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Historia sintética de los Teatros Habaneros
Mario Lescano Abella
 


Desde los días remotos del principal de la Alameda de Paula hasta los días, ya no tan próximos, de la Juventud de la República.


Los viejos teatros habaneros van desapareciendo unos tras otros. No hace mucho cambió de dueño uno de los últimos supervivientes: el de Payret, del que se dice que será derribado apenas se haga la paz. Resulta, por tanto, oportuno e interesante husmear entre papeles viejos en busca de antecedentes y datos que ayuden a contar su historia. Nosotros hoy vamos a intentarlo al correr de la pluma y con la única autoridad que nos presta nuestra simpatía por las cosas de la Habana ida. El lector maduro hallará, a veces, en el relato reminiscencias familiares. El lector joven tendrá que pensar, a la fuerza, que hubo un mundo antes que él lleno de sus propias ansiedades, persecutor de la alegría y la emoción, gestando de continuo por la cultura y el progreso.

Hacer un recorrido por los viejos teatros habaneros es adentrarse en las sombras del pasado, despertando con nuestro paso, por muy suave que sea, muchos fantasmas hundidos en la nada. El viaje será grato porque saldrán a recibirnos y aún nos acompañarán, figuras que, en su tiempo, alcanzaron celebridad. Invitamos al lector a seguirnos por una ruta, ahora en silencio, y que antes estuviera llena de alegría, juventud y fuerza. La jornada, lejos de ser fatigosa, tendrá sus alicientes si el escritor acertó a comunicarle ligereza a la pormenorizada reseña. Es decir, a hacerla fácil y veloz como el transcurso de los días amables de la vida.

El Teatro Principal

En 1834 un joven forastero que se encontraba en La Habana, donde había sido muy bien acogido por la juventud intelectual –el italiano Pablo Voglia- asistió a una representación de “El Barbero de Sevilla” en el Teatro Principal, que estaba al principio de la Alameda de Paula y que fue el primer coliseo de veras que la capital de Cuba tuvo. “El Teatro –escribió- es bonito y digno de atención. Está construido a la francesa, difiriendo de los de Italia, en que los palcos están separados y son un poco más cómodos. También en el de los habaneros se goza mejor del golpe de vista, pues desde cualquier parte se ven todos los espectadores y el sexo encantador adornado con todas sus gracias”.

El Teatro Principal, empero, no debió ser muy interesante, como lo prueba el hecho de que Cirilo Villaverde, tan enamorado de las descripciones habaneras, apenas aludiese a ese teatro en el sexto capítulo de Cecilia Valdés, cuando hace que Leonardo Gamboa vaya al Principal en busca del alcalde mayor Fernando O´Reilly a quejársele del secuestro de su virgencita de bronce. Villaverde sólo anota que aquella noche se cantaba la ópera “Ricardo y Zoraida”, del maestro Rossini; y que era entonces empresario de la compañía don Eugenio Arreaza; que la función se daba a beneficio de la Santa Marta; que dirigía la orquesta don Manuel Cocco y que el patio o corral y los palcos se hallaban medianamente ocupados “por un público nada aficionado entonces a las funciones líricas”. Sin embargo, Villaverde habla en el mismo párrafo “del lindo Teatro Principal”.

Siempre que se trata de La Habana vieja hay que acudir al testimonio de don José María de la Torre, que consignó en su valioso libro “Lo que fuimos y lo que somos”, que el Coliseo, conocido después por Teatro Principal, lo construyó el Marqués de la Torre, gobernante de buen recuerdo, con auxilios del vecindario y para dotación de la Casa de Recogidas, “siendo en su época el más hermoso y bello teatro de la Monarquía”. Desde fines del siglo XVIII se cantaron en él obras españolas y en 1834 óperas italianas. Doce años después, en octubre de 1846, lo destruyó un ciclón cuando acababan de repararlo, dejándolo “elegante y espléndido”.

