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Epigrafía colonial habanera
Delia María López Campistrous
 
La costumbre de tallar en la piedra inscripciones, signos y símbolos, se puede rastrear desde la historia antigua de la humanidad. No estuvo por tanto la Isla de Cuba, ajena a esa atávica costumbre, que suele seguirse en situaciones heterogéneas, desde conmemorar hechos históricos, acciones de mejoramiento público u honrar personalidades; hasta para funciones menores como las informativas o puramente decorativas.

Nuestra tierra fue fértil en este terreno. Desde los albores de la colonización, las instancias de gobierno y los particulares más avezados en la memoria histórica, pretendieron dejar su huella en diversos espacios de la vida pública colonial. Oficio menor dedicado a la evocación de grandes hombres y hechos, es un arte mayormente anónimo. Raras veces conocido el creador de alguna lápida, cede su puesto en la recordación de las ulteriores generaciones a los comitentes del gesto público, o los funcionarios al frente del gobierno en el momento del encargo. En busca de la pervivencia a través de los siglos, la epigrafía acude a los materiales más resistentes a la acción de los elementos naturales, siendo la piedra, el mármol y el bronce, los más empleados en esta tipología conmemorativa.

Particularmente diseñadas para sobrevivir en el tiempo, las inscripciones funerarias son algunos de los primeros vestigios que subsisten en Cuba, de este arte. El erigido a la señorita María Cepero, rememora un hecho que conmueve a los vecinos de San Cristóbal de la Habana en 1557, cuando la joven dama muere de un disparo de arcabuz escapado de un arma en la plaza exterior a la Parroquial Mayor, donde acudía a sus diarias plegarias. De marcado carácter renacentista, muestra en el interior de un templo de ascendente grecolatino, la cruz sobre el Calvario. En su base la inscripción latina “HIC FINEM FECIT TORMENTO BELLICO” se complementa con un querubín inscrito en el frontis, que proporciona un elemento etéreo símbolo de la ascensión del alma inocente.

Otras inscripciones de carácter público, retienen importantes sucesos de raíz constructiva, asociados al progreso obtenido en algún momento de la historia. Así la llegada del agua al asentamiento poblacional, motiva la instalación de una tarja que recuerda el empeño del Maese de Campo Texeda y la fecha de la fábrica en 1592, cuando el único acueducto comenzó a verter el preciado líquido, conducido por una zanja que moría en el conocido Callejón del Chorro, en la antigua plaza de la Ciénaga. Somos hoy testigos de cómo el hecho marcó la toponimia de la ciudad; aunque la plaza, con los siglos perdiera ese antiguo recuerdo del indudable lodazal en que la convertía la zanja, adoptando el nombre de uno de los más significativos edificios levantados en el siglo XVIII: la Iglesia Catedral.

Las numerosas órdenes religiosas asentadas desde los primeros siglos coloniales en la Isla, contribuyeron al arte epigráfico conmemorativo, dejando inscritos en la piedra los adelantos, remodelaciones y ampliaciones que sufrían los claustros monacales; cuando no se trataba de una reconstrucción parcial provocada por eventos meteorológicos, que con frecuencia se ensañaban en las poblaciones. Muchos de estos antiguos recintos, no sobrevivieron el desalojo y refuncionalización a que fueron sometidos en el siglo XIX por las sucesivas desamortizaciones a las órdenes masculinas. Otros cedieron sus lotes de terreno al crecimiento de la ciudad vieja en siglo XX, derrumbados y sustituidos por modernos edificios. Son pocas por tanto, las lápidas que aún existen, y que proporcionan ese retroceso en el tiempo, tan caro a la historia, como la inscripción que reseña la reconstrucción de la Capilla Terciaria de la Orden de San Francisco de Asís, honrando la ayuda brindada por el Capitán General Juan Francisco Güemes y Horcasitas, durante la primera mitad del siglo XVIII.

