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Mi Salón
Guy Pérez-Cisneros
 
MI SALÓN





Por: Guy Pérez-Cisneros



“Mi Salón” tiene cuatro o, mejor cinco Salas. Esta vacilación procede que la primera pieza puede considerarse dividida en dos partes distintas, aunque la puerta que las separa es muy ancha. Unidas las dos Salas se llaman: Sala de la Aventura. Separadas: Sala de la Generación de 1924 y Sala Víctor Manuel. Viene después una Sala más reducida que es la Sala del Retorno. Sigue una pequeña pieza cuadrada de arte popular. Y frente a esta otra pequeña pieza: Sala de la Amistad. Finalmente una galería iluminada y muy ancha cierra el edificio. En su centro, en su centro y no contra las paredes, una fila de esculturas. Es la Galería de la Escultura.

“La Sala de la Aventura”.

Aquí están reunidos los pioneros del arte moderno. Los hijos prodigios que no vacilaron en apartar la tranquilidad de las carreras toutes faites y su seguridad para buscar, en la aventura, el verdadero arte.
Los que no reemplazaron San Alejandro por San Fernando sino por París. Se alejaron de la isla en barcos muy distintos; becas académicas, carreras diplomáticas, y también ensimismamiento y soledad. Estos están en la primera parte de la Sala. En la segunda, en la parte “Víctor Manuel”, están los que corrieron la aventura bajo la guía entusiasta de este callejero pintor.

Sala “Generación de 1942”

Tenemos aquí a:

ABELA: Es difícil seleccionar en la obra de este pintor, inquieta y sensual, aquietada a veces por una fuerte voluntad de fórmula segura, más gozosa de la técnica que de los resultados. Ha recorrido innumerables etapas, a veces de tan solo un cuadro único. Escogeremos la Rumba, de la colección Mañach, por ser un cuadro típico de esa generación que descubre en París, numerosos valores propios. También el delicioso cuadro, muy suelto de color: los caballeros del pueblo, de sólida composición espiral. Y para representar la última etapa del pintor, la obra Intimidad, en la que se nota una técnica distinta en cada pulgada cuadrada, un deseo de frialdad y de fijeza que contrasta curiosamente con las etapas anteriores de vibrante sensualismo. Podemos poner a Abela bajo el signo de un primitivismo asustado ante la vida exuberante del color y que quiere acallarlo con un juego lógico de líneas implacables.

CARLOS ENRÍQUEZ: Es el representante entre nosotros del surrealismo. A veces es elegante, ilustrativo o romántico. A veces tiene tendencias sociales. Siempre está saturado de fuerzas sexuales. Su obra es transparente, ligera; en sus cuadros vienen a descansar suavemente veladuras translúcidas, azules, rosadas y verdes. Su estilo, que ha apresado un tipo humano de mujer de anatomía personalísima, es impecable. Con todo ello ha ido componiendo lo que él ha llamado un “Romancero criollo”, repleto de leyendas, de escenas eróticas vividas en ríos bordeados de palmeras, de escenas de trabajo, y de una magia cromática que lo recoge todo a flor de piel. Colgaremos aquí El entierro de la guajira, uno de sus cuadros de más honda emoción, fina mezcla de costumbrismo realista y de ensueño erótico; Los carboneros, en el que hay algo de defensa del proletario y mucho de los bellos reflejos de la luz antillana y alguna de esas transparentes acuarelas, cuyo nombre no recuerdo, puramente sensuales, en las que la sensualidad criolla se une a la voluptuosidad de una regencia francesa.

AMELIA PELÁEZ: Representa otro “ismo”; el más importante, el único verdaderamente plástico: el cubismo. Pero lo representa con su feminidad, con esa ciencia de lo abstracto hereditaria en la mujer. En ella tenemos la sensibilidad y la voluntad de romanticismo que marcan sus primeras épocas, pero también la asepsia puramente decorativa de las verdaderas labores del hogar. Colgaremos aquí uno de esos personajes de cuello estirado, melancólico pariente de los Modigliani en los que se destaca bien el esqueleto africano de algún fetiche del Dahomey, y al lado le pondremos La Liebre, magnífica naturaleza muerta hecha bajo la más pura influencia cromática de Braque, y finalmente uno de sus últimos bodegones, tratados al gouache, de tonos crudos y ácidos, en los que las frutas y las lucetas cubanas de medio punto ofrecen a la fina y delicada bordadora los más íntimos secretos de su riqueza geométrica.

POGOLOTTI: Se siente sobre todo en este pintor un deseo de depurar, de limpiar el tema, para reducirlo a hechos medibles, inteligibles. Toda forma es precisa en su obra, afín quizás a la de Seurat. Pero precisión y limpieza se han logrado solo para poder ir más lejos en los caminos sencillamente plásticos, para adivinar las historias de las luces y de las formasen un circo cerrado, para seguir y provocarlas reacciones más imprevistas de los colores. De él presentaremos el Barrio industrial, de bella arquitectura, y Aeropintura, logro purísimo a través de ejemplares indagaciones en lo abstracto.