Antes los habaneros aficionados al teatro tuvieron la “Casa de Comedias”, en el callejón de Jústiz, que se trasladó después a la Avenida de Paula y finalmente al Campo de Marte, donde empezó su carrera dramática Francisco Covarrubias, el primero de nuestros cómicos. También hubo otro teatro en la calle de Cienfuegos y en 1830 se abrió el Diorama que cuando el ciclón de 1846, fue destruido con el Principal. Cabe la sospecha de que eran muy fuertes los ciclones de entonces o muy frágil la estructura de los teatros.

Sobre el Principal también hallamos detalles en el “Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba”, de don Jacobo de la Pezuela, editado en Madrid en 1863. Refiere que se abrió en 1773, que era un modesto pero capaz teatro de mampostería y tabla en un punto descubierto llamado el Molinillo, donde termina hoy la calle de los Oficios. Costó la obra más de treinta y cinco mil pesos fuertes. El Marqués de Someruelos, a principios del siglo XIX, derribó el teatro primitivo y en el mismo solar edificó otro, todo de mampostería y conforme a un plano muy parecido, en su extensión y distribución, al del teatro del Príncipe en Madrid. En 1846, por orden del capitán general O´Donnell, se encargó de su reedificación el general de ingenieros don Mariano Carrillo de Albornoz. Tenía la obra terminada y se estaba esperando a una compañía italiana que, procedente de Génova, debía venir a inaugurarlo, cuando en la noche del 10 de octubre, sopló el horrendo temporal a que antes aludimos, derribándolo.

El sucesor de O´Donnell, el conde Alcoy, proyectó repararlo pero, según Pezuela, había un interés muy activo en ponerle obstáculos a la tarea. Lo probable es que don Pancho Marty, que desde hacía diez años disfrutaba del teatro Tacón, que había levantado de su peculio, laborase a la sordina para no tener competidor. Los terrenos al fin fueron rematados en 1861.

El Teatro Tacón

Doscientos mil pesos fuertes costó el teatro Tacón pese a que lo levantaron brazos del Presidio y que el Gobierno suministró los materiales. El arquitecto don Antonio Mayo, por orden del opulento don Francisco Marty y Torrens, hubo de construirlo en lo que entonces se llamaba extramuros. “Miraba, como dice Pezuela, a la alameda de Isabel II y a las puertas de Monserrate, es decir, al más animado centro del paseo principal y en el ángulo de una de las calles de más movimiento en los arrabales”. Tenía, según el propio historiador, estructura, capacidad y elegancia muy semejantes a los del teatro Real de Madrid y del Liceo de Barcelona, pero en su exterior “casi todo lo dejaba que desear”. Les basta a los que no lo conocieron, la gente moza de hoy, ver las láminas que se conservan del que se llamara muestro máximo coliseo, para darse cuenta de que no tuvo el arquitecto Mayo que exprimirse mucho el magín para proyectar la fachada del Tacón. Ocupaba un área de seis mil ciento setenta y seis varas cuadradas, contaba con setenta palcos, quinientas cincuenta y dos lunetas, ciento doce butacas, seiscientos asientos de tertulia y seiscientos de cazuela. En los pasillos podían acomodarse de pie setecientos cincuenta personas, entre ellas, naturalmente, los botelleros de entonces que no se atrevían, como los de ahora, a reclamar asientos cómodos.

“La entrada principal, dice Pezuela, es un pórtico de elegante sencillez, con tres arcos al frente, y uno de los costados con columnas de mármol intermedias, y tres de relieve sobre obra de piedra en ambos ángulos. Contiguo a la derecha de la nave del teatro, corre un edificio bajo con el frente a la alameda y el costado a la calle de San José y de dos pisos por el fondo, donde están establecidos las dependencias y los talleres de la empresa”. Se inauguró Tacón el domingo 28 de febrero de 1838 con un baile de máscaras. Algunos días después se estrenaba el escenario con la representación del drama en cinco actos “Don Juan de Austria o La Vocación”.

