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Conectado con Bruzón
Maikel Rodríguez Calviño
 
Los años 20 del pasado siglo abrieron un camino estético sin precedentes en la historia del arte occidental. Varios artistas europeos, enfebrecidos por el influjo vanguardista, exploraron la ruptura de la perspectiva euclidiana en las naturalezas muertas de Paul Cezanne y decidieron representar las cosas no como se ven, si no como están hechas.
Entonces, Pablo Picasso y Georges Braque inventaron el cubismo, el francés Léger alargó los cubos hasta convertirlos en tubos, Kandinsky organizó las áreas cromáticas según le dictó su inspiración musical, Mondrian encerró planos geométricos en líneas rectas que desterraron los sentimientos, y Malévich ejecutó un cuadrado blanco sobre fondo blanco, epítome incuestionable de la forma pura. La realidad pictórica murió tal y como la conocieron los artífices románticos. La realidad ya no existía: los cubistas la hicieron pedazos, y los abstraccionistas acabaron por enterrarla.
La historia de la pintura abstracta en Cuba ha sido tortuosa y polémica, y va desde los míticos grupos de Los Once y Diez Pintores Concretos, hasta la serie de exposiciones que en los años noventa retomaron el trabajo de artistas consagrados o promocionaron nuevos talentos. Lejanas ya las viejas acusaciones que lo catalogaron de solipsista y aburguesado, en molesta disonancia con el acérrimo figurativismo que debía caracterizar a la plástica revolucionaria, no cabe dudas de que hoy en día el abstraccionismo cubano cuenta con más adeptos que detractores, siendo finalmente asumido, estudiado, promocionado y comercializado por academias, galerías y proyectos curatoriales de variado tipo.
Por suerte, para cualquier crítico, investigador o curador cubano actual es un placer comprobar como la abstracción sobrevive y se perfecciona en la obra de creadores jóvenes que la cultivan y ven en ella el medio ideal para la expresión artística. Tal es el caso de José Bruzón Ávila, cuya pinturas no figurativas evidencian el profundo nivel estético alcanzado por esta tendencia en el arte contemporáneo al interior de la Isla.
Apreciar las abstracciones de Bruzón implica recorrer enigmáticos senderos donde las brújulas tuercen las agujas y pierden el rumbo. En ellas no hay puntos cardinales, pues arriba y abajo, Este y Oeste se superponen en una danza alucinante, llena de luz y colores, que cautiva al espectador y lo envuelve en un viaje inexorable hacia los predios de la belleza.
En su ya extensa carrera como abstraccionista, Bruzón ha buscado establecer sin cansancio un sutil equilibrio entre formas y conceptos. De un lado, estudia y construye universos imposibles cargados de gran lirismo y musicalidad; del otro, canaliza y refleja sentimientos, anhelos y satisfacciones, pues su trabajo es un referente directo de todo lo que ve y siente, de su estrecho contacto con el mundo.
Sus pinturas deben ser valoradas como un sistema de signos que cohabitan, se superponen, anulan o complementan hasta alcanzar cada uno el justo lugar que le corresponde. Luego habrá que acercarse para degustar al detalle lo que contienen cada una de ellas, y diseccionarlas centímetro a centímetro, cual diestro cirujano, siguiendo líneas, contorneando áreas, deteniéndose allí donde reinan las texturas. No tardarán en emerger puntos de contacto entre piezas ejecutadas con días o meses de diferencia, pues el dibujo que comienza en una no alcanzará su máximo valor expresivo si no en otra, o aquella misteriosa circunferencia que vimos por allá se desdobla y esparce aquí como esporas de algún viejo sortilegio.
Solo así, tras recorrer con los ojos la inquieta topografía que este hábil artista ha ido construyendo desde sus primeras abstracciones hasta las más recientes, habremos traspasado las fronteras de lo real en pos de ese inasible lugar donde lo maravilloso se manifiesta con total naturalidad, sin pedir permiso.
Más que entender la pintura de José Bruzón, debemos sentirla, pues ante todo es susceptible a la percepción intuitiva por encima de la lógica, y está llena de los ecos y sobresaltos que expresan el huracán interno de su creador, siempre en atareado intercambio con los planos emocionales de la existencia.

Maikel José Rodríguez Calviño
Máster en Ciencias del Arte