FIDELIO PONCE DE LEÓN: Tenemos que abrir ahora algo así como un paréntesis en la presentación de los cuadros. Ponce es creador de una personalísima atmósfera. Ya no tenemos un libre deleite plástico, sino una angustia que nos agarra fuertemente. El lechoso río blancuzco, los personajes y los objetos de Ponce flotan y ondean entre dos aguas, con gestos delicadísimos de ballet que no consiguen ahuyentar la sensación de la nada, la angustia de la desaparición. Colocaremos, pues, a Ponce un poco apartado; nos aparece como un gran solitario entre los demás pintores. Exhibiremos sus fantasmales Tuberculosos de tan desoladora resignación, muy a lo español, y también para dar un ejemplo de la gracia fina y certera que a veces anima la inspiración del patético pintor, su delicioso Arlequín, de la colección Ramírez Corría. Y finalmente para mostrar que el blanco de zinc puede convertirse en bruñida y espeje ante plata, alguno de esos Peces, milagrosa reunión del nácar y del ópalo, sobre los cuales juegan, en tono menor, y pianísimo, aristocratizados por los grises, todos los colores imaginables.
Acompañando al maestro, pondremos algún cuadro de su único discípulo legítimo, Escobedo, joven pintor que supo aprovechar la experiencia de sus equilibrios ondeantes, la carnal pastosidad de su color, para injertarlos en formas más firmes y más sensibles a la gravedad.

WIFREDO LAM: Lam nos cogió de sorpresa. Hace pocos meses que está de nuevo entre nosotros. Nos volvió de París armado de la cabeza hasta los pies. Nadie, a no ser algunos amigos de su generación, lo recordaba. Decían que lo habían visto en Madrid siguiendo a Sorolla. Hoy París nos lo devuelve hecho un gran pintor. Uno de nuestros verdaderos grandes pintores, de los contadísimos en los cuales se sigue a través de los temas y del color, el juego de formas verdaderamente propias. Se sabe que Lam desciende de negro y de chino. Pero si no se supiera, se adivinaría, porque es evidente que en su obra un espíritu de seguro construccionismo tendiente a lo abstracto de neta raíz africana, y al mismo tiempo una elegancia de líneas, una suavidad y delicadeza de color, una sensibilidad siempre despierta e inesperada en el dibujo y en el detalle que son evidentemente orientales. Pero esto no es más que una observación inmediata y superficial. Habrá que ahondar algún día en la formidable interpretación que del trópico nos ofrece Lam, de un trópico preñado de magia y de seres que se acercan a lo hierático y a lo inanimado. La mitología de Lam, sus terribles y grandes fetiches van tendiendo hacia el mundo articulado de los insectos. Es decir, hacia lo vivo que más se parece a lo inanimado; seres de madera y de metal, de cuerpos invariables en caparazones fijadas para siempre. Parece talmente que la exuberancia de lo ínfimo, la fuerza de lo casi mineral le arrebatan su espacio vital al hombre. Los últimos cuadros de Lam nos ofrecen dramáticos aspectos de una lucha a la vez selvática y mágica que solo comprenderá el que haya sentido el peligro de ser absorbido por el terrible desarrollo de lo vegetal embriagado de sol. Lo repito, este pintor nos sorprendió. Hemos de ver su obra con más atención, hemos de dedicarle más estudio, t podremos decir algo más, mucho más. Bástenos por ahora consignar nuestra admiración y colgar en el Salón Cubano, su Silla, alguno de sus terribles Fetiches y su Jungla gigantesca, que preferiría llamar Cañaveral, en el que las paralelas de las cañas no consiguen poner diques al brote hormigante de mil misteriosas figuras de fantásticas piernas y de opulentos y sensuales senos que cuelgan –único detalle carnal- como densas frutas demasiado maduras. Con sorprendente contraste las hojas, esas hojas, tan personales de Lam, aparecen embadurnadas por las tintas más ricas, más elegantes y más tranquilizadoras.

Unos pasos ahora y penetremos hasta el fondo de la Sala de la Aventura, en la parte que convinimos llamar:

Sala “Víctor Manuel”

El aspecto de esta Sala es, a primera vista, uniforme; colores azueles y morados predominan, que se pasean por curvas indolentes y equilibradas. Esto en casi todos los pintores. Por lo menos en una época de todos los pintores. Estamos bajo el signo de Gauguin: de un Gauguin que no va de París a las Antillas, sino de las Antillas a París. Ya en la parte relativa a las generaciones analizamos ligeramente este grupo de pintores. Pasemos a los individuos.

