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La exposición de Massaguer
Miguel de Marcos
 
La exposición de Massaguer


Por: Miguel de Marcos


(Publicado de Social, agosto de 1937)


Se ha dicho que el dibujo humorístico no tiene un lugar en la jerarquía de las artes. Esa definición negativa, por lo excluyente y por lo reveche, debe proceder de un crítico. De un crítico áspero, en trance torrencial de exacerbación hepática. Se le niega un valor profundo, porque el dibujante humorístico apresa con su lápiz una actualidad que suele ser efímera. Sospecho que en esto hay un poco de confusión. Ese concepto de lo efímero, por lo tanto, de lo que no se generaliza, pudiera aplicarse al caricaturista que construye sobre monigotes políticos, y que ejercita sus flechas y sus venenos sobre ese mundo de homúnculus pintorescos y deformes. Esa sátira, que en un momento dado es corrosiva, toda en curare, es susceptible de mudarse, con el paso de los años, en infusión de manzanilla. El marionetismo político tiene, por lo menos, una conveniencia. Impide, ciertamente, que una técnica y un vitriolo se conviertan en arte de hondura. Pero los monicacos son siempre fugaces. Y antes de naufragar en los pantanos, el teatro de títeres de la política, apaga pronto sus luces. Es que los fantoches, a pesar de ser fundamentalmente nocivos, no han perdido la prudencia.

Pero el dibujo humorístico es otra cosa. La dorlería en su carta de identidad, y esa sonrisa viene en línea recta de la comprensión, de la tolerancia, de los ojos que se abren sobre una época y van apresando, para fijarlos con trazos gruesos sobre el papel, sus afanes, sus movimientos, sus sueños, sus ilusiones; una sustancia viva en que hay heroísmos y ridículos, risas que traman en el aire su geometría profusa de galejadas, lágrimas que, por pudor y buen gusto, se ocultan con fiereza. Sólo que el dibujante humorístico, sabiendo por anticipado que la imaginación es la única realidad que existe, prefiere conservarse sobre sus cartones en un clima de alegría. Terapéutica sabia: es la única manera de circular de la cuna al sepulcro, eludiendo la reina que siempre se proyecta sobre una vesícula biliar mal administrada.

Conrado W. Massaguer... viene hoy a esta casa cordial del Lyceum, con sus cartones, con su personalidad victoriosa, que es una onda dilatada de prestigio y de popularidad, y, desde luego, con su W.

Fue hace más de veinte años..... Y por aquella época remota, en que mis crines aún no se rarificaban, Massaguer había ganado el renombre y la fama. Los que, sin una excesiva melancolía, hemos cumplido cuarenta años, aún recordamos dos creaciones suyas sobre las que no pasa el olvido: aludo a su Jaime Castelfullit y a su Juan Frenético, estampas logradas, que, el artista creador que hay en Massaguer, alió a la verba oronda de Víctor Muñoz. Creedlo: el jipi de Castelfullit, como el americano exógeno, injertado y postizo de Frenético, fueron algo más que una versión de las contiendas baseboleras de aquellos tiempos. En ellos vive una época. Si esos tipos se han inscripto en el recuerdo, si perduran en la nostalgia y en la remembranza, si esos fantasmas risueños no han sido abolidos por el estruendo tumultuoso de los años: he aquí la prueba concluyente de que el dibujo humorístico tiene una permanencia, superadora de lo meramente efímero, cotidiano y transitorio, y que, por lo tanto, esa técnica, esa manera, esa realización, se ajusta a una jerarquía de arte.

No me digáis que un jipi aplatisado y exúbero, un pantalón de rayas, un brillante mongólico imbuido en un meñique jactancioso, son imágenes insuficientes para situar una época. Si así fuera, tendríamos que suprimir de la historia del arte los nombres de Forain y Caran d´Arche.

La humanidad hay que buscarla en ciertos momentos, en los cartones de los dibujantes. La visión exacta de los hombres está en ellos, en los trazos que, siendo simples y precisos, poseen aquella cocasería congenital, que apresa a las élites y a las masas, que solicita la sonrisa turbia y desvaída del sabio y la carcajada explosional de la portera.

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Pues bien, esa tónica epocal predomina en los cartones de Massaguer. No hay en ellos nada efímero, y es su duración, su diuturnidad, lo que se materializa en sus apuntes, en sus “charges”, en sus dibujos. El valor profundo de una existencia, no una entelequia. Después de todo, esto se había demostrado antes en un terreno –la historia- tan disyunto, por cierto, de los juegos de la caricatura y el dibujo faceto. La cosa corrió a cargo de Michelet, cuando ascendió al reinado de Luis XIV en ésta fórmula: antes de la fístula y después de la fístula. Pero en este caso, aún incurriendo en todos los atrevimientos, me apresuro a hacer una afirmación: es que Jules Michelet, estableciendo esas zonas discriminatorias en un gran reino, procedía con la técnica de un dibujante humorista. Loado sea Dios: al fin y al cabo, la historia es un docto ejercicio rigoleto.

Son fragmentos vivos y palpitantes lo que uno halla en los ejemplares cartones de Massaguer. En la iconografía del futuro se integrarán sus dibujos, éstos que se presentan aquí, esta tarde, y los de antaño, porque las épocas, en ellos, se enlazan unas a otras, para explicarse, para dialogar en silencio y reír sin amargura.

Acercaos, con deleite, a esos cartones en que el espíritu nunca es vulgar, animados, como están, de una verdad robusta y clara en sus movimientos, en que la visión de los sucesos, siendo inesperada, es de una briosa y perforante exactitud, para llegar, de un solo golpe, de un solo trazo, a la creación de un mundo particular, de un mundo nuestro, vernáculo, entrañable, despojado de abstracciones y de nieblas, como si el don de síntesis que prevalece en Massaguer, fuera un genuino fuego mediterráneo. Ahí no hay muñecos artificiales, criaturas ficticias, desvaídas y lunares. Es posible que su reptacordo no sea completo y que en su escala falte alguna nota hondamente indígena, de ancha raíz popular. No importa. Una sociedad vive en sus dibujos: sus hacendados tienen un verismo incisivo; sus ricos, que juegan al golf en el Country Club, para adobar sus ocios, poseen una lealtad inapelable en sus palitroques y en sus pantalones flotantes; sus “pepillas” proliferan la trivialidad en veinte volúmenes y en las catorce maneras de cruzar la pierna; sus damas, repletas y rollizas, que vierten las rocas paquidérmicas de su pescuezo sobre un pecho mastodóntico, saben ser “chaperonas” perfectas, es decir, que regresadas de las ilusiones, han comprendido que en “cocktail party” de fragante modernidad, hay que cerrar beatamente los ojos ante los juegos inocentes del amor de los jóvenes y ante la rápida desaparición de las parejas y de los cocktails.

Acercaos a esos dibujos. Hay en ellos una sociedad, una vida, una época, sin excesos ni transgresiones en el hombre que apresó los movimientos, los delirios, las aristas y las pasiones de un instante de nuestra historia. Sonreid despreocupadamente, ante ellos, porque el espejo ofrecido no embosca ninguna malicia, sino una clara sonrisa que lo comprende todo...