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Rumores del color entre las moscas
Andrés Álvarez
 


La pintura de Douglas Pérez insiste en sobrecogernos desde su audacia técnica y el entramado referencial desplegado hace más de una década. En sus telas de gran tamaño se advierte una pincelada sintética y rápida, que no impide un énfasis en los detalles, como si cada cuadro saliera de las manos de un miniaturista oficioso. Sus actuales megápolis comparten con aquella Habana pintada por Portocarrero el colorido puntilloso y la proliferación de pequeños elementos, que transmiten la infinidad de intersticios de los pequeños espacios interiores que se abren dentro de la urbe. Pero más allá del ejercicio pictórico, su trabajo ha sobresalido por explotar varios paradigmas ligados a la memoria histórica insular y al modo de conectarlos con otros elementos del imaginario presente; ambos abordados desde códigos desacralizadores y carnavalescos. La producción reciente del artista insiste en ese rejuego iconográfico. En la serie Pictopía, presentada en la Décima Bienal de La Habana, la ciudad y sus ingentes autopistas nacían bajo la techumbre del ingenio o de otro entramado fabril. Contraponer la tipología de construcción del ingenio azucarero y su modelo de explotación con idílicos objetos o espacios que apuntan hacia un desarrollo tecnológico, nos ubica frente a la metrópolis como utopía futurista fosilizada por implementos del siglo XVIII.

En su obra la ciudad es una utopía, un cronotopo donde el pasado trama un futuro para lanzar postulados hacia el presente. Las marcas locales se desdibujan. Carretas de caña y naves espaciales comulgan en tiempos y espacios ahistóricos, desprendidos de una absurda lógica temporal solo posibles en la imaginación del artista. Sin dudas, Douglas materializa en su pintura una especie de paralaje histórico.

El humor es el código que sustenta tales portentos, y permite que las imágenes no figuren como patéticas ensoñaciones. El puro choteo es una puerta abierta –en este caso y en muchos otros- hacia la posibilidad de lo imposible. Lo protésico, desfasado y abyecto, no es percibido desde el horror sino que, mediante el impulso de una carcajada rotunda, se digiere sin el menor espasmo.

En Por amor a las moscas, muestra inaugurada en el mes de julio en Galería Galiano, el artista nos pone en contacto, una vez más, con las mismas quimeras de la civilización. Aduana nos sitúa en el alocado mecanismo de las grandes estaciones de aeropuertos. Hamelin, por su parte, roza la temática migratoria, Antena, Fibra Óptica, Lada car y Retiro están más conectadas con la serie Pictopías. Sin embargo, en esta exposición hay varias piezas directamente ligadas a la urbe habanera por involucrar calles y lugares reconocidos o reconocibles dentro de la ciudad. En las piezas donde La Habana es fabulada resalta un elemento común a casi todas: estridentes manchas de color, tan pesadas, que producen el efecto de un ruido inquietante. Pudiéramos afirmar que estas manchas son el resultado de un accidente ocurrido en el taller del artista y, si así fuera, afirmemos entonces que lo supraterreno está actuando a favor de Douglas.

En otros períodos la aparición de esta especie de dripping no potenciaba la semántica de la obra. Eran más bien pequeños desbordes o efluvios contenidos; aderezos que nacían de la intrepidez a la hora de asumir el ejercicio pictórico. Visualmente reforzaban el caos citadino y la cualidad futurista, casi de superficie lunar de las urbes. Más, ahora, esas nubes de color han sido explotadas desde el convencimiento y el riesgo estético.

Esta serie de pinturas –libérrimamente las he denominado como una serie que pudiera llevar por nombre Fabulación Habanera- reaviva la visión que nos llevamos de su obra, desaumatiza los recursos enunciativos a los que nos tenía acostumbrados.

La enorme pátina del óleo en Evento Malecón añade extrañamiento y tensión al conjunto donde un grupo de personas congregadas en dicho lugar observa más allá. Pero lo que miran no es el mar, sino una ciudad otra que surge de las profundidades, como émula de aquella que tienen a su espalda.

En Gigante del Cerro, un destello de color cae como meteorito en medio del Latino. Es una especie de monstruo enorme producido por una luna también fantasmal que preside la composición. Otro ventarrón de esmalte eleva al Focsa (Evento Focsa) por los aires. Algo muy similar ocurre con la Fuente de la India, al ser disparada por chispazos amarillos (Meteoro de Indias). Todas estas escenas sugieren tensión, cierto augurio trágico sobre la ciudad. Claro, en algunas composiciones el efecto es más logrado que en otras y, aunque persiste el mito de lo urbano universal, inalcanzable, lo idílico es sutilmente desplazado por esa necesidad de reformular los espacios que distinguen a La Habana, poblarla de un fatum anteriormente obviado. Incluso, en I have a dream y Prado, piezas quizás más conectadas con la serie Pictopía, la mitificación futurista y alienante mueve hacia el mismo pavor (…)

En Segundas intenciones un avión se lanza sobre los edificios. No precisamos aquí si es La Habana u alguna otra metrópolis más cosmopolita: la civilización está en acecho, y el presente es amenazado en tiempos aparentemente calmos. La catástrofe es ya un hecho consumado cuando la escena aún no expone su momento clímax.

Este interludio en el tratamiento temático, este nuevo ruido sobre lo formal, introducen moderadamente otras implicaciones semánticas. Nos muestran los desplazamientos de una subjetividad que no se conforma con regodearse en la certeza de sus hallazgos.

Actualmente, persistir en la pintura, más allá del peso que implica asumir tan amplio referente histórico, puede a la larga resultar un camino tedioso y asfixiante. Sin embargo, en estos cuadros de Por amor a las moscas, donde los desbordes de color se imponen como manchas impertinentes y enigmáticas –siempre como aliadas del arte más inquietante- el espectador puede entrar en contacto con el hecho pictórico con la misma oportunidad de riesgo y desazón estética que en un evento de Fluxus.


Por: Andrés Álvarez