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Vicente Escobar, uno de los precursores de la pintura en Cuba
Evelio Govantes
 
Vicente Escobar, uno de los precursores de la pintura en Cuba.


Vicente Escobar ganó en Cuba la inmortalidad gracias a Cirilo Villaverde, que recogió su nombre en las páginas sugestivas de Cecilia Valdés, porque Escobar, ni fue un pintor distinguido, ni los testimonios que sobre él he hallado le asignan el sitio indiscutible de maestro de una generación de artistas, como a Perovani y a Vermay.

Sin el encanto de Cecilia Valdés, sin la leyenda que rodea a los personajes de esta novela, y, sobre todo, sin la positiva influencia que el libro de Villaverde ejerció y ejerce todavía, para representarnos el pasado habanero, Don Vicente Escobar no hubiera dejado de ser uno más entre los numerosos pintores y miniaturistas que vivieron en esta ciudad y cuyas obras, ni son buscadas ni merecen el más ligero comentario de los que aficionados a seguir de cerca la evolución de la pintura, buscan, estudian y encuentran en los viejos lienzos detalles de técnica o de inspiración que revelen el talento y la ejecución o la vehemencia artística. Calcagno, animado de aquel admirable espíritu localista que caracterizó a nuestros intelectuales y eruditos del siglo pasado, coloca a Escobar en el pináculo de la gloria, cuando afirma que aprendió solo, sin maestros ni modelos a imitar; es decir: que en los dilatados años que vivió, hizo lo que la pintura tardó siglos en lograr. Algo así como el caso sorprendente de un primitivo que, por intuición, conociera la teoría de los planos, la perspectiva, la ciencia de la mezcla de colores y el arte dificilísimo de los matices y de las tonalidades, y que desenvolviera estos principios con la seguridad y firmeza de quien sabe cómo tiene que trabajar, y no con la indecisión del que sólo presienta secretos de la técnica.

Basta sólo pasar la vista por cualquiera de los lienzos de Escobar hoy conocidos, para comprender que a sus pinceles los movía algo más que el entusiasmo del aficionado; y si esta es la primera impresión que, seguramente, obtendrá el menos entendido en estas artes, a poco que investigue, estimará como caprichosa la afirmación de Calcagno; porque Escobar estudió, y estudió en España, y porque en La Habana trabajaban ya cuando florecía Escobar, excelentes profesores de pintura y prosperaban muchos pintores dedicados al entonces lucrativo oficio de retratista.

(…)

Vermay llegó a La Habana a fines de 1815. Entre esa fecha y el 11 de enero de 1818, en que a las cuatro de la tarde se abrió la Escuela de Dibujo y Pintura creada por la Sociedad Patriótica, con el apoyo del Real Consulado, ignoro sus actividades. (…) Volviendo a Escobar, diremos que no se registra una sola noticia suya en estos años. ¿Estaba entonces en Cuba? Sus biógrafos hablan de que, ya mayor, dio un largo viaje por Europa, visitando España, Francia e Italia. ¿Coincidieron estos años del renacimiento de la pintura en Cuba con el viaje del artista? Yo creo que no; porque se admite como probado que él pintó de memoria los retratos de los Capitanes Generales de Cuba, desde el que corresponde al Marqués de la Torre hasta Ezpeleta, comprándoselos Vives, y proponiendo para él los honores de Pintor de Cámara, que le concedió María Cristina en 15 de mayo de 1827. Existe un testimonio indiscutible de que Escobar vivía en La Habana en 1816; y es el retrato que hizo, en 1829, del presbítero Don Francisco José Zuazo y Medina, que partió de Cuba para Francia en 1816. Estando en Francia falleció, en 1828; y como los retratos que enviara de París a su madre no agradaron a ésta, la afligida señora encargó a Escobar el retrato del hijo muerto, pintándolo aquel de memoria, y despertando la admiración de la inconsolable señora, que reconoció en Escobar un fisonomista de primer orden. Esta palabra fisonomista, escrita por un contemporáneo, da lugar a especulaciones en torno al mérito que a los artistas de este género dieran los habaneros, pues a Cuba vino, en 1805, un pintor americano llamado Guillermo Bache, a quien se llamó del mismo modo; y no parece que se hiciese gran estimación de él, a pesar de que anunciaba sus trabajos a precios muy módicos, pues cobraba cuatro reales por cuatro perfiles.