VÍCTOR MANUEL: Ha ido a buscar la aventura fuera de la aventura. Rechaza la enseñanza multicolor carente de verdadera coherencia, que quisieron darle. Su viaje a París tiene por objeto el hallazgo de la tranquilidad y de la simplicidad. Solo en las ondas concéntricas de una superficie de lago puede llevar a cabo su pintura. Nos vuelve de Francia depurado, pronunciando las grandes palabras: sinceridad, verdad, simplicidad, natural. Entusiasma a los jóvenes que ven ante todo, en su arte, una gran pureza y una gran dignidad. Y llega a tener discípulos y los tiene aún. Muchos de ellos están ahora recorriendo caminos propios, alejados ya de un Víctor Manuel que encuentran demasiado dogmático, pero al cual, algún día, han de pagar su deuda, con merecido homenaje.
De Víctor Manuel colgamos la Gitana, melancólica Gioconda tropical, de la Colección del Ministerio de Educación. Es realmente el símbolo de la generación del veinticuatro. Del modelo académico, de la adolescente tocada con el consabido pañuelo., ha salido esta obra tan exigente y tan sencilla a la vez. Ocupará el lugar de honor. A su derecha irá uno de esos tranquilos Paisajes, reflejados por algún río matancero que, más que río, parece lago. Obra sobria que encierra para el ojo advertido una ciencia pictórica muy profunda. . Y a la izquierda alguno de los últimos retratos del artista en el que ya se han infiltrado los colores del framboyán, y el afán de una composición más sutil. Buen ejemplo de ello el Retrato de Emma, de la colección Aguilar.

GATTORNO: Otro pintor bajo el signo de la sencillez. Pero esta vez lo sencillo alcanza, en demasía quizá, lo estilizado. Sin embargo, hay en el una gracia y un buen gusto innegables. Su composición también es muy segura. Nos ha abierto los ojos sobre nuestros campos, dándonos escenas rústicas y eglógicas de un divertido tropicalismo. Para representarlo hemos traído Guajiro y Guajira, de la colección John Dos Pasos, y también uno de sus últimos Retratos. Nos hemos cuidado de apartar algunas de las producciones recientes en las que, sucumbiendo a la tentación de la última moda estadounidense nos ofrece una de las raras composiciones a lo Salvador Dalí.

ARÍSTIDES FERNÁNDEZ: Talento profundo y solitario, de poderosa expresión. Falleció dejándonos muy poca obra, pero de gran calidad. Su dibujo y su color son a la vez caóticos y voluntarios; curiosa mezcla de soluciones de continuidad y de logro de segunda armonía. Los óleos que de él nos quedan son quizás el más sensible testimonio de la infinita angustia del trópico. Con emoción colgamos Los Novios, La Familia se Retrata. (En el que hay la ingenuidad del Aduanero y la fuerza de Daumier) y algunas de sus raras acuarelas: La Cosecha, por ejemplo.

ROMERO ARCIAGA: Este ha sido el pintor “social” del grupo. Es de los que hubieran suprimido los reyes de la baraja: le han gustado los temas de los obreros en over-all, y los llamamientos abstractos a la “revolución” y a la “igualdad”. Pero al lado de esta obra un poco “démodée”, aún para los más auténticos revolucionarios, nos ha dado sencillas e ingenuas versiones de nuestro campo que demuestran verdadera sensibilidad y un agradable empleo de color. De él colgaremos Descanso y Pueblecito, en el que aparece un delicioso caballito, cabalgando por una pareja de campesinos.

PEÑITA: Es otro pintor social, también discípulo de Víctor Manuel. Romero defiende al propietario. Peñita al proletario negro. Hemos escogido uno de sus Paisajes y su Mater dolorosa.

JULIO GIRONA: Este es el más “l’enfant gaté” que el “niño prodigio”. Temperamento fácil que supo conservar la gracia de una puerilidad involuntaria. Girona hace sin esfuerzo obras ligeras y cautivadoras, salvadas por la sobriedad y el buen gusto. El Salón tiene dos de sus últimas obras: La muchacha con blusa gris y Retrato de anciano.

JORGE ARCHE: Empezó siendo el más fiel discípulo de Víctor Manuel. Su primera época aplastada por los a-plat azules y verdes es desolada pero exigente. Pasó después por una etapa más alegre, de fino dibujo. Y de color mucho más rico. Ahora es el “retratista” de esta generación, un retratista casi oficial, que pierde un poco los estribos sobre el color, pero que nos da una galería de personajes seria y definitiva. De su primera etapa aparece en nuestro Salón su Autorretrato, de la colección Correa; de la segunda, su Descanso y de la tercera el retrato de Jorge Mañach.

RAVENET: Se distingue entre sus vecinos de generación por un amor del color íntimo y profundo. En alguna parte he hablado ya de esa llovizna de pinceladas húmedas, en las que dominan los grises azulosos y que va formando una delgada corteza sobre la cual las formas –lentas volutas que tienden a lo concéntrico-, se depositan como anillos de humo. Ahora Ravenet, después de haber atravesado por una etapa de colores claros, se nos muestra preocupado por los problemas de la pintura mural. Sus formas tienden a un estilo monumental y sobrio, que lo van preparando con seguridad para la ejecución de los frescos de la capilla del parque de los Mártires de La Habana, que le han sido encomendados. En el Salón admiramos una naturaleza muerta de Flores, de su etapa de París; el sensible retrato de Ligeia; y Las tres gracias, óleo de su última etapa, más claro y más depurado de dibujo.

