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Sobre el arte de Ponce
Jorge Mañach
 
Sobre el arte de Ponce

Jorge Mañach

Se halla en curso en el Lyceum una exposición de los dibujos de Fidelio Ponce de León, pertenecientes a la colección del Sr. Emilio Correa. Para el prospecto de ellos escribí una cuartilla que a seguidas reproduzco aquí por si contribuye algo a ganarle visitantes –y acaso miradas de comprensiva simpatía- a esos dibujos de nuestro genial y malogrado pintor.

Muchas veces vi a Fidelio Ponce dibujar y siempre era como distraídamente, o por un mero “hacer la mano”. Solía llevar pequeñas gavillas de papel en los fondos de su indumento menesteroso. Sobre la rodilla, casi en vilo, dejaba vagar por una hoja la punta del lápiz. El dibujo comenzaba por algún punto o por algún breve trazo, puesto a la ventura, que después iba extendiéndose, complicándose de difíciles arbitrariedades como en un reto a toda posible composición. Creíamos ya adivinar su logro final, un búcaro, un paje, una mujer tal vez…

Pero la mano seguía “discurriendo”, fantaseando. Con la yema del pulgar había desecho un perfil, o untado una sombra junto a él. Aquel primer punto no era ya flor, sino ojo, la melena del doncel habíase trocado en manto de dueña; el embrión habíase mudado en otra cosa, es decir, en otro fantasma de cosa, mucho más misterioso y más poético: más delicado.

Mientras eso hacía, Ponce no se ensimismaba. Seguía devanando su fantástico soliloquio, o lanzando, sin esperar respuesta, aquellas preguntas suyas, de una avidez polémica, mezcla de humildad y de egotismo. Palabra y trazo fluían a la vez como algo natural, sin cálculo alguno; y ambos eran hipérbole y metáfora, genial delirio…

Supongo que en sus soledades Ponce dibujaría igual, sólo que hablándose a sí mismo. La impresión era de que en esos dibujos la mano creaba por su cuenta, por su propia errátil sabiduría. Ponce no copiaba, desde luego, cosas de fuera, pero tampoco parecía traducir imágenes interiores, sino que fuese la mano misma quien inventase, con sorpresa para el propio artista, con regodeo de él mismo en el antojo imprevisible de sus dedos.

Pero claro que no hay nunca esa pura invención mecánica, ni esa absoluta “mesa negra” o acierto ciego, inintencional, de que habló alguna vez, a propósito de grabados, Eugenio d´Ors. Aquel dibujar de Ponce parecía errabundo, pero estaba en realidad determinado desde el seno más oscuro de su espíritu. La indecisión, la mudanza de unas formas en otras bajo el lápiz y el pincel, traducían el drama de su vida interior, oscilante entre el ser y la nada. Ponce se sabía condenado. Irónicamente hablaba de su cita próxima e ineluctable con “la Parca”. Su mundo íntimo, era como un vestíbulo del misterio total, poblado de figuraciones ya casi sin sustancia, sin color, sin forma. Su arte era un fluir hacia la muerte.

Pero sus dibujos –juegos febriles al borde del abismo- tienen ese aire de levedad casi metafísica de trágico devaneo.

Hasta aquí la cuartilla que escribí antes de ver esos dibujos atesorados por Emilio Rodríguez Correa. La contemplación de ellos me convalidó esos recuerdos y su pequeña exégesis. Mucho, por supuesto, podría añadirse a la brevedad de este juicio. La obra de Ponce de León –definitivamente ausente ya, embalsamado de gloria en la pequeña dimensión que nuestro ámbito ofrece, y para eso de una gloria todavía polémica- está reclamando ya algún serio y cabal estudio. No pocos cubanos de sensibilidad, aun se preguntan por los motivos que hallan para estimar tanto el arte Ponciano. Para ver mejor la razón de eso, recojamos un dato de la presente exposición de dibujos que confirman este sentido “metafísico”, valga la palabra que dejé sugerida.

La exposición no es sólo de dibujos. Hay también en ella una vitrina con autógrafos. Al igual que dejaba correr imágenes en sus dibujos, Ponce gustaba a menudo describir, sus pensamientos con aire menos casual y en una caligrafía barroca, decorativa. Eran casi siempre pensamientos sobre arte y en particular referentes a su propia estética, y de un acento marcadamente egolátrico, pero sin soberbia, más bien con un orgullo defensivo y casi ingenuo, porque en el fondo de aquel homúnculo de aspecto faunesco y casi diabólico, había un delicioso candor de niño. Pues bien, uno de esos autógrafos dice así “quiero fugarme de la realidad en lo tocante a mi arte, hasta que mi línea consiga perfilar las divinas formas del más allá”.

En esa simple confesión está lo esencial del arte de Ponce. Lo que quería pintar o dibujar era principalmente, “las formas divinas del más allá”. Pero este más allá no tenía nada de la versión religiosa corriente. Como se sabe, la pintura religiosa –salvo casos muy contados, Palma el Viejo, el Greco, Goya- ha tendido siempre a poblar lo sobrenatural de formas naturales, aunque sublimadas. Así, los ángeles, los santos, los demonios eran “personas” idealizadas o animalizadas. El más allá de Ponce descansa inevitablemente en la figuración natural, pero desmaterializándola todo lo que la expresión plástica permite, reduciéndola lo más posible a lo fantasmal, a lo evanescente, a lo incoloro e ingrávido. En otra ocasión, hablando de Ponce dije que, después del caso aquel del loco que se había empeñado en pintar un chiflido, no se ha dado otro caso semejante en la pintura, de representación de lo insensible, de pura espiritualización. El suyo es en efecto un mundo de fantasmas.

Algunas personas preguntan: Bien, y ¿qué sentido y qué interés y qué belleza tiene eso para ponerlo en la pared? La pregunta, claro está, responde a una concepción y a una óptica tradicional, más o menos naturalistas y ganadas por la apetencia del arte “bonito”. Contestarla equivaldría a tener que justificar todo el arte moderno, y particularmente, su vertiente expresionista. Y en eso se ha gastado ya mucha tinta. Mi respuesta en pocas palabras sería, que un cuadro en la pared puede tener sentido como espejo o como ventana, y no hay por qué tenerle a mal a nadie esa preferencia; pero también puede tener sentido como invitación a otro género de emociones, que no sean ya mera duplicación de la experiencia, sino enriquecimiento de ella, elevación a los mundos del misterio humano o trashumano. Así, en Ponce, no llega a “encariñarse” con los “fantasmas”, los cristos, las doncellas casi traslúcidas, las dueñas embrujadas o abrujadas, las procesiones místicas, los paisajes polares de Ponce y sus palomas del espíritu santo. Y cuando se ha tenido un cuadro de esos en la pared durante algún tiempo, cuando se ha superado el “choque” inicial de lo arbitrario, a la estancia parece que le ha crecido el ámbito y que el puntal llega hasta el cielo.