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Crédulos ayer, rebeldes siempre. Julio de 1998 (fragmento)
Rufo Caballero
 
... entre los sesenta y los ochenta predominaron los discursos gustosos de la cita, la parodia o la silepsis como modos supremos de emblematizar la praxis de coloquio neobarroco, que aún cuando goza la distancia del referente, prefiere todavía no preterirlo, no escamotearlo de un todo. En los noventa sin embargo, la sensibilidad del pastiche sustituye al grosor de la parodia, y el simulacro viene a ser la consecuencia última del avieso esbozo: se llega a emular un texto referente que no existe, que es fabulado por el propio rictus. Es por ello que el término de apropiación cede ante otro más sutil, el de intervención, al parecer despojado de la jactancia de su precedente.



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...el crédito de Eduardo Abela muestra la identidad heredada, portada por un pintor de tercera generación que no se inquieta con el vértigo hacia su evocado abuelo, todo un patriarca en el relato de la vanguardia artística cubana, pero que tampoco puede desasirse, por más que lo intente o no le importe, del peso de la tradición, en su caso, incluso familiar.



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...El intertexto de Abela es de carácter más antropológico, en la medida que, como antaño su abuelo, sigue él enfrascado en la especulación etnocultural –con ribetes socioéticos- de la promiscuidad societal del bicitaxi y la jinetera como cicerona travestida...



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Aunque Abela ensaya gestos interventores que seducen desde el rubro de la morfología y sus incitaciones de remisión (sus enormes cajas de jugo Tropical Island en madera grabada, remiten a las magnificaciones irónicas de Oldenburg, sólo que en una operatoria que invierte la perversión: Oldenburg iba de la materia a su fragilidad, a su flojedad, en lo que Abela perpetúa inútilmente lo trivial, con su juego deconstructivo que ironiza con la ontología ilusoria de la trascendencia), lo verdaderamente estimulante de su trabajo es la agudeza con que logra centrar dramáticos accidentes en la identidad actual de lo cubano desde una –lúbrica parodia- dramatización sardónica, tragicómica, de lo real. Así, Rebelde ayer..., hospitalario siempre, es un excelente retablo pictórico que provoca de inicio la carcajada salvaje y después el recogimiento, la conmoción de un brutal desnudo. Todos los índices textuales, que están rebajados a un plano de promiscuidad referencial en el que todo cabe además de que vale, aparecen orgánicamente imbricados en una lógica de sentido que con el shock humorístico desenajena la percepción y registra, sin demasiado enjuiciamiento –cual si no hiciera falta- la pérdida de un paradigma trascendentalista, el extravío de la vanagloria modélica cuando la propia realidad, la dura realidad, habla en otro lenguaje. Abela se ha convertido en un sicosociólogo de lo cubano, de los gestos de la conducta diaria del cubano, y su triunfo está en saber cifrar un incisivo pensamiento, nada retórico, tras el carnaval de la circunstancia. Véase tan sólo la elocuencia de su obra sobre la visita del Papa a Cuba, un registro sumamente observador de aquellos encuentros jubilosos del carnaval cultural, el axiológico y el artístico, en un melange a trois exquisito, irrepetible, locuaz.



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(Rufo Caballero. Fragmentos del texto Crédulos ayer, rebeldes siempre. Julio de 1998)