Sobre la fecha del viaje de Escobar a Europa, diremos que en 1820 anunciaba que había trasladado su estudio para la calle de Compostela Nº 65; y se ofrecía como discípulo del Pintor de Cámara Don Salvador Maella, de la Real Academia de San Frenando de Madrid, en la cual obtuvo premio en la clase de dibujo.

Maella, profesor de Escobar, fue un pintor valenciano de bastante fama en su tiempo y, sobre todo, un dibujante notable, cuyos cartones sirvieron de modelo en la Academia de San Fernando. En los ochenta años que viviera, alcanzó todos los honores oficiales de la corte de España; y cuando murió, en 1819, era primer pintor del Rey y Director General de la Academia de San Fernando. A los trece años ganó en la Academia los premios segundo y tercero, pasando a Roma, donde obtuvo dos premios en la Academia de San Lucas. Estos triunfos, y la colección de dibujos que mandó a España, despertaron el interés de Carlos III, que le concedió una pequeña pensión y el título de Académico de San Fernando. En 1765 volvió a España, para trabajar a las órdenes de Mengs, desarrollando desde entonces una labor activísima, representada por cientos de cuadros de asuntos militares y religiosos y por numerosos frescos en las estancias de los palacios y sitios reales. Muchos de sus dibujos se hicieron tan populares en su época, que fueron grabados por distinguidos artistas y circularon profusamente en la Península y en el extranjero.

Yo estimo que Escobar, probablemente, haría su viaje a Europa con anterioridad a 1816, porque en ese año fue cuando embarcó, siendo muy joven, el presbítero Zuazo, a quien recordaba perfectamente Escobar al hacer su retrato de memoria. Después de 1816, es más difícil que lo hiciera y fuese, a la vez, discípulo pensionado de Maella, que murió en 1819 a los ochenta años de edad. Ahora bien, lo que sí parece indudable es que fue Escobar el primer pintor cubano que pasó al extranjero a estudiar o a ampliar sus conocimientos. Como maestro de pintura, no se tienen de él sino vagas noticias, como aquella que señala entre sus discípulos a Plácido, Ocón y Juan del Río, y que recoge en sus páginas el Diccionario Enciclopédico Hispano- Americano, copiándola de Calcagno, Rosainz y Serafín Ramírez. ¿Mereció Escobar de sus contemporáneos la admiración que hoy le rendimos? No lo creo; pues no he encontrado un solo testimonio que demuestre el respeto y reverencia que en la sociedad de una época impone quien sobresale en las artes y en las ciencias. Por el contrario, hay indicios de que ni como artista ni como profesor era muy estimado entonces, porque de otra manera no se explica que cuando la Sociedad Patriótica fundó la Escuela Gratuita de Dibujo, ni se le puso al frente, ni se le llamó como profesor; y es más, cuando por enfermedad de Juan Bautista Vermay fue necesario sustituir a éste temporalmente en su cátedra, se llamó por el Diario del Gobierno de La Habana a los profesores que acreditasen las aptitudes necesarias para suplirlo interinamente. Sólo he encontrado el testimonio relativo al Presbítero Zuazo y la referencia de Villaverde, que le señalaron ambos como buen fisonomista. El Marqués de Villaurrutia, que en sus mocedades del Cerro trataría a muchos que conocieron a Escobar, recoge también la fama de buen fisonomista de éste; pero Pardo Pimentel, que en 1938 escribió en el Noticioso y Lucero sobre los once cuadros de Capitanes Generales hechos por Escobar, desde el Marqués de la Torre hasta Ezpeleta, con motivo de las láminas que de ellos haría la Litografía Española de Costa, declara que como obras de arte nada valían. También Serafín Ramírez en La Habana Artística, dice:

“Las únicas obras suyas que hoy existen son unos retratos al óleo que le valieron la fama de hábil fisonomista en aquella época de atrasos, y que son considerados hoy como obras de un simple aficionado, impregnadas de arcaísmo y en donde, a mayor abundamiento, faltan el dibujo, el claroscuro, el modelado y la perspectiva lineal y aérea.”

