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Adigio Benítez: rescate de una ilusión.
Pedro de Oráa
 
Adigio: Rescate de la ilusión.
Por: Pedro de Oraá


Un pintor no es bueno ni mejor por representar de modo espectacular su circunstancia, sino cuando la rebasa haciendo de ella trasunto poético, pretexto metafórico, diferencia. La traslación analógica de la realidad nada nos dice porque la realidad está ahí, suficiente, diciéndose ella misma. Explicarla, con solo describirla, es el más estólido intento. Para aprehenderla, acudimos a la intuición. Para asumirla, acudamos a ese vértice de la conciencia que nos accede a nueva visión, que es su fuente secreta, su dinamo creadora.



El trayecto de Adigio Benítez por la pintura es la perseverante tentativa por el cambio del significante; es la búsqueda del espacio inédito en el paisaje y de la alteridad de su persona propia. La estela permanente, acumulada entre los últimos ciclos de su pintura, transmite esa contienda sostenida contra marcados hábitos y maneras de plasmar las imágenes ya cumplidas en la exigencia civilista.



Sin dejar de ser él mismo, un partidario de las causas salvaguardas del hombre cotidiano, el raigal protagonista del tiempo, ya el pintor va siendo otro, porque ya ha decantado su iconografía. Procedente de una tradición peculiar en las artes visuales del siglo veinte cubano, su trabajo dentro del género de la ilustración política halla estrecho paralelo con las incursiones en esta modalidad de dibujo –que no siempre ha de ser humorístico -, por Marcelo Pogolotti y Carlos Enríquez, y sobre todo con Eduardo Abela y Julio Girona, quienes la practicaron con una frecuencia notable en la prensa periódica plana y más tarde devinieron paradigmáticos pintores. Adigio, alcanza ahora, resultado de una dedicación ininterrumpida, esa categoría.



Cuidándose de no lastrar los procedimientos y técnicas de la obra pictórica con posibles rezagos de aquella práctica dibujística, máxime si esa obra se presenta ostensiblemente concebida como un tramado cuya construcción es por excelencia lineal y no ejecutada por manchas ni empaste de pigmento, y mucho menos texturada a la manera del action painting o del informalismo matérico, Adigio sigue pacientemente la elaboración de un estilo que se verifica en el plano, recurre a los efectos de luces y sombras para lograr corporeidad virtual, y se realza en la prodigalidad del color.



Tales características han favorecido su acercamiento al fenómeno de apropiación del acervo artístico por el movimiento posmoderno, y a la estilística más frecuentada por ese movimiento: la que se apoya en la preponderancia del dibujo sobre la carga de colorido, pues que la imitación –sea mimética o paródica -, se concentra en la línea y la forma antes que en la pigmentación. Pero también ha servido al pintor en la toma de elementos en tendencias como el pop-art y el op-art, dados a remarcar los contornos de la figuración.



Y a toda esa mutación especulativa de la posmodernidad opone el pintor cubano la esencia de su poética. No se detiene en la complacencia de rehacer lo hecho y por lo tanto se separa drásticamente de la superficialidad de su formulario. Llenos de significado y lirismo cada ciclo, cada obra, ensaya nuevos referentes objetuales que oscilan en la frontera entre la vigilia y el sueño, entre la realidad y la imaginación. Hay una voluntad de relación armónica con el mundo viviente; aflora en sus relatos icónicos clara expresión de empatía y alabanza hacia su existencia: está su propuesta estética en el extremo antípoda de una considerable corriente del arte contemporáneo que sólo exacerba la técnica y se asiste de la tecnología, que solo atiende la apariencia y se ocupa de nimiedades por toda temática, vacía de sentido, de futuridad.



Despliéguense los papirotes fuera de los bordes de sus lienzos. Vuelen las pájaras salidas de la tela sobre la isla radiante a la que pertenecen...



La Habana, julio de 2003

(Palabras para el catálogo de la muestra “Adigio Benítez pinturas 1957- 2003” expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes de septiembre a noviembre de 2003)