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Padrón: El humor encontrado
Nelson Herrera Ysla
 
“Padrón: El humor encontrado” por: Nelson Herrera Ysla


Cuando le pregunté un día a Juan Padrón por qué no era el prolífico y desbordante caricaturista que conocí años atrás en la prensa cubana, me dijo simplemente que él dibujaba en diez meses entre ocho y doce mil dibujos para la realización de un filme de animación y que, sin lugar a dudas, le dejaban muy poco tiempo para ser el humorista gráfico que ya no era. Me resistí a creer que el artista tímido, modesto, afable, de tono mesurado y cordial al hablar que tenía ante mí, pretendiera burlarse de alguien al espetarle esa cifra astronómica de dibujos, pero empecé a sospechar que todo aquello podía ser verdad al visitarlo en el departamento de dibujos animados del ICAIC, donde actualmente trabaja. Comprobado el hecho, capturado infraganti, me animé entonces a escribir acerca de uno de los más serios humoristas cubanos contemporáneos que, tristeza de muchos lectores, abandona su rica vertiente gráfica para dedicarse por entero a ese fascinante oficio del siglo veinte: cineasta.

Sin embargo, aún cuando ya no dibuje (¿caricaturice?) páginas y páginas de semanarios, periódicos cubanos como hacía en la cercana década del sesenta, Juan Padrón (conocido indistintamente como Padroncito) dedica el poco tiempo que tiene a colaborar mensualmente con la revista Prisma de la Agencia de Prensa Latina.

Siendo más joven de lo que él imaginaba, un día de 1963, Norberto Fuentes le disparó a quemarropa la posibilidad de trabajar para la revista Mella junto al nutrido grupo que ya se encontraba en la importante publicación de la juventud cubana... y no lo pensó tres veces. En las calles de Cárdenas dejó una estela pavorosa, parecida a aquel estremecimiento que sintió en 1962 cuando creyó que había llegado para él la hora de convertirse en un caricaturista.

En La Habana se unió a Virgilio, Roberto Alfonso, Rostgaard, Fundora, Newton Estapé, Víctor Casaus y a un notable dibujante que luego se dedicó a componer canciones y tocar bien la guitarra: Silvio Rodríguez. Todos hacían esa página memorable llamada El Hueco (una historia muy profunda) en la que Padrón colaboraba con una o dos caricaturas, no más. Transcurridos los primeros le encargarían hasta seis semanales. Era todavía 1963 y recién cumplía dieciséis años: ese fue el comienzo de su carrera. Cuando es llamado a cumplir el servicio Militar Obligatorio continúa colaborando mediante una serie de caricaturas sobre la vida cotidiana del ejército, titulada por él mismo Reclutas SMO, hasta la disolución de la revista.

Este suceso no lo desanimó: ya estaba más que convencido de que era un caricaturista (aunque ni hecho ni derecho aún). Surgió a la sazón la empresa Ediciones en Colores, algo así como el apoyo de lo que se conoció luego como el boom de la historieta cubana, ya que llegaron a editarse cuatro revistas de diversa periodicidad, y de veinticuatro, treinta y dos páginas. En todas colaboraba Padroncito y no daba abasto. Crea sus primeros personajes: Kashibashi (un samurai con cara de niño) a partir del auge y la popularidad que gozaban en Cuba los filmes japoneses El Bravo, Los Siete Samurai, Harakiri, entre otros, y Barzum, suerte de extraterrestre surgido de su entusiasmo por la ciencia-ficción.

En ambos personajes Padrón transita por la línea tradicional del comic moderno para niños. No le preocupaban los contextos, las atmósferas, las referencias que más tarde ocuparían un lugar importante en su obra.

En 1967 termina el SMO y terminan también las Ediciones en Colores. Pero planes y proyectos editoriales no escaseaban y nace así El Sable, suplemento de humor del periódico Juventud Rebelde, en el que Padrón satisface uno de sus más caros anhelos personales: convertirse en trabajador fijo de una publicación. Esta seguridad laboral y el equipo que allí encuentra dirigido por el incansable y talentoso José Luis Posada, despiertan en él montones de ideas que desde mucho atrás apenas le dejaban dormir con tranquilidad. Descubre la vertiente querida de su imaginación: el humor negro, y la proyecta en personajes hoy recordados con irremediable nostalgia y claridad: Vampiros y Verdugos (recreados hace poco en la pantalla grande en el filme Vampiros en La Habana producto genuino y maduro del género cinematográfico cubano).Pero mientras trabaja en esa dirección mantenía estrechas relaciones con revistas infantiles a través de las páginas de Pionero (en el más estricto humor blanco, por supuesto). ¿Esta doble proyección artística lo sitúa acaso en el mismo plano del Dr.Jekill y Mr.Hyde? El ríe a la más leve insinuación... pero no dice nada.

En ese entonces Padrón realizaba veinte y hasta treinta caricaturas semanales de disímiles contenidos. En el humor negro comienza a detallar fondos, ambientaciones, situaciones insólitas: cada personaje aparece definido en espacio y tiempo con su vestuario apropiado, lenguaje, expresiones gestuales. Se nota mayor soltura en la línea, el hallazgo, de un modo propio de dibujar el cual habría de volcar con sumo oficio en el personaje que conquistaría de todo corazón el codiciado público infantil: Elpidio Valdés, el año 1970.