No creo, realmente, que Escobar haya sido ningún maestro digno de pasar a la posteridad por sus obras de arte; pero tampoco comparto la opinión de Pardo Pimentel y Serafín Ramírez. Las pocas obras que de él he podido conseguir, y que exhibo esta noche gracias a la gentileza de la Sra. Virginia Garrich Vda de Echavarría, del Dr. Antonio García Hernández y de la Sociedad Económica de Amigos del País, demuestran que el sobrenombre de fisonomista estuvo perfectamente aplicado, porque prescindiendo de la retentiva tan enorme que se le atribuye –que le permitía reproducir de memoria la fisonomía de personas vistas una sola vez-, la expresión de las caras de todos los retratos hechos por Escobar que conozco, es admirable. Todas son distintas; y a través de ellas se puede estudiar el carácter de las personas. No hay duda alguna que Escobar era un psicólogo. Lástima grande que no se hubiese dedicado exclusivamente a pintar cabezas, porque entonces los defectos de dibujo, de perspectiva y de modelado que se observan en otras partes del cuerpo, particularmente en los brazos y manos, no existirían, y su obra hubiera posido considerarse casi perfecta.

* * *

En las paredes de la casa de D. Cándido Gamboa no colgaban más que dos retratos; el de él y el de Doña Rosa de Sandoval, su mujer. Ambos los hizo Escobar. No podemos tomar este hogar como típico de una familia acaudalada de principios del siglo pasado. Gamboa fue el primero de su apellido en la Isla; llegó a ella sin otra instrucción que lectura, escritura y las nociones de aritmética indispensables para encontrar acomodo en el comercio. Empeñado en levantar una fortuna, la logró crecida, sin que, en sus años de lucha por el Vellocino de Oro, siguiera el ejemplo de peninsulares meritísimos, que en su devoción por Mercurio no olvidaron que la ilustración y la cultura constituyen realmente la grandeza de los pueblos, mezclando a sus empresas mercantiles el cultivo de las letras. Gamboa jamás sintió la más ligera inquietud intelectual; su vida, vulgar y oscura, no sabía de otras emociones intensas que el temor de perder, a manos de los ingleses, un cargamento de esclavos, o la baja del azúcar. La criolla Rosa Sandoval, pese a lo principal de su cuna, intelectualmente estaba muy por debajo del marido. Sin embargo, de esa misma época queda la memoria de grandes casas suntuosamente alhajadas, y en las cuales había pequeñas colecciones de cuadros, como la que reunió en su habitación de Mercaderes el primer Conde de la Fernandina; estaba la casa del segundo Conde de Santovenia; la de los Cuesta; la del “tío Montalvo” de que nos habla la Condesa de Merlín; la de O´Farrill, y otras muchas más, en las cuales estas familias reunieron muebles, estatuas, cuadros y objetos de arte adquiridos en sus dilatadas estancias en Europa o en los numerosos comercios de lujo con que contaba La Habana.

Si el puñal de José Dolores Pimienta no hubiese tronchado la vida de Leonardo Gamboa, y si Villaverde hubiese descrito el hogar que iba a construir con la dulce y espiritual Isabel de Ilincheta, entonces serían cuadros de Metcalf, que tenía su estudio en la calle de Peña Pobre Nº 1 esquina a Aguiar, los que colgasen en las paredes de aquella casa; o los de Colson, de la Sociedad Libre de Bellas Artes de Francia; o de Santiago Johng, de la Real Academia de Pintura de Holanda; o de Vermay o de otros pintores distinguidísimos que, desde los comienzos del siglo XIX, recogieron en sus pinceles privilegiados la gracia atrayente de nuestras mujeres, la energía y virilidad de nuestros hombres y los matices esplendorosos de la tierra cubana.



Por: Evelio Govantes
La Habana (ca.1920-1930)