Don Pancho Marty, que era muy rico y listo, no debió sentirse satisfecho con las ganancias que le producía el coliseo de referencia, porque lo vendió a la compañía anónima del Liceo de La Habana en la suma de setecientos cincuenta mil pesos fuertes. Estuvo cerrado, en reparaciones, los años 1858 y 1859. Lo recuperó Marty por dificultades en cobrar el precio de venta. Muerto el intrépido catalán, pasó a manos de su viuda, la señora Carrillo de Marty y sus hijos, que lo vendieron a los señores Silveira y Ceballos. Estos quisieron que lo adquiriese la República, que estaba en sus balbuceos, pero se negó el presidente Estrada Palma. Al fin lo compró el Centro Gallego, que se comprometió a llamarlo Teatro Nacional. Este nombre tuvo Tacón por más de dos lustros hasta que lo derribaron para construir el actual teatro Nacional, el bello coliseo que es honor urbano de la capital.

En “Don Juan de Austria o La Vocación”, el drama con que se inauguró el Tacón en 1838, tomó parte Francisco Covarrubias que, además de histrión, era autor y daba al teatro, como el Fénix de los Ingenios, las obras en veinticuatro horas. En 1841 debutó allí don José Robreño, de una familia ilustre en la historia artística cubana. En aquella escena se presentó, asimismo, la notable actriz Adela Robreño, que figuró en la Compañía de Matilde Diez y Manuel Catalina, sobre cuya temporada en nuestra capital ya nosotros hemos escrito ampliamente en otra oportunidad.

Por el escenario del Tacón desfilaron las más brillantes luminarias del arte dramático universal. En él actuó, en 1867, la insigne Adelina Ristori, que hubo de inspirar a Enrique Piñeyro once artículos admirables, que aparecieron en el volumen “Estudios y conferencias de historia y literatura”, publicado en Nueva York en 1880. También se presentó en nuestro glorioso teatro la maravillosa Sarah Bernhardt, cuyo debut fue el 10 de enero de 1887 con “Fedra” de Racine. Después trabajaron Constant Coquelin y Jane Hading; Virginia Reiter y Emmanuel, de cuyo Romeo y Julieta se asombraron los habaneros de entonces. Después pisaron la escena del Tacón Mme. Louise Rejanie e Italia Vitaliani. Respecto a grandes cantantes, podría hacerse una lista interminable. Mencionaremos Tanberlick, el más grande tenor de la época; el insigne Aramburu, a la Pedovani, a la Tetrazini, a Paola Marie, a mademoiselle Theo, a la señora Luca, a los tenores Lestelier, Caput y Capone. También actuaron en Tacón celebridades hispanas como Elisa Mendoza Tenorio, Rafael Calvo, Pedro Valero, Emilio Mario, Balbina Valverde, Antonio Vico, Leopoldo Burón, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, Larra, Balaguer, Enrique Borrás, Anita Ferri, Rosario Pino, Concha Catalá y Emilio Thuiller.

En las postrimerías de Tacón hubo allí alegres espectáculos de opereta como la Compañía de Sconamiglio, en la que figuraba Ana Perrini y Ana Gatini y la compañía de revistas Florodora, que entusiasmó a los habaneros de a principios de siglo. Antes de que derribaran el teatro ofreció en el ilustre escenario una temporada muy feliz la actriz cubana Luisa Martínez Casado. En 1915, una brillante noche del mes de abril, fue inaugurado el actual Gran Teatro Nacional con la ópera Aída, cantada por Juanita Capella, José Palet, Titta Rufo, María Gay y Manzueto. Del viejo Tacón sólo quedaba el recuerdo.