FELIPE ORLANDO: A Orlando lo citamos el último entre los pioneros de la Sala de la Aventura porque está muy cerca de los pintores de la Sala del Retorno. A pesar de una primera etapa europeizante y melancólica, Orlando no se confió nunca realmente a las peripecias de allende los mares. Es un pintor demasiado íntimo, demasiado poético, para considerarlo como dominado por la tentación de la aventura. Su pintura es una expresión muy depurada y muy sinceramente ingenua de su mundo interior. Nunca se quiso engañar a si mismo y su obra ofrece una pureza muy rara en nuestro arte moderno. Que no se entienda por esto que carece de recursos o de conocimientos plásticos. Antes al contrario, Orlando supo ver con provecho el mono cromatismo manuelino seguido por la orgía del color de Mariano. Conservó siempre su personalidad intacta a través de tales viajes. Sus temas son lo mágico cotidiano: las afueras del circo, los juegos de los niños las peceras, los juguetes. Buen ejemplo de que no se necesita recurrir aun literario surrealismo para hallar la más fina y la más rara poesía. De Orlando colgaremos, pues, uno de aquellos Paisajes verdes y azules, expuestos en el “Circulo de la Cultura Francesa” hace ya algunos años, su exquisito Tío Vivo, y de su última etapa de color tan jugoso y tan íntimo a la vez, escogeremos su Toilette.
Una bella tradición medieval quería que el aprendiz , antes de ser maestro, hiciera ”Le Tour de France” y aprendiera todo lo que se sabía en las demás provincias, para después, en su región, instalarse como maestro y dar el chef d’oeuvre. En nuestro Salón, la Sala de la Aventura es la sala de la vuelta al mundo del arte, la Sala del Retorno, es la instalación definitiva en suelo propio y el deseo de cultivarlo con todos los recursos, traídos de todas partes en las mochilas de la peregrinación.
Así pues, en esta Sala, para ser justos, podremos colgar los cuadros de las últimas etapas de los pintores de la sala anterior. Pero para ser justos también hemos de colgar en lugar especial la obra de dos artistas que, junto con el escultor Lozano, dieron la señal de plantar la tienda de campaña del arte en territorio propio. Me refiero a Mariano y a Portocarrero. El ejemplo de México que con tanto amor estudió el primero, les hizo formular un nuevo” conócete a ti mismo”. Y así con programas demasiado rígidos quizá, devolvieron la pintura cubana a la única verdadera tradición americana: al espíritu latino y español, de gran fuerza de color y de dibujo, alegre de sentirse esa fuerza que les permite luchar con las formas barrocas de nuestra vegetación siempre sorprendente, y con los mil desordenados reflejos de cultura universal que arriban y se confunden en nuestros grandes puertos atlánticos.

MARIANO: Pintor, y militante de la pintura, es un talento de maravillosa espontaneidad y de gracia pocas veces vista. Sobre el lago azul y de tranquila superficie de la generación anterior lanza sus irresistibles torrentes de color que acaban por arrastrar todas las tendencias. Vuelve a la gran tradición del paisaje con figuras y de las figuras con paisaje, en un momento que esos dos elementos de tan fructuoso encuentro parecían haberse divorciado para siempre en Cuba. Sus mujeres robustas y rollizas, golosas, sensuales se rodean de bellos elementos naturales: volutas de palmas y de rejas, abanicos de arco-iris, gallos finos, aristócratas, pleamar de azoteas habaneras, racimos de mamoncillos o de plátanos., flores reales, no tan numerosas como las inventadas. Los colores de todos estos maravillosos accesorios del trópico se reflejan en los cuerpos femeninos, de carnes repletas y opulentas que invaden con dionisíaca alegría.
Llevado por una inspiración nunca fatigada, Mariano atraviesa una etapa de verdes dorados y de profundas y cálidas tierras; después conquista una paleta cuyos tonos claros, casi impresionistas, no le hacen olvidar un solo momento los elementos formales; viene después el momento de los gallos que lo hicieron definitivamente popular; y después la etapa de los tonos agrios en que predominan las violetas; y después el estudio de los grises, t después el de tonos mates y oscuros; poseedor de una paleta muy amplia, realiza, en intermedio algunas pinturas religiosas y una magnífica y ligera serie de bañistas sobre tela y cartón. Du última etapa es una vuelta a los tipos callejeros y campesinos del más alto sabor.
Quisiéramos poder colgar algo de cada una de estas etapas; pero nos contentaremos con su Autorretrato de la época de tierras y verdes, del Gallo pintado, maravillosa pieza de la colección Cosme de la Torriente, del sobrio y digno Desayuno con plátanos y de las Bañistas pintadas en tela sobre cartón.

