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La avalancha y los recuerdos, el anillo y el estanque
Antonio Correa Iglesias
 
Abordar la producción de imágenes en el contexto contemporáneo del arte y no solo de este, siempre constituye un reto, una vez que las imágenes recorren el mundo, y en su andar abarrotan las posibilidades de discursividad y narratividad. De cierto modo el estado no solo de la producción sino también del consumo de imágenes en el contexto contemporáneo de nosotros mismos, tiene mucho que ver con un modo donde predomina más, un torbellino irrefrenable de perturbaciones, que un estado analítico sobre la imagen misma. Ello no va a desvirtuar las potencialidades heurísticas de la imagen y las zonas de conectividad que promueve, pero si alude, por la propia naturaleza del reciclado, a una suerte de vaciamiento ontológico.

El supuesto del “vacío ontológico”, razón no necesariamente sustancial a la imagen, sino más bien al estado y al gestor que desde la transferencia se manifiesta, tiene que ver con la “desnaturalización” en cuanto pérdida de la referencialidad como construcción rigurosa. La imagen se “vacía”, ontológicamente hablando, una vez que se a-temporaliza y pierde la contextualidad, no solo en el orden del discurso, sino también en el orden del autor. Esta es, si así se quiere una plataforma que no podemos obviar cuando pretendemos establecer un juicio crítico sobre la producción, en este caso de la imagen visual, no importa si desde la estética, la teoría del arte o la producción y práctica simbólica misma. Máxime cuando los dispositivos tecnológicos y culturales promueven una visualidad que, desde la imagen, enfatiza su carácter efímero, producto del pertinaz torbellino que desde la transferencia tecnológica se manifiesta. Este ir y venir de la imagen modifica la propia preocupación no solo morfológica de la imagen misma sino también sus presupuestos conceptuales. De aquí que, enfrentar estos dilemas supone estar instalado en uno de los temas más trascendentales por importantes, desde el contexto contemporáneo de los saberes.

Un poco de todo esto y más he podido intuir y conversar con Ossain Raggi, un poco de esto y mucho más he encontrado en una obra minuciosa e íntimamente intensa que de cierta manera está hoy aquí.
“El anillo y el estanque” no solo constituyen una de sus más recientes muestras, es, cuando más, un espacio reflexivo que se abre desde una mirada que reconoce la poética de un espacio. Lo fotográfico direcciona una vez más nuestra mirada, y nos ubica en un juego de permanente visitaciones. Habitar estos ámbitos cargados de fantasmagorías, nos conduce a una suerte de estado de fascinación donde el tiempo se desvanece y la imagen perdura, exasperada hasta el extremo de su enrarecimiento. El otro que mira y se observa observando el espacio, se hace presente en una obra que no solo recurre a la re-presentación de lo arquitectónico sino a las infinitas complicidades que desde ello se ponderan.

El hacerse presente en la mirada y bajo esta, recupera un hechizo hipnotizador poco frecuente en una época saturada de imágenes que, aunque “vacías” -ontológicamente hablando- ocupan un lugar en la conciencia colectiva.
La voracidad narrativa y la limpieza técnica de “El anillo y el estanque”, ejercicio otro sobre un espacio ya emblemático en la cultura cubana, constituye un acercamiento intimista a uno de esos recintos cuyas resonancias hallamos, -pudiéramos decir- desde el misterio de una experiencia vivencial. Recorrerlos constituye el modo de habitarlos, habitarlos es solo el modo de cargar con sus magnéticos hechizos, con sus viscerales ecos.

“El anillo y el estanque” se constituye en homenaje a los hacedores primordiales, a los que recogieron el espíritu de una época ya extinta, aunque la perpetuidad de su obra evoque permanentemente un origen ya extraviado. Instalado en estos presupuestos, Ossain Raggi -cuyo tono enfático no deja margen a la dilación- experimenta en esta serie una suerte de reducción cromática cuyo dramatismo, intensidad y complicidad hablan no solo de aquel que en la indagación ha encontrado el anillo perdido en el estanque, como nos recuerda José Lezama Lima, sino también aquel que, en la posibilidad versificadora de esta experiencia, descubre intersticios cálidos donde habita la poesía. Como un infante abarcador y comprometido, infinitamente creador, Ossain Raggi nos muestra la experiencia mágica de quien mira desde abajo y desde arriba para descubrir un multi-verso otro colmado de provocadoras curvas que invitan a la meditación y al goce perpetuo. Curvas que, como iteraciones, rememoran una tradición de voluptuosidades enardecidas y efervescentes, proporción magnánima del ardoroso surtidor del cual todos venimos y al cual todos irremediablemente vamos y que en esta muestra ocupa un lugar privilegiado.

La aguda selección de los motivos fotográficos, la composición de las imágenes, la muy bien lograda atmósfera, en oportunidades matizada por lo húmedamente penumbroso y acogedor que supone sus interioridades, así como los emplazamientos en términos de encuadre, hacen de esta serie una suerte de obertura al siempre increíble mundo mágico de la forma, de sus permanentes bifurcaciones, de sus laberintos, de sus jardines interiores, de sus bocanadas de luz que refrescan la mañana y disipan las agonías. Ossain Raggi, arrastra consigo una maleta cuyas visitaciones fotográficas rememoran al artesano que conforma persistente y afanosamente sus elucubraciones. La conjunción fotográfica de la obra toda nos acecha, nos persigue desde su intimidad para devorarnos, modo único de habitar las complicidades laberínticas de su “irrealidad”. De este modo, “El anillo y el estanque” se convierte por derecho propio en una invitación permanente, Ossain Raggi es entonces, cuando más, un ser libre en la construcción del relato, y prisionero, luego, de la realidad descubierta, aquí está la riqueza de esta obra y de cierto modo el reclamo de sus visitaciones.

La avalancha y los recuerdos, el anillo y el estanque.

Por: Antonio Correa Iglesias.