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40 años del Taller Experimental de Gráfica de La Habana. Travesía inconclusa.
Raimundo Respall
 
40 años del Taller Experimental de Gráfica de La Habana
TRAVESÍA INCONCLUSA




Por Raimundo Respall





Allí donde el Callejón del Chorro emprende su viaje hacia la Plaza de la Catedral, se reabrieron las puertas del Taller Experimental de Gráfica, desde 1990. Sin embargo, su historia comienza hace ya más de cuarenta años, cuando en la tarde del 30 de julio de 1962 un grupo inusual de artistas y técnicos se reunieron en la que fuera Casa del Marqués de Arco, también situada en la histórica plaza habanera, para conjurar el destino del grabado cubano.




Orlando Suárez, muralista que por aquellos años dirigía el consejo provincial de cultura fue, junto al pintor chileno José Venturelli, el principal instigador en la creación del Taller de la Plaza. El clan fundador contó con no más de diez artistas y con la experiencia técnica de los maestros litógrafos Amable Mouriño e Israel de la Hoya. También la modernidad favoreció este empeño, pues las antiguas prensas y piedras de la Compañía Litográfica de Cuba quedaron desechadas como procedimientos arcaicos con la introducción del offset y las rotativas, oportunidad que aprovecharon para equipar con ellas el taller y convertirlas en soporte material de su proyecto: desarrollar la litografía artística en Cuba.




Al principio, bajo la guía de José Contino, las pretensiones eran sólo las de rescatar las tradiciones litográficas como medio de expresión artística. La preocupación esencial en esos años era dominar la técnica litográfica. Los pocos artistas que acudieron al principio lo hicieron por curiosidad, para saber de que se trataba aquella manera de fijar en una piedra una imagen que sería imperecedera. Sin embargo, muy pronto fueron hechizados por el misterio del grabado y el grupo de artistas asiduos al Taller crecía a la par con nuevas y mayores tiradas de ediciones litográficas, cada vez más originales, y comenzaron a introducirse otros procedimientos gráficos, que fueron haciendo crecer las expectativas de lo que fuera bautizado popularmente como el Taller de la Plaza. Armando Posse, José Luis Posada, Ana Rosa Gutiérrez, Alfredo Sosabravo, Antonio Canet, Rafael Zarza, Antonia Eiriz y Umberto Peña, representan, entre otros, el primer soplo de aliento en la azarosa travesía de esta institución cultural.





La década del setenta marca los efectos de uno de los propósitos principales en la creación del Taller: el vínculo estrecho entre sus fundadores y las crecientes escuelas de arte. En este espacio abierto a la creación van a reunirse los primeros egresados de la Escuela Nacional de Arte (ENA) con sus maestros. La metáfora marina de ola y resaca, es la mejor imagen para comprender el fenómeno que ocurrió en aquellos años. Cada maestro traía a sus discípulos, los cuales fueron formando nuevos grabadores... y éstos a otros, en un proceso ininterrumpido. Eran años donde todos los secretos técnicos fueron develados ante la aparición de un efecto novedoso. Sacar una prueba de las prensas era un acontecimiento, un motivo de debate y festividad. El empleo de cada recurso era sopesado en conjunto: todos eran jueces y participantes en el proceso creativo.




En el ochenta resulta más evidente aún la trascendencia nacional e internacional de esta fusión entre el Taller Experimental de Gráfica y las Escuelas de Arte. El grabado cubano asciende de manera vertiginosa, teniendo como constante la búsqueda de nuevos caminos. Muchos de los artistas que forman el núcleo del Taller durante estas dos décadas, han estampado su firma en la Historia del Grabado Cubano: Eduardo Roca Salazar (Choco), Roger Aguilar, Luis Miguel Valdés, José Gómez Fresquet (Fremez), Rafael Paneca Cano, Nelson Domínguez Cedeño, Zaida del Río, Roberto Fabelo, José Omar Torres, Carlos del Toro Orihuela, Ángel Manuel Ramírez Roque, Luis Cabrera y Diana Balboa...




El la década del noventa, el antiguo Taller había crecido tanto en número de artistas que su producción se desbordaba, reclamando un espacio mayor. Fue así como, cruzando la Plaza de la Catedral, se adueñó de un viejo almacén encerrado en el Callejón del Chorro. Instalado en un área considerablemente mayor, el Taller cuenta ahora con un salón para impresiones que tiene espacio suficiente para más de diez prensas en uso, además de tener su propia Galería y un Gabinete de Estampas donde se conservan desde las primeras litografías realizadas en el Taller de la Plaza hasta las de más reciente producción.




Sigue en la actualidad aquel flujo espontáneo de creación: maestros y discípulos, artistas cubanos y extranjeros, continúan el empeño de fundir la experiencia de los más antiguos con las energías renovadoras de los que empiezan, a pesar de que sus miembros han crecido considerablemente y los tiempos han cambiado, el diálogo se mantiene aunque haya adquirido nuevos matices, pues el grabado sigue poseyendo el don misterioso de unificar a sus creadores. Las Peñas y Exposiciones que realiza frecuentemente el Taller son el centro de reunión de escritores, músicos, investigadores y amantes del arte, pasando el grabado a formar parte de la vida cultural de la Nación.




El Taller Experimental de Gráfica no es en estos años un clan disperso, a pesar de que muchos de sus miembros fundadores anden por otros lares. Su historia transcurre sobre esa cinta creada por Moebius para significar el movimiento del Infinito. Decenas de grabadores cubanos han entrado al Taller en estos cuarenta años, sin contar otro tanto de artistas extranjeros, como vendrán otros en los próximos cuarenta años. Todos, de una forma u otra, dejan su huella en esta historia que nos va haciendo viejos de tanto contarla y vivirla. Todos han dejado una porción de su singular destello, para que el conjunto se vuelva constelación en la eterna noche del empeño, siempre dulce y amargo, de capturar a las traviesas musas. Vengan los críticos a parcelar en generaciones y tendencias, pero cuidado no pierdan sus pasos en este laberinto infinito de soliloquios gráficos, porque si algo a hecho de este Taller un acontecimiento, ha sido precisamente el sostener una alianza entre la tradición y la modernidad en equilibrio con la más increíble diversidad expresiva y profusión de procedimientos técnicos.




Intentar una historia del Taller Experimental de Gráfica es como emprender una travesía inconclusa: Las anécdotas, simpáticas y tristes, llenarían varios tomos que están por escribirse; los juicios, nunca concluyentes y siempre personales, serían pretextos para debates bizantinos; una cronología, por más exhaustiva que fuese, dejaría fechas perdidas entre las sombras del tiempo y no sería capaz de atrapar ciertos instantes trascendentes que, por fugaces, no se registran en esa medida convencional que llamamos nuestro tiempo pretender completar el elenco de artistas que construyeron los anales del Taller hasta este preciso momento, sería misión imposible de biógrafo trasnochado, pues en este instante, cuando estoy a punto de dar fin a estas líneas, más de un artistas está dibujando una piedra o sacando la primera imagen de un trozo de madera domeñado ante su talento... Sólo me queda entonces el desatino de escribir en escasas y apretadas líneas, esta breve reseña, para que cuando pasen otros cuarenta años, sepan los que han de pasar por aquí, que uno más, entre tantos cofrades del Taller, intentó realizar este viaje interminable.





Raimundo Respall Fina



Director TEGH



29 de Febrero del 2003.




Compilación de datos Marié Rojas Tamayo



Fotografía Marié Rojas Tamayo y Max Delgado Corteguera