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Eduardo Ponjuán o las claves silentes de lo cubano (fragmento)
Héctor Antón Castillo
 
Eduardo Ponjuán o las claves silentes de lo cubano. Héctor Antón Castillo




Cuando la pieza teatral de Virgilio Piñera De lo ridículo a lo sublime no hay más que un paso o Las escapatorias de Laura y Oscar, uno de sus personajes argumenta que “lo tengo en la punta de la lengua”, la solución inmediata es repetir el lugar común de una conocida frase popular. Pero una reflexión más sosegada en torno al tragicómico slogan, permite advertir la presencia de un eterno drama humano. Es decir, ese instante en que a punto de alcanzar la culminación quedamos perplejos, con la mente en blanco, siendo ya demasiado tarde para hacerse la luz. Entonces no existe otra alternativa que cederle un espacio al azar y al desvarío, para luego improvisar un elogio a la desmemoria que facilite reencontrar el camino extraviado… Como sucede en el caso de Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote” o Duchamp con sus ready- mades, semejante actitud abarca el deseo de crear lo ya creado como si fuera la primera vez.
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De vuelta al origen.



Eduardo Ponjuán González (Pinar del Río, 1956) no es otro de esos ejemplos típicos de vocación precoz. Pero como le ha sucedido a muchos, llegó al arte por azar. Aunque el hecho de que en su práctica visual no le otorgara importancia al azar, se perfila como una primera paradoja. Con el paso del tiempo, este desenlace casual será un factor de singular influencia en la conformación de su pensamiento plástico. Según cuentan sus cómplices más cercanos, una de sus aspiraciones juveniles era convertirse en un boxeador estelar, ambición que duró hasta el día en que recibió un fuerte impacto en el mentón a manos de un estilista peso gallo de cuyo nombre no quiere acordarse.
A pesar de cambiar muy pronto los guantes y el saco por cartulinas y pinceles, su paso por el mundo no ha dejado de ser un combate. No hay más que intercambiar unas cuantas palabras con él para intuir cuántos obstáculos ha tenido que esquivar para disfrutar a plenitud la tragedia del conocimiento. Tal parece que desde percibir ese estado cercano a la inconsciencia que provoca un RSC entre las cuerdas, quiso saber más y más, a pesar de que no tardó en convencerse de que resulta imposible abandonar tan sólo un momento el vasto universo de la ignorancia humana.



Después llegó el acceso a las escuelas de arte, ese factor vinculado al proceso de la Revolución cubana que tantos observadores consideran decisivo en el empuje del llamado renacimiento del arte cubano contemporáneo. En estos años, Ponjuán tuvo el privilegio de ser discípulo de Pedro Pablo Oliva, así como la desdicha de recibir un dictamen lapidario del maestro Julio Girona, quien no dudó en advertirle: “Por ese camino no vas a llegar a ningún sitio”. No obstante, entre la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte pudo ver a Juan Francisco Elso Padilla pintando como Gustav Klimt y apreciar en plena faena plástica a Leandro Soto, Gustavo Pérez- Monzón y Tomás Sánchez.


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El principio de un fin.



En 1986, año en que también surge “Arte Calle” sumándose a la existencia de grupos como “Puré”, René Francisco Rodríguez y Eduardo Ponjuán deciden aunar fuerzas para emprender un trabajo conjunto. Como era de esperar, sus aspiraciones giraban en torno a los nuevos rumbos que tomaba el arte cubano después de la señal anunciada por “Volumen Uno”. Partiendo de la discusión como operatoria creativa, René y Ponjuán se propusieron una forma de hacer que conjugara una gran parte de sus obsesiones personales sin descartar la vorágine cultural, social y política imperante por aquellos años.



Ellos pretendían dialogar críticamente con los códigos epocales nacionales y foráneos, parea re- elaborarlos satíricamente sin renunciar a los cánones tradicionales de representación. Ante todo, perseguían una búsqueda de la ideología como arte y el modo de entender el arte como ideología. Usando patrones de la iconografía perteneciente al realismo socialista, destinados a ensalzar la nomenclatura estatal, René y Ponjuán manipulan consignas, emblemas, utopías del arte y de las instancias hegemónicas, para deconstruir esas historias que aceptan formar parte de la Historia con ansias de concretar algún día un intercambio de roles definitivo.



Más que el desenfado intertextual y el orgánico arsenal de apropiaciones, lo que distinguió la propuesta fue su estrategia narrativa. En efecto, su objetivo se concentraba en situarse en una suerte de entre que les permitiera discursar irónicamente acerca de las mediaciones dominantes en al escena de las dualidades entre vanguardia política y vanguardia artística, la ideología y la historia, la tradición y la contemporaneidad. Desde esta posición, reservando generalmente una imagen de ambigüedad, los dardos de sus comentarios se dirigían tanto a los cimientos de las utopías en curso del llamado socialismo real, como a sus competitivos antagonistas ideológicos que apostaban pro su desaparición.
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Por otra parte, el vínculo con uno de los poetas más valiosos de su generación como Ángel Escobar, significó una apertura intelectual que les brindó la posibilidad de evadir el cerco frecuentemente limitado en el plano cognoscitivo- literario de nuestra práctica visual. Parafraseando una máxima de la plataforma ideológica de la Revolución cubana, quisieron enarbolar aquello de que “dentro del arte todo, contra el arte nada”.
Paradójicamente, la conclusión de este trabajo común implicó el comienzo de una nueva senda para ambos creadores, quienes desde entonces tuvieron que aprender a discutir y definir individualmente la finalidad de sus respectivos proyectos personales. Lo cual se traduce en que de tanto desafiar a la tradición del arte, no les quedó otra salida que retornar al principio del artista lidiando consigo mismo en la soledad de su taller.




