hemeroteca 
  textos críticos

Buscar  
 

 
Certidumbres
David Mateo
 
Certidumbres


Por: David Mateo


En la pintura de Agustín Bejarano es imposible prescindir de los dictados del dibujo. Ella es en sí misma, subterfugio, pretexto de sus procedimientos y sistemas. Si con el grabado esa capacidad para el dibujo alcanzó su máximo poder de resolución, con la pintura se fue haciendo cada vez más perceptible, a la par que compleja.

En la secuencia evolutiva de lo pictórico dentro de la obra de Bejarano se reflejan las distintas variaciones que ha debido experimentar el dibujo como esencia de lo compositivo, de lo estructural, para alcanzar la síntesis y sobre todo el vigor expresivo de su imaginero. En correspondencia con ello, se aprecian tres facetas iconográficas bien delimitadas, en las que prevalecen casi siempre las formas de lo humano: una que aboga por la exaltación de la línea más bien ondulante y detallada, otra que se inclina hacia lo constructivo y geometrizante; y una tercera que privilegia la conjunción de ambas opciones en aras de lograr una mejor holgura de sus rasgos.

Mediante la utilización exclusiva del delineado, hubiese sido algo más lento y engorroso alcanzar esa estrategia creativa que hoy ostenta; fue por eso que decidió acelerar el proceso a partir de los condicionamientos de valor y tono que pudiera ofrecerle la implementación del trabajo con el acrílico y la combinación de distintas técnicas y texturas sobre el lienzo, con las que no sólo descubrió nuevos efectos, sino también novedosas maneras de esbozar, de describir. Esta pesquisa refleja puntos de emparentamiento con aquellos comprimidos iniciales en el acetato, en los cuales ya se inducía, de manera un tanto incipiente, la necesidad de un artificio suplementario.

Encontrar la equidad adecuada entre el dibujo básico, el bosquejo pictórico y las gradaciones de color, ha sido uno de sus principales aciertos; además de imponer un estilo propio dentro de esa percepción dibujística de la pintura por la que también transitaron, entre otros, figuras paradigmáticas de las artes plásticas cubanas como Wifredo Lam, Acosta León, Carlos Enríquez, Marcelo Pogolotti o Fidelio Ponce, con quien se me antoja pensar que ha ido creando también interesantes motivos de identificación en los últimos años.

Comprender la trascendencia que ha tenido y tiene, el dibujo como basamento de su obra, resulta imprescindible también para desentrañar esa elevada parquedad, el transparente racionalismo que muestran sus más recientes cuadros, en especial aquellos que pertenecen a las series Imágenes en el tiempo y Los ritos del silencio. Es una parquedad, un racionalismo, que no se aparta en lo más mínimo, a mi juicio, de las preceptivas del dibujo, ni mucho menos con las nociones del grafismo, que tiene en el acto de suprimir, más que una voluntad de desbordamiento, un propósito de condensación. Parecería como si las figuraciones reacomodaran su protagonismo simbólico, reconcentraran su significado por intermedio de lo que otros han denominado dentro de las especificidades del dibujo suficiencia de la escasez, sin desdeñar en ello, por supuesto, toda la excusa invocativa que han tenido en su obra estados y categorías como el silencio y el tiempo.

Pero si algún día lo que se atomiza ahora a través del dibujo llegara a saltar venturosamente de la escena, a desbordar los límites y a expandirse hacia lo indeterminado o genérico, es porque habrá mutado entonces el fundamento de todo aquello que lo define y singulariza. Aunque, ¿acaso alguien pudiera atreverse a avizorar en su destino una metodología única, vertical...? Está ya más que demostrado que en Agustín Bejarano todas las sinuosidades, todas las transfiguraciones, resultan siempre presumibles.


(David Mateo, crítico de arte. En: Revolución y Cultura, Nº 4, octubre/noviembre/diciembre, 2004. Epoca V, página 34)