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(fragmento de proyecto curatorial)
Maikel Rodríguez Calviño
 
Lisandra López Sotuyo, joven creadora espirituana, médica de profesión, que irrumpió hace catorce años en el panorama plástico cubano con la video instalación Espacio interactivo, pieza iniciática de una sostenida carrera donde hallan cobijo esculturas de diversos formatos y materiales, intervenciones públicas, performances, videoartes, instalaciones y fotografías analógicas.
Sin embargo, durante los últimos cuatro lustros, Lisandra ha hecho de la fotografía digital su medio expresivo por excelencia, tal y como demuestra Anatomía de la rosa, colección de instantáneas donde una vez más la artista toma como referencia del mundo de la Medicina para articular un discurso que busca sublimar el dolor, y de paso reflejar la contradictoria esencia de los procedimientos clínicos y quirúrgicos, basados en un principio de utilidad invasiva que la mayoría de las veces obliga a herir para sanar.
Con Anatomía de la rosa estamos ante una creadora especializada en el embellecimiento del trauma, cuyo vasto universo iconográfico se centra en los enfermos y las enfermedades, el sufrimiento y el alivio, la fragilidad del ser humano. En esta colección de fotografías podremos encontrar «pacientes» que establecen noviazgos con las sustancias terapéuticas, mujeres capaces de autofecundarse y darse a luz a sí mismas, un corazón engalanado que sirve de soporte a decenas de agujas hipodérmicas, hebras de lana transformadas en latidos, frascos de perfume y lápices labiales compartiendo tiempo y espacio con jeringuillas, rollos de esparadrapo y cápsulas medicamentosas...
No obstante, y como pocas creadoras dentro del arte cubano contemporáneo, Lisandra despoja de todo carácter agresivo al amplio número de objetos médicos que inserta en sus composiciones, generalmente signadas por un marcado conceptualismo e inagotable destreza lírica. Y es que, para ella, la salud (en cuanto impacto físico, psicológico y social tolerado por los individuos en un contexto determinado, sin comprometer su sistema de vida) es un estado utópico, una ilusión, pues todos somos enfermos potenciales dadas las características, costumbres y circunstancias de cada quien, y en un mundo donde la enfermedad es común, lo patológico deviene norma. Por consiguiente, solo resta convertir lo aparentemente anómalo en una experiencia disfrutable, hermosa y familiar, que incluso permita a los sujetos establecer relaciones de complicidad con los artefactos diseñados para curar.
Mas a veces el sufrimiento emerge sin veladuras, en todo su esplendor, y encontramos esculturas tan desgarradoras como Tarántula, una palpitante vagina de piel penetrada por un espéculo mientras ocho pinzas de anillo, usualmente empleadas para tratar patologías en el cuello del útero, la expanden sobre una pared pintada de negro. Con dicha obra, la artista busca reflexionar sobre la brutalidad de los procesamientos ginecobstétricos y el daño que sufren las mujeres sometidas a abortos e interrupciones de embarazo porque son obligadas a ello o no están en condiciones de asumir una maternidad responsable.
Esta pieza en particular, vinculada a las fotografías Ovillo (donde el rostro y las manos de la artista aparecen enrollados en hilo mientras un paño de gasa le envuelve la cabeza y los hombros) y Naturaleza muerta (que muestra a Lisandra totalmente cubierta por una sábana, remedando un cadáver), podrían ubicarla, aún sin ella proponérselo, entre las creadoras cubanas más vinculadas al discurso de género, tanto por el desprejuiciado tratamiento del sujeto mujer como por el empleo de la autorreferencia y las acciones performáticas preliminares a la captura fotográfica, recursos que igualmente han explotado las artistas cubanas Marta María Pérez Bravo, Cirenaica Moreira y Carolina Vilches Monzón.
Un tema abordado por la artista en algunas de sus más recientes creaciones es el de la menstruación, proceso fisiológico que la cultura occidental se ha encargado de demonizar, convirtiéndola en una enemiga implacable que debe ocultarse en cuanto llega y de la que no se habla. Siguiendo un camino trazado por creadoras latinoamericanas como María Evelia Marmolejo, Priscilla Monge y Carina Úbeda, interesadas en diluir los mitos construidos en torno al proceso menstrual, y reflejarlo sin prejuicios ni estereotipos mediante sus obras, Lisandra ejecutó el presente año la escultura Sin secretos, consistente en una almohadilla sanitaria que ella ha transformado en libro, quizás a la espera de que en esas páginas in albis las mujeres puedan escribir una nueva historia donde el conocimiento y disfrute de sus cuerpos deje de ser un bien esquilmado históricamente por el orden hegemónico patriarcal.
Otra pieza que explora el mismo asunto es Antifaz, fotografía donde el rostro de la artista aparece velado por una almohadilla sanitaria transformada en máscara. Esta obra en particular establece un diálogo textual entre título y contenido que la transforman en un reclamo cuasi feminista, por cuanto refleja las insatisfacciones de un género que, al mirarse en el espejo, no se reconoce por lo que es y puede hacer, sino por lo que le han impuesto y han hecho de él.
Según el galeno René Dubos, la salud es una medida de la capacidad individual para hacer o convertirnos en lo que queramos. Entonces, Lisanda López Sotuyo, a juzgar por su obra reciente, goza de un impecable bienestar creativo, capaz de reflejar como pocos dentro del arte cubano contemporáneo esas paradojas de la sanación corporal, esos placeres del malestar que muchas veces escapan a la comprensión de doctores y pacientes, obcecados por igual en la remisión del dolor, sin aceptar que, a veces, dolor y vida son sinónimos.

MAIKEL JOSÉ RODRÍGUEZ CALVIÑO