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Sobre Manuel López Oliva
Nelson Domínguez
 
Cuando miramos a este pintor en sus ojos se repara al hombre enamorado de la naturaleza y sus componentes. Creció en un ambiente propio para su desarrollo: el taller serigráfico de su padre, en Manzanillo; su ciudad natal. Y desde edad temprana, al igual que otros artistas de su generación, participó en cuanto cambio se ha sucedido en su país.




El guerrero se retira del reposo y parte con sus manos y muchas ideas, a realizarse y dejar, como es placer del hombre, algo para los otros.




Ha querido sin miedo dejarse juzgar, dejar verse por dentro, exponerse a los comentarios y murmullos sinceros o hipócritas; no le importan al pintor que se dispone a colgar temporalmente la pluma, que como el mágico bisturí de Vesalius, separó sabiamente las diferentes partes para ser expuestas a los ojos de los demás hombres del Renacimiento.




Se hacen distantes aquellas obras Pop- Art con imágenes de la poética histórica cubana que ya entonces le valieron reconocimientos a López Oliva y a otros artistas en 1968, esa primera vanguardia nacida de las promociones de la famosa Cubanacán de entonces, la que Marinello llamara La Generación de la Esperanza Cierta.




A ratos irrumpía López Oliva con algunas satíricas instalaciones, aunque no con la estabilidad del ejercicio pictórico visible en sus catedrales de La Habana, tan emparentadas con las jirafas incendiadas de Dalí.




López Oliva ya habló extensamente y con sabiduría erudita del arte cubano, y su pecho está limpio de culpas, sin el remordimiento de haber hecho “carrera” con la obra de sus contemporáneos. Ahora está el toro en el rodeo, desafiando la mirada despiadada del torero.




Nelson Domínguez . 1994