El Teatro de Villanueva

Casi nadie se acordaría del teatro de Villanueva si en él no hubieran ocurrido, durante la guerra de Yara, luctuosos acontecimientos de honda repercusión en la historia nacional. Lo construyó en 1846 don Miguel Nin y Pons, que era protegido del famoso Conde de Villanueva, en el solar donde hoy se halla el edificio del Trust de Tabaco, a la vera del Palacio Presidencial. Y lo construyó de tablas porque las autoridades militares de la colonia no consintieron que se alzara sólido y permanentemente en un sitio que era el mismo glacis de las murallas que defendían La Habana. Según Pezuela, era un teatro sencillo, con una sala interior distribuida en dos órdenes de palcos abalconados, anfiteatro y filas de lunetas. Cuando estaba en reparaciones el teatro Tacón, el de Villanueva, que primero se llamó “Circo Habanero”, albergó grandes compañías de óperas. Pero ordinariamente funcionaban allí compañías de versos, prestidigitadores y acróbatas. También compañías costumbristas, las que se llamaban de bufos cubanos. El teatro era capaz de contener cuatrocientos mil trescientos concurrentes.

El 21 de enero de 1869 se celebró en ese coliseo una velada donde reiteradamente se manifestó, entre el público, la simpatía por los que guerreaban junto a Carlos Manuel de Céspedes en defensa de la libertad de Cuba. Fueron con el chisme al gobernador que impuso una multa de doscientos pesos a don Nin y Pons. También llamó a su presencia a los artistas a que se atribuía que cantaron canciones con letras subversivas, requiriéndolos seriamente. La suspicacia colonial estimó que era para recaudar fondos con destino a la revolución. Parece cierto que aquella noche se reunió en Villanueva un núcleo numeroso de devotos de la independencia. Durante la primera parte de la función todo fue calmo. En la segunda cuando la representación de la obra “El perro huevero”, y casi al final, uno de los actores bufos recitó: “Viva la tierra que produce la caña”, lo estimaron los integristas como una provocación y dieron muestras de cólera, a las que respondió gran parte del público valientemente. Riñeron unos y otros hasta que avisados los voluntarios en número de mil atacaron el teatro, sembrando, entre el público, en casi su totalidad indefenso, el pánico y la muerte. Fue un acto en que la turba colonial, representada por los tristemente célebres voluntarios, evidenció su despecho y su rabia. No contenta con los atropellos que llevó a cabo en Villanueva, los extendió ese día y al siguiente a las calles de Villegas y del Príncipe, a los placeres de Jesús del Monte, a la famosa acera del Louvre y a los barrios próximos al Campo de Marte. La noche del 24 fue allanado y saqueado el palacio de don Miguel Aldama. El integrismo consiguió, con semejantes tropelías, nutrir las filas de los desafectos al régimen español.

Después de esos sucesos, apenas se vuelve a hablar del teatro Villanueva, que no se hunde en el olvido porque tiene, por derecho propio, un capítulo en la historia de nuestros infortunios y rebeldías.

El Teatro de Albisu

En la noche del 17 de diciembre de 1870 se inauguró el teatro de Albisu, fabricado a expensas de un hijo de Guipúzcoa, don José Albisu, con una compañía lírica de la que era empresario el conocido periodista don José Curbelo, que dirigió después el Diario de la Familia. Se cantó la ópera Otello, de Rossini, distinguiéndose la soprano señora Vizconti y el tenor Villani, muy celebrado por el crítico y musicógrafo habanero don Serafín Ramírez. El teatro tenía capacidad para dos mil quinientas personas. Mil setecientas treinta y cuatro sentadas (en 494 lunetas, en 88 butacas y en 42 palcos). En tertulia y cazuela cabían ochocientos espectadores que generalmente, eran mozos del comercio español capitalino. Albisu estuvo dedicado preferentemente a la zarzuela. Funcionaba con este espectáculo todo el año, menos los días de Semana Santa, y era la sede del elemento integrista. Este rememoraba, a través de autores, músicos y actores, la España lejana y se entusiasmaba con los estrenos más famosos de Madrid. Las tiples tenían devotos sumisos o delirantes. Uno de éstos le puso a su tienda de la calle Obispo el apellido de su artista favorita, entonces muy en boga por su gracia y su belleza. Esa tienda existe todavía y se llama “La Rusquella”. Acaso sea el único establecimiento en el mundo que lleva por título el patronímico de una cantatriz. Caruso recibió un honor más modesto: el de los “macarroni a lo Caruso”.