PORTOCARRERO: Dibujante primero y después pintor, Portocarrero es una de esas fuerzas poéticas mayores de Cuba. Nunca alcanza a agotar su tema. Cualquier asunto florece en serie infinita, casi cinematográfica. Su impulso lleva siempre un matiz de ironía melancólica que tiene algún parentesco con el espíritu de Laforgue en una tarde dominguera, o mejor aún con los instantes en que Rimbaud se siente preciosista y alcanza entonces un tono a la vez elegante, preciso y definitivo.
En su obra, numerosísima, de la que, a demás de cinco grandes exposiciones personales, mucho está aún inédito, resulta muy difícil y doloroso desglosar algunos cuadros para nuestro Salón. No escogeremos, pues directamente. Diremos solamente que deseamos ver algo de sus Catedrales, algo de sus Ángeles, algo de sus Mariposas, algo de sus Festines, algo de sus Crucifixiones, algo de sus Escenas del Cerro, y cuatro o cinco dibujos lineales en los que la línea, “lejos de ser hilo tendido, alcanza siempre valor genérico, y solo se puede concebir como un punto en desplazamiento, como un vector sin punto final, como una cabeza de línea que somete sin estelas la rica materia blanca del papel”.
Digamos, además, que Portocarrero y Mariano han provocado en Cuba un renacimiento de la viñeta, del dibujo ilustrativo y de la pintura religiosa nacional.

CARREÑO: Acompaña a la joven generación Mario Carreño, pintor en el que se distinguen de manera permanente, a través de ml otras influencias anecdóticas y superficiales, la gran ciencia constructiva del renacimiento italiano, especialmente de Rafael. No necesito cambiar nada a unas líneas que escribí hace muy poco para definir el arte de este pintor: “La voluntad de clasicismo se trueca en delicadísima gracia cuando el pintor se topa con los juguetones temas del trópico: la fruta pulposa; el cuerpo de piel que absorbe y descompone la luz como un curiosísimo prisma: las formas repetidas, repletas, regordetas, retorcidas, sembradas de risueños hoyuelos. Encuentro inesperado y muy bien salvado por Carreño este hallar, bajo la ondulante sensualidad de lo mestizo, el puro perfil de la Venus de Milo”.
En el Salón podemos contemplar su Arlequín, brillantísimo pastiche renacentista, su Interior, tan expresivo de la indolencia criolla y su multicolor Danza-afrocubana, pintada al duco, técnica ésta que Carreño ha introducido en Cuba, amparado por la autoridad de la reciente visita de Xiqueiros (sic).

CUNDO BERMÚDEZ: Cuando a llevado a lo agresivo las conquistas formales y de color de la nueva generación. Sin embargo, su estridencia agria y ácida es simpática. Como en friso medieval o indígena mexicano, sus personajes, individuos de una sola raza y de una sola forma, van recorriendo en su obra una robusta farándula, rica en simetrías, en paralelismos, en secretas rimas plásticas.
La pujanza agresiva, por otra parte, deja siempre translucir, una sonrisa sencilla e ingenua: deja siempre escapar un aliento de juventud de buena ley. Cuando está aquí representado por su Barbería y Músicos.

ROBERTO DIAGO: Se distingue también por su agresividad a través de los nuevos modos. Su aparición entre nuestros pintores es uno de los hechos que conviene subrayar en el año cultural 1943.
Muy joven aún Diago parece haber adquirido ya un fino conocimiento de su arte como se ve a través de sus últimos dibujos, de mucha gracia y muy nítidamente ejecutados.
Además de alguno de sus óleos, colocaremos en buen lugar dos o tres de sus Ilustraciones llenas de sal, realizadas para el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez.

LUIS MARTÍNEZ PEDRO: Hemos dejado en último lugar a Martínez Pedro y a Serra Badué, porque estos dos artistas de muy firme personalidad se apartan algo de las tendencias marcadísimas de la generación del treinta y cinco, para abrirse caminos muy personales.
Martínez Pedro es un surrealista de dibujo elegante y de infinitos recursos que ha creado un sorprendente universo en el que barajan los más altos temas de la mitología clásica. Su forma impecable y su rica imaginación hacen de él uno de los artistas más originales del joven grupo. El Salón Cubano posee uno de los juveniles y movidos dibujos que fueron exhibidos en la Exposición del Municipio de La Habana de 1937, y también dos escenas mitológicas: Nueva versión de Andrómeda y Tauromaquia.