El viaje más largo.



Tras la disolución del dúo, la transición experimentada en la poética de Eduardo Ponjuán es notable. Primeramente, desaparece esa obsesión por abordar el tema de la insularidad a partir de la dualidad dentro fuera. Aquí se evidencia la intención de marcar una diferencia con respecto a esa recreación tan literal y reiterativa en la producción artística de los noventa, apelando a los símbolos de la nacionalidad para ilustrar el drama insular. Asimismo disminuye el imperativo sociológico y se acentúa una carga más personal…



A pesar de ese regreso a la introspección, se mantiene un pliegue de frialdad, tal vez pro temor a caer en ese intimismo sensiblero, cuya recepción implica consumir una idéntica dosis de identificación y extrañamiento. Colocándose en un punto neutral a la irreverencia de los ochenta y la cautela de los noventa, el artista se transforma en su propia isla. Siente entonces la necesidad de sacar a la luz todo lo que aún se hallaba cautivo entre el silencio del tiempo recobrado y el ruido de los espacios de la memoria; por lo cual, tuvo que afrontar ese complejo de agonía ante la imposibilidad de abarcar el mundo y el conocimiento, quizás la zona más inexplorada de ese misterio que, entre nuevos absurdos y viejas certezas, muchos insisten en denominar lo cubano.
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Seguidor del legado de considerar el arte no tanto una cuestión de apariencia como de operación mental, la obra de Ponjuán se reconoce en la premisa sostenida por John Cage de concebir el mundo, lo real, no como un objeto sino como un proceso. Esto le concede a sus artefactos un matiz un matiz paradójicamente fantasmal. Es que nadie podría estar seguro de cuál es su función en, medio del tenso equilibrio que se establece entre esencia y apariencia.



En definitiva, las transiciones detectadas en la evolución de esta poética se inclinan más hacia la búsqueda de conciliar opuestos, que hacia la premisa de confundir al espectador. Probablemente aquí reside el motivo que provocó un acercamiento del creador hacia la filosofía oriental, principalmente al Budismo Zen. Todo lo cual justificaría en buena medida esa obsesión por instaurar un contrapunto armonioso entre la sensación y el concepto.
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La inscripción de textos en la superficie pictórica es uno de los recursos de constante presencia en la poética de este hacedor. Éstos pueden conformarse en series de números, letras, nombres o versos. Pero los mismos no se reproducen con el fin de interpretarlos visualmente, sino como koanes que el espectador debe desentrañar.
Lo paradójico de esta ecuación plástica es que lejos de brindar una información útil y precisa para consumo de iniciados, lo que hace es sumarle otra dificultad a ese problema que puede significar la lectura del más sencillo de los textos. En estos casos, lo que sobreviene tras la aparente paradoja resulta ese tópico de cabecera en la obra de Ponjuán que es el conocimiento. Es que la esencia de estas contraposiciones entre la palabra y el icono, lo culto y lo popular, lo factual y lo intelectual, consiste en otorgarle a la acción de desentrañar la categoría de eterna reflexión, tratando de restarle importancia a los medios o fines utilizados para expresar esta inquietud.



Si consideramos que el tiempo es otra de sus obsesiones, no sería aventurado concluir que la obra de Eduardo Ponjuán es como un gran Koan, abarcando a diminutos koanes esperando por una respuesta, tanto dentro como fuera del tiempo y del espacio.
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Concienciar la defunción de la unión del arte y la vida es casi proporcional al gesto inconsciente de pactarle una cita en el más paradójico y simbólico de los parajes. En ese instante donde nada es y todo es, intentando fulminar de un solo golpe el último reducto de la utopía, transcurre la silenciosa indagación de este artista. Lo que se mantiene invariable es su reticencia a explotar los recursos presumiblemente idóneos para desmontar todo un entramado de complejos de identidad, donde se funden lo íntimo y lo colectivo, lo abstracto y lo concreto. Sólo que Eduardo Ponjuán no parece estar dispuesto a mostrarnos abiertamente sus claves de entrada y salida a ese laberinto de misteriosas esencias y revelaciones aparentes, donde coinciden tantos desvelos por articular una noción precisa y definitiva de lo cubano.




(Fragmentos extraídos de: Antón, Héctor. Eduardo Ponjuán o las claves silentes de lo cubano. En: La Gaceta de Cuba. La Habana, julio- agosto 2004. P. 32- 35)