En Albisu, que después pasó a ser propiedad de don José Azcue, se representaron miles de zarzuelas, muchas de las cuales oímos aún con deleite, como “La Verbena de la Paloma”. La compañía que allí actuaba, renovándose con frecuencia, tuvo actores que fueron ídolos del público, como el gracioso Luis Robillot, al que se consideraba en su tiempo, como el introductor del género chico en Cuba. Hasta Robillot se representaban en la escena del Albisu las zarzuelas del género grande de que son modelos El Dominó Azul, Jugar con Fuego, La Bruja, El anillo de hierro, etc., etc.

Al cese del gobierno colonial, Albisu sufrió una crisis porque se le acusaba de haberse cantado en su escenario El Tambor de Granaderos y Cádiz, cuya música sirvió también para actos hostiles a la revolución cubana. Cada una de esas obras tenía una marcha y ambas se convirtieron en himnos del integrismo furioso. Con la evacuación vino la orden del alcalde criollo (Perfecto Lacoste), de que no se representaran más en nuestra capital El Tambor de Granaderos y Cádiz. Pronto se le perdonó a los artistas del Albisu el que interrumpieran las funciones, durante la guerra del 95, para dar noticias de los éxitos de los soldados españoles en la manigua y de los desastres cubanos, como la muerte de Maceo. Nuevas tiples atraían con su gracia y su sal al público. Por ejemplo, Lola López, que hizo furor en los primeros años del siglo. También Esperanza Pastor y Soledad Álvarez, rivales encarnizadas que tenían cada una su partido. Se dio el caso de que los partidarios de la una arrojaban a la otra monedas de calderilla, cuando estaba en escena. Lo clásico era entonces que la agraviada se desmayase. Igual rivalidad mantuvieron años después Carmen Fernández de Lara, una Juno rubia de admirables curvas, y Clotilde Rovira. Eran los días del tenor Mateu y del tenor Casañas, de José Piquer, Luis Escribá y Miguel Villareal. Otras estrellas del Albisu, que aún no se han olvidado del todo, fueron Concha Martínez, Consuelo Baillo, Blanca Matraz, Carlota Millanes y Paquita Calvo. Los últimos astros del género chico, que ya se llamaba género ínfimo en el teatro de la plazuela de Monserrate, fueron María Conesa, que se sobrevive en México, y Lolita Font.

Albisu se quemó una mañana del año 1918, si no estamos equivocados. En el mismo solar se alzó el teatro Campoamor, inaugurado con la última gran compañía de zarzuelas que visitó La Habana, y que más tarde sirvió de escenario para los primeros triunfos de opereta de Esperanza Iris, ya conocida de los “habitués” a Albisu por su actuación deliciosa en el género chico. Si en La Viuda Alegre de Campoamor, la Iris arrebataba al público, antes lo subyugó en Albisu, en la interpretación de piezascomo El Chico de Portería, El terrible Pérez, etc.

A Campoamor –que en sus últimos tiempos estuvo destinado a exhibiciones de cine- lo derribaron para construir el actual Palacio del Centro Asturiano. Su vida fue efímera pero no careció de brillantez. Le tomó el nombre el nuevo teatro de Industria y San José, que se llamaba Capitolio, y a donde se trasladó la empresa cinematográfica que ocupara el coliseo de la plaza de Monserrate.con éste, desaparecieron los cafés cercanos, como el Casino, punto de reunión de periodistas, cómicos y amantes de la bohemia.

