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EL DUEÑO DE LA IMAGINACIÓN
Toni Piñera
 
Javier Dueñas pinta lo que ven sus ojos en la cotidianeidad y establece un juego de imágenes semánticas y pictóricas que despiertan en el espectador múltiples evocaciones, acumuladas en sus adentros desde su propia génesis.
Dueñas —valga la redundancia— es dueño de una imaginación peculiar. Su modo de resignificar el complejo de imágenes que toma de cualquier sitio —obras de arte, visiones circundantes, representaciones y símbolos del ambiente típico cubano...—, no es un simple acto de apropiación, sino algo más: la posibilidad de traducir a las razones de su sensibilidad y pensar todo cuanto sus ojos le redescubren.
En él se conjugan el sentido del humor, el juego que recompone, y la lógica de un pensar sugerente. Así, la concepción de la historia gráfica, la abstracción o la figuración plástica, el diseño que une materiales diversos y la poesía que en el artista suma valores universales con referencias de “tierra adentro”, además de estructuras visuales que no siempre responden a la noción habitual de estilo.
No es un paisajista en el sentido tradicional del término, a pesar de que su pintura aparenta lo contrario. En su obra el paisaje es un medio y no un fin, constituye un símbolo que expresa múltiples significados. Esta polisemia afecta todos los sistemas operativos, de esa forma, cada una de las representaciones que se disuelven e interpelen en los diferentes planos poseen una naturaleza conceptual.
Su obra tiene mucho movimiento, y este se logra casi siempre, dada las inquietudes plásticas del creador en su afán por explorar la línea y el dibujo —base de sus experimentos pictóricos—, junto al valor de las manchas de colores y las pinceladas sueltas, sobre las superficies variadas en las que indistintamente trabaja, para así constituir un rico y diversificado arsenal de formas que dinamizan su discurso visual-estético.
Dueñas se adueña de la tradición, las costumbres pueblerinas y la historia. Pero no lo hace por vía lineal. En su hacer hay un campo mediático: la morfología y los motivos de la historia artística. Eso explica la actualización de “campesinos felices” del cubano Carlos Enríquez, donde ya no es el “guajiro” empobrecido de ayer el que muestra, sino cierto espécimen del campo nacional de hoy a quien el “Mercado campesino” ha convertido en florecido negociante. Por medio de semejante operación de cambio introduce significados nuevos: la ironía, la burla, el toque inteligente, que desatan en el espectador necesarias reflexiones.
Hay en el creador una voluntad de búsqueda que lo dimensiona. En vez de contentarse con la repetición cómoda de fórmulas descubiertas, se propone en cada obra un problema requerido de solución. Esa es la causa de las disparidades, y es esa también la tónica de un espíritu que no sólo ordena y embellece, sino que pregunta, cuestiona, valora y confunde. La suya es la perspectiva de un artista de ideas, de los que no solo satisfacen el deseo ornamental, de los que traen consigo un “sueño de tempestades” que solo calman con cada pieza realizada.

Toni Piñera, Diciembre 2002