DANIEL SERRA BADUÉ: Es también un aislado en la pintura cubana. Lo caracteriza su noble “prosa plástica”, sin sorpresas y sin desfallecimientos. Tiene minerva robusta y llena de saber. Deja de lado toda poesía, toda imaginación, para consagrarse a la construcción de “óleos confortables y seguros”. Colgados están su retrato de Anita Arroyo, digno ejemplo del final género, y sus bien construidas Frutas en banas, de buena factura abstracta.
Hemos llegado, después de larga y movida travesía, a una salida que ofrece numerosas reproducciones fotográficas de pintura popular cubana contemporánea, pues ésta existe y se desarrolla, lejos de toda ayuda oficial e intelectual. Nuestros bodegueros, especialmente los que tienen “barra” con licores, gustan de adornar su tienda con ingenuas producciones pictóricas que confían en artistas callejeros, obteniéndose así obras curiosísimas. Se ha confiado la selección de las reproducciones de estos murales populares a dos de sus más seguros conocedores: René Portocarrero y el poeta y crítico de arte Ramón Guirao.
Nos detiene ahora unos interesantísimos óleos: se deben a F.I. Acevedo y Rafael Moreno.

F. I. ACEVEDO: Acevedo es un pintor popular y culto a la vez. Se emparenta con la amable familia del aduanero Rousseau. Con su dibujo ingenuo, su sabia composición y su valiente color, trata los temas más disímiles aunque todos tienen un común denominador poético. Van desfilando por su obra recuerdos de aldea española, de lecturas de la infancia, mezclados con otros asuntos de un realismo finamente observador, a todos los cuales impone siempre, como los verdaderos primitivos, un aspecto verdaderamente arquitectural. Acevedo está aquí representado por El potrico, Arcadas, y su Dante en los Infiernos.

RAFAEL MORENO: Moreno es amante de lo inanimado, de las cosas, y entre éstas de las casas más especialmente. Es enternecedor el amor con el que va pintando las paredes como un albañil, ladrillo por ladrillo. Lo vegetal y animal, en su pintura, son accesorios y decorativos: lo que vive y respira, por cada tabla y cada reja, es la casa, el edificio. Su imaginación no está como la de Acevedo, nutrida de memoria y poesía. Moreno necesita siempre un firme y potencial trampolín. Su obra si tiene un verdadero e inconfundible sabor popular, que nos trae en mente su formación de decorador de bodegas y de tiros al blanco.
De Moreno tenemos El paraíso, cuadro de grandes proporciones y que, caso raro en su posición imaginativa de escenas bíblicas, en las que interfieren magníficos árboles muy españoles, y alguno d sus paisajes semi-rurales, semi-urbanos que expresan tan bien la gracia un poco desolada de los más alejados repartos habaneros.
Dejemos ahora el simpático Salón popular para entrar en la Sala de la Amistad. Aquí están nuestros huéspedes que supieron ser a la vez maestros y compañeros. Que trabajaron con nosotros o que nos aportaron generosamente el don de una inapreciable experiencia.

Tenemos a HIPÓLITO HIDALGO DE CAVIEDES, pintor de elegancia helénica, sobrio de color, que ha sido uno de los mejores ilustradores que hemos tenido entre nosotros. Está representado por ilustraciones fotográficas de los frescos del Colegio de Belén y de la Catedral de la Habana. Por algunos dibujos que ha ido dejando entre las páginas de nuestras revistas, por su maravilloso scratchs, que armonizan tan bien con su sereno temperamento, y por uno o dos óleos en los que su recio españolismo se endulzó algo con la sensualidad tropical.
También están en la Sala de la Amistad, algunas leyendas rusas y judías de SALOMÓN LERNER, famoso colorista, dueño de maravillosos grises , creador de un mundo fantástico y sobrio la vez, hermano del universo de Chagall.
Están aquellos gouaches frescos de color y de tan exigente arquitectura que hizo McNELL, joven pintor americano, que dejó en Cuba, después de corta estancia en La Habana imborrables amistades. Sus paisajes cubanos, hube de escribir en aquella época, se nos presentan como tejadas frescas de nuestro ambiente, reveladas gracias a una profunda ciencia de lo abstracto, y que nos recuerdan las sorpresas de la pulpa de nuestras frutas que expone al aire el acero del cuchillo. De él recogemos en nuestro Salón la Casa Rosa y Azul de Casablanca, Mujer concertante en un café de La Habana, y Sirvienta de fonda.

