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Paisajes en tránsito: Manzanet
Delia María López Campistrous
 
Desde las entrañas marinas hasta las panorámicas paisajísticas que sitúan al pintor en una perspectiva aérea, las interpretaciones de Manzanet viven un perpetuo tránsito. Tránsito ascendente, trascendente. Paisaje afianzado en referentes visuales de la naturaleza insular, la atmósfera irreal que veda el brillo de la paleta e invita a la introspección, al viaje espiritual, se simboliza en la creación de elementos personales de una topografía imaginada. Construcción que irradia hacia la naturaleza virginal y exuberante la meditación que eleva, que extrapola al espectador hacia un plano espiritual de percepción del entorno mismo.

Los paisajes de Manzanet existen profundamente inhabitados. En la distancia, tras la nebulosa visión de las aguas insondables, el buzo es un peligro latente para la fauna marina, un visitante indeseado. El artista prefiere la naturaleza pura, la fantasmagórica luminosidad que asegura la distancia entre el fondo y la superficie, entre la corrosiva acción humana y el poder sanador de las energías telúricas. Paisaje que como eje temático trasciende las intenciones ecologistas del vertedero subacuático, para convertirse en discurrir profundo y ético sobre el ambiente.

Asistimos a una presencia irreductible del agua, la liquidez de la atmósfera, la brumosa levitación de gotas que saltan en la cascada, el condensado presagio de las nubes. Lejos de ser imperturbable, la naturaleza a la que asomamos en cada lienzo es la del origen de los tiempos, promesa de transformación, caldo de vida. Resultado de una profunda atención del pensamiento, la reflexión transita por meandros que espejean, recodos que sumergen el líquido milagro en puro verde de palmas, de montañas fecundadas donde el toque otoñal es también una promesa. Neblina, chapoteo, paraísos terrenales que conjugan el bien y el mal en una imagen.

Paisajes tamizados por la idealización bucólica de valles y remansos melancólicos, que evaden la observación directa y son producto de una turbulenta actividad imaginativa, procreadora. Primigenios azules de cielos reflejados en las aguas de ríos, tranquilos a veces, otras precipitados en cascadas que emparientan con las violáceas diagonales de luz que revelan tesoros sumergidos. Sólo cuando Manzanet recuerda los días de su infancia, aparece el fulgor en los verdes, la luz transparente de la atmósfera de Viejos cañaverales, la limpieza prístina del entorno, que lo convierten, por camino inverso, en una nueva idealización de las cañas, de las piedras, de la hierba en un campo que simula no haber sido visitado más que por las fuerzas naturales de la tierra.

La técnica minuciosa de Manzanet, que se regodea en la delicadeza del trazo, cobra especial belleza en el claroscuro de los bocetos y dibujos. Intimidad que sólo propicia el pequeño formato y se aglutina en la línea, los contornos, la caída acariciante del espacio intocado que ilumina. Espíritu de nostalgias, anhelos de comunión con el universo, con las cosas, estamos ante un estado de gracia, expresión sin artificios de una luz nacida del futuro. Manzanet invita al tránsito, de esta estirpe que somos a la especie que debemos ser, al paisaje que aguarda.