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Confesiones
Ever Fonseca
 
En mi pintura quiero revelar mis conceptos, proponerlos desde mis vivencias. Quiero dar en garabatos y signos mis observaciones, mis reflexiones sobre la transformación creativa en dualidad con la naturaleza y la percepción plástica de mi pintura primigenia. Así, desde la infancia a la adultez, aspiro a demostrar el desa¬rrollo de la expresión intrínseca de los pigmen¬tos como materia. Por esto quiero representar en signos expresivos la fuerza que anima y mueve los modos de transformación de los pigmentos plásticos en la vida de las cosas; los incentivos que desafían al desarrollo de la imaginación, al pensamiento; la necesidad de expresar el domi¬nio de la materia en los factores que, por fuerza propia, hacen evolucionar y desarrollar los distintos modos de la expresión comunicadora de la naturaleza en el hombre como identidad. De ahí, seguir las fuerzas de expresión plásticas, de ese ánimo creador devenido actitud comunicativa; de las esencias de los valores más puros cuya existencia, representaciones contenidas e invisibles, son como semillas de voces que para germinar esperan por la luz.


Paradójicamente para mí, el origen de la pintura no empieza solamente en la prehistoria y se desarrolla hasta nuestros días como algo separado de su origen a causa de su evolución. También tiene un origen similar en la pintura que nace en la infancia. Así la ubico en su inicio paralelo, pasando por distintas etapas de la infantil-primitiva, en un desarrollo autodidacta hasta que se desenlaza en la pintura vanguardia.


La pintura vive en mi obra como existe ya la abeja en la larva o en el niño la pintura infantil. Yo soy un receptor, comunicador y descubridor de la naturaleza de la expresión plástica. Todos los días me sorprende lo nuevo: una actitud humana o la aparición de algo en la transformación de lo complejo a lo sencillo, por ejemplo, observar las nubes, la silueta sugerente de los árboles, o simplemente, el cielo completamente azul. Siento la creación como siento el amor o la necesidad de expresar algo hermoso y bello. Es para mí una actitud vital ante la vida.


Siempre quise transmitir estas emociones y alegrías y compartirlas con el prójimo. Recuerdo que con mis niños subía de noche al techo de casa, para descubrir estrellas fugaces en el cielo formando, en las combinaciones de unas con otras, el cosmos imaginario de las constelaciones que procuran los navegantes. Otras veces los llevaba a descubrir en el campo las varieda¬des de aves e insectos vistosos; las complejidades de plantas, arroyos y flores. En ocasiones los entregaba a las maravillas de la naturaleza, al encuentro con las crías de los animales, a la diversidad de formas y diseños en colores del bosque, a las plantas de llamativas apariencias. Así, en algún momento de la vida del bosque, quizás con la sorpresa de descubrir los nidos de sinsontes y tomeguines, yo aprovechaba para inventarles historias sobre la evolución.
Descubrir lo inmenso del mundo que me rodeaba reafirmó mi forma de valorar las diferencias que me identificaban con las cosas. Por ello constituyó una gran motivación encontrar el camino de las artes plásticas a finales de los años 50. Mi pintura, lo admito, es originalmente autodidacta, ingenua, mágica, transformadora, conceptual y creadora.


A principios de la década del 60 entré en la ENA y continuó el ciclo de los descubrimientos, ahora más intelectuales, al conocer a los representantes de la vanguardia pictórica de la época, con lo cual prolongué y concreté el desarrollo de mi pintura hacia la madurez. Independientemen¬te de mi raíz campesina, el hecho de que la escuela estaba enclavada en medio de un bosque atravesado por un río, con árboles llenos de sugerencias y expresión, sirvió de puente y puerta al desarrollo. Así, vino el descubrimiento cons¬tante del arte y su revalorización, como punto de partida para el devenir de la creación en cada época, en busca de una identidad más acorde con nuestro origen y tiempo.


De todos aprendí: de Carlos Enríquez, de Víctor Manuel, de Portocarrero, de Amelia, de Lam. Asimismo de aquellos que, luego de la Segunda Guerra Mundial, descubrieron las culturas precolombinas y con sus obras provocaron la con¬tinuidad de la evolución en mi trabajo, desde la pintura infantil a la naif, a la pintura revalorada de la época. También me siento deudor de las influencias foráneas del pop, del arte óptico, del expresionismo plástico de Carlos Enríquez y de esa mujer excepcional que fue Antonia Eiriz.


Hasta hoy he ido desentrañando esencias. Sin detenerme, en el camino que comencé a andar en mi infancia aún continúo proponiendo el fruto de mis sentimientos. Y con toda franqueza, descubro que el diálogo con la evolución de la vida en la plástica es la obra creadora e integral que nos depara la convocatoria de un arte comprometido con el desarrollo cultural, de origen transformador. Ese es, finalmente lo confieso, el saber que contribuye al desarrollo humano.


EVER FONSECA
La Habana, diciembre de 2008