Viene ahora MAX JIMÉNEZ, fuerte interprete de la angustia y del caos tropicales, con algunos de los lienzos en que nos brindó, a sus amigos cubanos, versiones de honda visión de nuestro país. También tenemos el duco: la Democracia en América del pintor mexicano David Alfaro Xiqueiros, que inquietó durante varios meses nuestro ambiente con su apasionada dialéctica, de robustos argumentos. Inició a la mayoría de nuestros pintores en las técnicas del duco y de los plastificantes, y si no todos lo aceptaron, todos se mostraron altamente interesados por estas novísimas técnicas, modernas de ciencia y espíritu. Todos sintieron que Xiqueiros no ilustrara sus numerosas e interesantes conferencias con el ejemplo de una gran exposición personal y solo dejara en La Habana dos obras en colecciones privadas.
Llama ahora nuestra mirada una serie de cinco o seis poderosos grabados en madera. Se trata de una selección en la serie de Apocalipsis del escultor ruso BERNARD REDER. En ella está expresada, con bellísimo delirio lírico, toda la fuerza poética de la Biblia. Al lado, otros grabados, para el Gargantúa de Rabelais, ríen con carcajadas gigantescas. Estamos en la presencia de un muy gran artista. Pero más nos interesa aún una pequeña escultura que está en el centro del Salón de la Amistad. Representa a dos mujeres luchando e ilustra de maravillosa manera el dogma de sangre y espíritu del escultor Reder, que tan fuerte huella ha dejado entre los pintores y escultores cubanos: “Un volumen escultural no debe tener frente principal, ni siquiera allí donde se halla la cara. Una mejilla tiene proporcionalmente la misma importancia que un seno femenino. El pezón la misma importancia que la nariz”. Halle en estas líneas, nuestro amigo escultor, una prueba más del solidísimo afecto y reconocimiento que le guardamos en La Habana.
Finalmente, cerrando el Salón, están dos o tres óleos y grabados de ROBERT ALTMAN, joven pintor suizo, que estudió con Reder y desarrolló su obra a la par que sus amigos, los jóvenes pintores cubanos. Proceden estos óleos de su última exposición y denotan una gran fuerza imaginativa y una sensibilidad para los grises que no pueden simular su nacimiento europeo. Sus grabados sobre el Quijote, demuestran una inspiración amable y continua, subrayada por mil detalles ingeniosos de sano humorismo.

E. Galería de la escultura

Llegamos ahora a la bien iluminada Galería que cierra el Edificio del Salón Cubano en su parte posterior.
Aquí en buen orden, en el centro, en el centro y no contra las paredes, se nos presentan algunas esculturas de las últimas generaciones. Observamos que la escultura está muy lejos de tener entre nosotros, el desarrollo, ya esplendido, de la pintura. Sin embargo, algunos artistas merecen circular en nuestro Salón. Pondremos algunos independientes como Navarro, Casagrán, Sergio López Mesa. El primero siempre estilizado, los otros vecinos de formas más tradicionales. También pondremos alguna obra del sincero artista que es Pancracio Armento.
De Ramón Blanco hemos escogido algunas de esas cabezas, soñadoras, de honda vida interior, que caracterizan con fuerza la personalidad del artista: tenemos así: Vida interior, de la Colección del Ministerio de Educación; Oblata y la bella figura de tres torsos: Cuba.
De Rita Longa, escultora agradable, estilizada, elegante, cuyas figuras tienen una gracia felina muy decorativa, pondremos dos “torsos”.

Con JUAN JOSÉ SICRE llegamos a uno de nuestros escultores de obra más importante. En el encargo oficial ha sabido llevar intactos su estilo y su personalidad. En la pedagogía (es profesor de San Alejandro) ha dejado siempre afectuosos recuerdos en todos sus alumnos, por su amplia comprensión de todos los temperamentos y los consejos definitivos y bondadosos que ha prodigado. Así, pues, en la escultura ha dejado una influencia personal que quizás pueda considerarse paralela a la de Víctor Manuel en la pintura, por su importancia histórica. Su estilo “algo estilizado” y por ende decorativo, muestra, sin embargo, una noble serenidad, y una segura elegancia que lo emparentan con su maestro Bourdelle. Ha dejado en muchos países americanos (Venezuela, República Dominicana) importantes obras encargadas directamente por los gobiernos. También tiene una importante serie de retratos, entre los cuales el ya famoso de Martí. Acaba ahora de ganar el premio del Monumento a Martí. Lo preferimos, sin embargo, y es que lo escogeremos para nuestro Salón, en sus figuras de pequeñas dimensiones, tales como Leda, Banbina, Arrodillada, la Maternidad de la colección de Zéndegui, y la Fuente para la Plaza de los Mártires cuya fotografía exhibimos también.
Su influencia directa se observa en muchos escultores jóvenes: por ejemplo: Núñez Booth, Esnard y Tardo, grupo matancero de gran interés; y también Ilse Erythropel, muy sensible escultora y su esposo Julio Girona, que ya hemos citado al recorrer la Sala Víctor Manuel.

ALFREDO LOZANO inicia con Mariano la generación artística de 1935. Ya he dicho de él que, desde sus principios, desde sus tanteos de México lo vimos ir hacia la simplicidad, lo abstracto, lo monumental. Si algunos escultores europeos, si las circunstancias tan difíciles de nuestro país lo hacen un momento recurvar hacia la angustia, muy pronto vuelve hacia una fuerte y serena sensualidad como en sus actuales esculturas tan macizas, tan bien plantadas, en las que nos admiramos en descubrir en las esquinas de las pirámides, la rarísima pureza de ciertos perfiles. Lozano sumó a su voluntad de americanismo, la ciencia escultórica que aportó Reder a la Habana, esta adición había de dar a la escultura cubana un florecimiento que será sin duda uno de sus más significativos capítulos. Muchos jóvenes que seguían la tranquila rutina estilizada de sus anteriores maestros han dejado por completo la creación de cabecitas de psicología más o menos expresiva, para lanzarse de pleno a la búsqueda de la más poderosa de las fuerzas de expresión: la de las formas. Por esto, aunque de pequeñas dimensiones, tenemos en este último año un popular de terracotas, de figuras femeninas de cuero entero, en las que están explotados todos los maravillosos recursos de la anatomía de la mujer.
Entre estos jóvenes escultores muchos ya se destacan con toda firmeza: así sobre todo Rolando Gutiérrez. Debemos también citar a Eugenio Rodríguez, a Estopiñán, y al más decorativo: González Jerez. De todos ellos tendremos en nuestro Salón alguna terracota, seguros de que el año que viene, su representación será mucho más importante. De Lozano escogeremos dos terracotas, dos yesos y su magnífica figura en estaño.