Los momentos fundacionales suelen ser material abundante en este terreno. Enaltecer mediante un monumento un hecho histórico de esta naturaleza, deja sus rastros inscritos de forma indeleble en la memoria de un grupo humano. Así, la fundación de San Cristóbal, ocurrida bajo una legendaria ceiba precolombina, motiva numerosas lápidas conmemorativas en diversas épocas de nuestra historia. La Columna de Cagigal, levantada en 1754 en el sitio de establecimiento de la Villa, será rodeada por numerosas inscripciones. Las originales, en la base de la columna, incluyen un bajorrelieve en forma de árbol con ramas despobladas, que parecen explicarnos la muerte del magnífico ejemplar de la flora insular y justifica, a un tiempo, la erección del monumento. En 1828, al quedar incluida la columna en el espacio donde se alza el majestuoso Templete neoclásico, aparecen nuevas lápidas, que incluso en fecha tan tardía como 1903, se cambian y rectifican para responder al grado de cultura que ostenta la ciudad.

Numerosas son las temáticas que incitan las inscripciones oficiales. Marcadores de distancias en las vías públicas, nuevas puertas de acceso a la ciudad intramural que facilitan la circulación entre la ciudad vieja y las nuevas barriadas en que se expande la sobre habitada Habana, la erección de fuentes para decorado de paseos, mercados y plazas junto a otros adelantos citadinos, como los puentes sobre ríos que bordean la ciudad, dejarán su huella en el rostro capitalino. Nombrar y volver a denominar, será una de las improntas que marque el fin del dominio colonial y el inicio de la República. Los viejos espacios se deshacen de los nombres ligados a la presencia de España, y reclaman denominaciones que se constituyen en reescritura de la historia colonial desde la independencia. Pero, nuestros avezados en la memoria local, otros y los mismos, guardarán las placas y lápidas que abandonan sus antiguos sitiales, para destinarlas a los museos.

La sección de Epigrafía de la antigua colección polivalente del Museo Nacional, fundado en 1913 –y que recién celebra su primer siglo de existencia,- se convirtió en depositaria de numerosas lápidas e inscripciones que recordaban el pasado colonial. Muchas de ellas ya desaparecidas, pueden rememorarse en los antiguos inventarios, incontables veces cargados aún, en el momento de su escritura, de la emoción histórica reciente. Significativamente, la primera pieza gestionada en 1910 para el futuro museo, fue la Lápida conmemorativa de la construcción de la Puerta de Tierra en 1688. Entre las numerosas piezas fundacionales, contó aquella colección con la Lápida del Paso de Churruca –rótulo del pasadizo o callejón, desde la calle de los Oficios hacia el mar, entre el antiguo edificio del Ministerio de Educación y el paredón del antiguo Convento de San Francisco,- la Lápida de la antigua Casa de Niños Expósitos, fundada en el año 1710 por el obispo Valdés sobre la idea iniciada por el obispo de Compostela; y otras tan recientes como placas situadas en obras públicas realizadas durante la intervención norteamericana posterior al final de las guerras de independencia. Pero llama especialmente la atención, entre la vieja nómina de tarjas, un Rótulo de la calle de Obispo, de “cuando en el año 1897 se le puso el nombre de Weyler odiado por los cubanos, y que al terminar la guerra el pueblo de La Habana arrancó y destruyó lleno de ira.”

El sentimiento patriótico y la legitimación de la resistencia al dominio colonial, fue fuente de numerosos monumentos públicos y acciones reivindicatorias, que se extendieron a los primeros años republicanos. Habiendo ya levantado la ciudad de La Habana por suscripción pública, un monumento funerario a los Estudiantes de Medicina fusilados en 1871, su eterna inocencia será rememorada con varias tarjas adosadas al antiguo paredón de la cárcel habanera, convertido en uno de los primeros monumentos nacionales de nuestro patrimonio.

Huella del sentir de una época, memoria de un pasado de luces y sombras, donde la acción de los hijos de la tierra cubana se mezcló para siempre a la leyenda de nuestra construcción nacional, la epigrafía colonial y republicana se constituyen en jirones del ayer que en pública expectación, o en las bóvedas de las instituciones que custodian los vestigios de la historia, no dejan morir las raíces de nuestro presente.

MSc. Delia López Campistrous
Curadora de arte cubano, MNBA