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El imprescindible Muñoz Bachs
Sara Vega
 
Evocar la obra de Muñoz Bachs es una referencia obligada de la cartelistica del ICAIC producida a partir de 1959, especialmente por lo que ella significó para las artes plásticas en Cuba. Entre los protagonistas de aquella nueva visualidad se destacó, sin dudas, este singular creador que no solo diseñó carteles de cine sino también dibujos para filmes animados, créditos de películas, programas para la Cinemateca de Cuba, promociones de eventos políticos y culturales y cientos de ilustraciones para libros infantiles editados en nuestro país y en el extranjero. Aunque conocido más, y ejemplarmente, como diseñador e ilustra¬dor, llevó también a cabo una intensa labor pictórica en diversos formatos —raras veces exhibida—la cual hoy es conservada con celo por familiares y amigos.
Nacido en Valencia, España, 1937, y asentado en La Habana desde su primera infancia, siendo muy joven trabajó para el sistema de la televisión y en el de¬partamento de comerciales animados de la publicitaria Siboney.
Ubicado más tarde en el ICAIC, Muñoz Bachs pudo realizar dibujos para algunos de los nuevos animados cubanos. Su propuesta general de trabajo, más la concepción de ciertos personajes para la animación, resultaron un claro antecedente de aquellos elementos que luego se manifestarían en sus carteles para cine. En relativo corto espacio de tiempo estos terminaron por fundar las bases definitivas de su línea de creación: amplia gama cromática, dominio pleno de la ilustración y eficaz sentido del humor.
Como dato curioso, es notorio señalar que fue Muñoz Bachs quien diseñó el cartel para el primer filme cubano producido y exhibido por el ICAIC: Historias déla Revolución (1960): el placer que experimentó al concebir esta obra y el resultado obtenido en materia de deslumbramiento e interés personal, lo inclinó a abandonar la realización, en lo adelante, de dibujos animados para dedicarse de lleno a diseñar carteles. Aunque él mismo siempre se consideró dibujante e ilustrador, fue la cartelistica el género por el que obtuvo mayor reconocimiento.
Hábil con la pluma y el pincel se sirvió, con talento y habilidad, de lo mejor de la ilustración de todos los tiempos, sobre todo de aquella cercana a los dibujos infantiles. Creó un estilo tipográfico muy personal, en el que los textos, siempre dibujados, se integraban al resto de la composición gráfica.
Utilizó con frecuencia la figura de Chaplin, escogida por la importancia de este personaje dentro del mundo del cine y las múltiples posibilidades que ofrecía para ser recreada de muy diversas maneras.
En Muñoz Bachs, lo que parece simple, sencillo, es el resultado de una larga experiencia en el terreno del dibujo, la ilustración y, salvo contadas ocasiones, la fotografía. El uso de esta última expresión se observa en el cartel mencionado de Historias de la Revolución, y también en Los impostores (1970), ¡¡memos los coroneles (1974), Bisturí, la mafia blanca (1975), los cuales llaman la atención de especialistas y público por tratarse de algo diferente dentro de su ha¬bitual creación.
Su obra se caracterizó, además, por la utilización del grabado, de viñetas impresas e imágenes recortadas de aquí y allá. En los primeros años de la década del 60 podemos apreciar la influencia de la pintura académica y de vanguardia del siglo XX, y de movimientos importantes de la segunda mitad del siglo, como el popart.
Al preguntarle en cierta ocasión sobre específicas influencias dentro del terreno artístico, reconoció las de André Francols, Ben Shan, Pablo Picasso, Modigliani y Steinberg. En cuanto al universo de los carteles no se sintió sobrecogido por algún autor o escuela, con excepción del polaco Jan Lenika, lo cual, en última instancia, muestra su interés profundo por asimilar preferentemente los aportes del dibujo, la pintura y la ilustración universales. A pesar de no ex¬perimentar restricciones formales y estéticas a la hora de abordar cualquiera de los carteles asignados —sin contar las materiales, por supuesto— sentía inclinación, por lo general, hacia lo figurativo.
Quizás lo más trascendental en la obra de Eduardo Muñoz Bachs es la elaboración de un imaginario muy personal donde habitan personajes cercanos a lo que pudiera considerarse un universo de fábula: peces, arlequines, payasos, unicornios, juglares, leones, pájaros, toros, aves, en medio de jardines exuber¬antes con flores de gran colorido.
En un contexto local, en el que la mayoría de los diseñadores abogaba por el uso de códigos gráficos complejos a partir de elementos no figurativos, Muñoz Bachs afrontaba su trabajo con una aparente simplicidad que le ganó la aprobación inmediata de grandes sectores del público e hizo que sus carteles fueran reconocidos por un solo golpe de vista. Mientras otros diseñadores apelaban a un mayor nivel intelectual y a la complicidad culta del espectador, Muñoz Bachs ponía el acento en signos y evidencias elementales, sencillas, imposibles de no ser comprendidas o decodiñcadas.
Entre sus galardones se encuentran el Primer Premio Internacional de Filmexpo, Otawa, 1972; Premio Especial en el Festival de Cine de Cannes, 1973; Premio al Mérito en el Concurso Internacional de Carteles de cine en el Festival de Cine de Cannes, 1974; Gran Premio de Carteles de cine, Primer Festival Internacional Cinematográfico en París, 1975; Primer Premio del Concurso de Afiches de Cine, organizado en 1978 por The Hollywood Reporte?] Gran Premio Coral, por sus mejores afiches para el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, (1983) y Primer Premio Coral, para los filmes Niños desaparecidos y Gallego (1985 y 1988), respectivamente, además de otros premios y menciones obtenidos en diversas ediciones del mismo Festival.
Dos meses antes de su muerte diseñó su último cartel de cine para Havana Film Festival, New York 2001. Por otra vez utilizaba con humor la figura de Chaplin, añadiéndole en esta ocasión atributos de la famosa Estatua de la Libertad: sobrepuso la corona al clásico sombrero de hongo y colocó en una de sus manos la antorcha que, en vez de fuego, desprende cintas de celuloide de diversos colores.
En este 2007, este gigante del cartel cubano cumpliría setenta años. Sirva esta exposición como homenaje a uno de esos seres imprescindibles, desde hace mucho, para la gráfica, la ilustración y la cultura visual de nuestro país, de nuestra región insular y continental y del mundo.


Sara Vega