F. El corredor de la salida.
Un corredor nos lleva ahora, después de esta larga visita, a la salida del salón. Aquí, en marcos muy claros, algunas caricaturas y algunas fotografías. Entre estas, la de maravillosos paisajes cubanos, muchas de las cuales hemos recogido en las páginas de este Anuario. También algunas de composición del fotógrafo Berestein, de bellos efectos pastosos y voluntarios.
Entre las caricaturas, varias personales de Massaguer, el popular artista cubano que triunfó en los Estados Unidos y que se caracteriza por un eterno e indulgente buen humor y una facultad repentista, verdaderamente únicos. Varias cabezas de David, de gran fuerza de expresión. A este caricaturista le debe el arte cubano, una renovación en la rama de la caricatura que alcanza con él una robustez y una dignidad pocas veces vistas. Él nos aparece como el verdadero maestro de los ms jóvenes. Tenemos también algunas obras de Horacio, de Sierra (que aporta a la caricatura muchos elementos de la plástica pictórica), de Acevedo, simple y elegante , y finalmente, algunos cartones de El Bobo, el simpático personaje criollo, creación de Abela, que ha sustituido al guajiro Liborio por el burócrata, habitante de la ciudad, irónico, mordaz y abúlico.
Y para terminar una serie de seis grabados de Rafael Blanco, uno de nuestros más fuertes y personales artistas; único representante entre nosotros de la corriente, popular y crítica a la vez, de los Goya y de los Daumier: su obra es robusta y secreta, pero sorprende poderosamente cuando logramos adentrarnos en ella. Injustamente olvidado por la crítica, Blanco ha de ser considerado, tarde o temprano, como uno de los grandes maestros del arte cubano.
Y ya terminó la visita. Con la mirada y la memoria recorremos de nuevo el camino vencido. Calculamos ganancias y pérdidas y si no nos equivocamos las ganancias son grandes. El Salón Cubano, sin nacionalismos estridentes, sin teorías pre-sentidas (sic), va abocetando con seguridad una verdadera y variada visión nacional. Hay una Cuba elegíaca y romántica, interior y sensible, Cuba de Casal y de Zenea, vagamente nostálgica de Europa, de una Europa más francesa que española, que hayamos por ejemplo en Víctor Manuel, en Ravenet, en Abela. Hay otra Cuba, una Cuba de sol y sombras, cerca de lo definidor latino, de lo barroco español; una Cuba llena de objetos y de paisajes con figuras que conviven: sol tamizado; frutas; abanicos de palmas; resurrección de arquitectura colonial; hayamos a esta Cuba atlántica en mariano, en Portocarrero, en su alegría o en su angustia, en su fuerza de vida. Y hay la otra Cuba, la que no está en el Atlántico, la que está en el Caribe, la de la frenética exuberancia, la del Trópico de Cáncer, la africana; la que se insinúa como juego en el dibujo romano de Carreño, la que hace terrible mueca a través de las máscaras de los poderosos fetiches de Lam.
Salimos al jardín sembrado de mil palmas canas, de árboles del viajero, con una poderosa ceiba en cada esquina, que va llenando los vacios de sus ramas con los maravillosos retazos de cielo azul, de cielo que esas ramas definen como cubano.
En el pórtico dos inscripciones nos detienen, grabadas en el mármol. Una de nuestro Martí:

“EL ARTE NO HA DE DAR LAS APARIENCIAS DE LAS COSAS SINO SU SENTIDO”.

Otra del gran poeta Claudel:

“SI ESTA HOJA SE PONE AMARILLA NO ES PORQUE SE MARCHITAN SUS VENAS AMARILLAS. NO ES TAMPOCO PARA QUE, YA CAÍDA, ABRIGUE Y NUTRA AL PIE DEL ÁRBOL, GRANOS O INSECTOS. AMARILLEA PARA OFRECER SANTAMENTE A LA HOJA VECINA QUE ES ROJA, EL ACORDE DEL COLOR NECESARIO”.



Anuario Cultural de Cuba. La Habana, Ministerio de Estado, 1944.pp. 3-60.

Se publicó además como separata, en la Habana, 1944. Bajo el auspicio del Instituto Nacional de las Artes Plásticas.