; sus vírgenes se visten a menudo con los colores tradicionales de la escuela sevillana. Su colorido es muy sobrio sin grandes matices cromáticos, y su modelado utiliza las tintas sienas marcando con firmeza el contorno de las figuras.

Juan del Río nace, según la tradición, en La Habana en 1748, pero este dato no ha sido confirmado pues no han aparecido su inscripción de bautismo ni su defunción, aunque se dice que muere en La Habana. A finales del siglo tenía prestigio como pintor. En la junta de la Sociedad Económica de Amigos del país del 25 de junio de 1795, al informar que su mencionado cuadro sobre la inauguración de la Casa de Beneficencia se encuentra colocado en esta institución, se le llama “Maestro pintor”. Se dedica a la pintura religiosa y al retrato, en los que se admira el dibujo elegante, que llega al detalle minucioso cuando se aplica en joyas y encajes. Además trabaja como dibujante con el grabador Francisco Javier Báez y existen algunas piezas firmadas por los dos artistas.

Hay un artista de transición que se desarrolla notablemente en el primer tercio del siglo XIX, aunque su aprendizaje y sus primeras obras son del siglo XVIII. Nos referimos al mestizo habanero Vicente Escobar, que en el siglo XIX se anunciaba como discípulo de Maella en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Escobar, esencialmente retratista y continuador de la influencia española, fue nombrado en 1827 por Fernando VII, Pintor de Cámara del Rey.

No es ocasional que un mestizo se dedique a las artes; en las últimas décadas del siglo XVIII muchos jóvenes pardos y mulatos entran en los talleres de los maestros pintores y escultores. A esto hace referencia el historiador Arrate en su Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias cuando dice: “...pardos y morenos son aptos y suficientes para los oficios mecánicos a que comúnmente se aplican y en que salen ventajosos maestros... pero aún de aquellos que necesitan y piden más habilidad, pulimento y genio, como son el de la platería, escultura, pintura y talla, según lo manifiestan sus primorosas obras...”

La Sociedad Económica de Amigos del País crea por iniciativa del intendente Alejandro Ramírez la primera escuela de arte en Cuba. En enero de 1818 se inaugura la Escuela Gratuita de Dibujo y Pintura –que más tarde se llamará San Alejandro– bajo la dirección del pintor francés Juan Bautista Vermay (1786–1833). Por la Sociedad Económica, José de Arazoza es el encargado de la organización de la Escuela y la admisión de los alumnos, que debían llenar los requisitos de ser blancos, varones y de buena familia. En los Anales de la Sociedad Económica del 1 de diciembre de 1817 Arazoza expone: “los negros y mulatos que habían practicado la pintura hasta ahora no habían estudiado jamás el dibujo, se espera de la enseñanza de Vermay los mejores resultados”.

El carácter discriminatorio con que nace la Escuela, está explícito en las palabras de Arazoza. Pero, aún más, en ellas están subyacentes las agudas contradicciones sociales del período. Con San Alejandro se inicia una nueva etapa de nuestra plástica, que rompe con la tradición artesanal desarrollada en Cuba desde el siglo XVI e inaugura un largo período de enseñanza artística. Pero, al margen de ésta, y paralelamente, siguió desarrollándose una línea artesanal que dio no pocas muestras de genio creador.

(Publicado en Documentos. Grupo de Información. Esfera de las Artes Visuales. Museo Nacional de Bellas Artes. 1987)