Su interés desbordado por nuevos descubrimientos humorísticos lo lleva a crear las series: Piojos, Comejenes, Zoo-ilógico y Cerbatanas, fauna loca de mil y una aristas y tela infinita por donde cortar, derivada bastante hacia lo grotesco. Padrón ampliaba de esa manera su trabajo creador, emergiendo a todas luces como un humorista de sensibilidad, ingenio y capacidad extraordinarios al que ningún obstáculo editorial vencía. La gama de sus personajes abarcó en un momento dado a adultos y pequeños, seres del pasado, del futuro, animales domésticos, minúsculos y gigantescos, seres imaginarios, de todo, como en una botica.

A El Sable lo sustituye La Chicharray con aquel desaparecen algunos personajes de Padrón. Decide reasumir una línea que había desarrollado muy al principio: el costumbrismo, y mantenerse así por un tiempo. A La Chicharra la sustituye Dedeté, en el que mantiene sus Comejenes, Zoo-ilógico como constantes y , de manera esporádica Cerbatanas, al lado de caricaturas sobre aspectos históricos y de corte psicológico.

En 1973 comienza sus colaboraciones con el ICAIC animando cortos de Elpidio Valdés (tentación ésta que le costó caro al humorismo gráfico cubano). Desde las páginas de Dedeté lanza una nueva serie como para que nadie fuera a pensar que dormía sobre laureles: Abecilandia, letricas con problemas entre sí, de toda clase, con todo el mundo también, y que más tarde generaron el interés en otros humoristas cubanos por series de balas, tornillos, animalillos de toda la tierra.

Tanto fue el cántaro de Padrón al ICAIC que terminaron nombrándolo director de animados a fines de 1975, y semanas más tarde se acabó Troya, ardió entera la ciudad de sus personajes quedando en pie su relación con los niños a través de Pionero. Relación que no ha terminado nunca y que le permite diseñar carteles, afiches, vallas con enorme placer.

A fines de 1977, la revista Prisma le encarga una página humorística, en la que Padrón recrea un mundo especial con variedad y riqueza de formas y contenidos: la sociedad primitiva, invocada, mitificada, sublimada por este brujo moderno, entusiasta y apasionado lector de la historia del hombre. Para la revista Mar y Pesca inventó una serie que no tuvo la fructífera vida y suerte de sus antecesoras: “Marcelino, investigador submarino contra Everardo, tiburón asesino”, tal vez el más largo título de la historieta contemporánea, con claras referencias a las peripecias del hombre de mar.

Padroncito, al cabo de una trayectoria artística azarosa, plena de avatares, glorias y pesares, en la que dio vida a casi una docena de series dedica su escaso tiempo hoy a revelarnos las complejidades del individuo y la sociedad recreando el mundo primitivo mientras mantiene en vilo al público infantil con sus eficaces filmes de animación.

No sin nostalgia invoca Padroncito aquellos años en que combatía vicios y defectos haciendo reír a chicos y mayores con obras de incuestionable valor moral y calidad estética.

Una de sus grandes virtudes es la versatilidad para abordar cualquier tema (tanto en el llamado humor blanco como en el negro o de cualquier otro color). No sufrió por alcanzar un “estilo” propio, una línea que lo distinguiera del resto de los compañeros de oficio: su dirección apuntaba a responder eficientemente el asunto, la anécdota escogida, y si para ello el dibujo debía ser delicado o grueso, de trazo desbordante o insinuado apenas, sugerente en atmósfera o parco, escogía siempre la mejor solución.

No exagero si digo que su obra de algo más de veinte años es imaginativa en extremo, como pocos en nuestro país. Trabajando en condiciones difíciles Padroncito siempre salió con nuevas propuestas e ideas para mantener viva la llama del buen humor y el buen arte. Sus lecturas de Pfeifer, Quino, Fontanarrosa, Sempé, del equipo Mad (sobre todo de Jack Davies) y de algunos grandes humoristas españoles del sesenta: Vázquez, Peñarrolla, Conti, Jan, le dejaron una huella justa,, hecha a la medida de su propio pié.

En los últimos años puede notarse una mayor influencia del lenguaje cinematográfico, de modo más claro en lo referido al concepto de puesta en escena, lo que un cineasta (como él) trata de alcanzar con escenografía, vestuario, iluminación, ambientación, trata de alcanzarlo también el humorista que es Padrón. Cuando le pregunté por la atmósfera especial que logra en sus historietas del mundo primitivo empezó a nombrarme olores posibles en aquellas cuevas oscuras, alimañas de todo tipo, polvos, humo, fuego, todo mezclado con el hombre. Si se trata de Elpidio Valdés entonces se empeña en la fidelidad a los grados militares, las armas, los objetos de la vida cotidiana guerrillera, los giros verbales, en fin.

“Hacer una historieta, para mí, es hacer cine y viceversa”: fue lo último que escuché.

(tomado de Revolución y Cultura, Nº4, 1986, páginas 40 a 47)