El Teatro Payret

El Teatro Payret, que está a punto de desaparecer para cederle el lugar, uno de los mejores de La Habana, a un edificio suntuoso, se inauguró el 21 de enero de 1877, en que se dio una gran función, de programa múltiple y heterogéneo, a beneficencia de la Real Casa de Maternidad y Beneficencia. Se cantó bajo la dirección del anciano musicógrafo don Serafín Ramírez, el coro de La Caridad de Rossini, por cuarenta señoritas de la mejor sociedad. Dos días después, reabrió sus puertas con una compañía de operas en la que figuraban la Volpini, la Urban y el tenor Abruñedo. Se cantó en es avelada La Favorita. El teatro lo construyó un catalán, don Joaquín Payret, que se ufanaba de poseer el rival de Tacón. En capacidad se le asemejaba mucho. Leemos que tiene setenta y cinco palcos, quinientas veinticuatro lunetas, ciento cincuenta y nueve butacas, setecientos ocho asientos de tertulia y seiscientos noventa y dos de paraíso. Al menos eso tenía originariamente. Es probable que su actual distribución de localidades rectifique esas cifras.

A poco de inaugurado el teatro se produjo en él un derrumbe, que lo mantuvo cerrado largo tiempo. El propietario Payret no pudo pagar las contribuciones municipales y el Ayuntamiento se lo remató. Después fue su dueño el Dr. Anastasio Saaverio, figura muy popular en los finales del pasado siglo (XIX) y principios de éste (XX) en La Habana, hombre de rarezas y genialidades que nunca se explicó la afición criolla de ir al teatro sin pagar la entrada. A su muerte pasó a sus hijos que, no hace muchos meses, se lo vendieron a la sucesión de Falla Gutiérrez.

Payret compitió con el teatro que edificara Pancho Marty en la presentación de grandes espectáculos y artistas famosos. Allí en su escenario, trabajaron actores tan eminentes como Ermete Novelli, de grande fama y genio como el mismo Zacconi, que nunca nos ha visitado. Tina di Lorenzo, tan insigne artista como bella mujer, que se presentó, en varias temporadas, con dos comediantes de tanto mérito como Luigi Carini y Armando Falconi; la inmensa Lydia Borelli, cuya Salomé electrizó a los habaneros; Ruggiero Ruggieri, actor único que el “Los Espectros” de Ibsen obtuvo un triunfo sin paralelo; André Brulé, comediante francés célebre en Europa y Amñerica y Sarah Bernhardt, que en su segunda visita a nuestra capital, mostró al público con los últimos fulgores de su genio, su ancianidad tenazmente laboriosa y su triste cojera. También en aquel proscenio se presentaron cantantes notabilísimos como el divo Bonci, el aragonés Fleta y la deliciosa Lucrecia Bori.

Fue grande allí el desfile de compañías de opereta, revistas y zarzuelas. Los hermanos Velazco iniciaron en Payret sus grandes éxitos que le llevaron a adquirir con dinero ganado en Cuba, el Apolo de Madrid que, sin embargo, fue para ellos lo que la tierra de promisión para los israelitas: una bella cosa vista de lejos. En Payret actuaron grandes compañías españolas como la de María Guerrero y Ernesto Vilches, compañías mexicanas como la de Lupe Rivas Cacho y compañías argentinas como la de Pomar y la de Camila Quiroga. Últimamente ha estado dedicado a cine y se precia de haber conquistado al público para las películas habladas en español que han dado copiosas ganancias a sus actuales empresarios. Es de esperar que cuando se derribe ese teatro y se levante en el mismo lugar otro, reanude éste las glorias del actual, al que vemos siempre como un viejo amigo.

Cervantes, Irijoa, Jané, Lara, Alhambra y el Politeama habanero.

El espacio nos falta para seguir en nuestro lento recorrido por los viejos teatros habaneros. Aludiremos solo al teatro Cervantes, instalado en los altos del actual restaurant “El Palacio de Cristal” y que cultivó el género dolátrico antes de la revolución de 1895. También nos referiremos al Irijoa que se inauguró el 8 de junio de 1884 con una función de aficionados a beneficio del colegio “El Buen Pastor”. Su constructor y primer propietario, el vascongado don Ricardo Irijoa, era un hombre inteligente e hizo un bello teatro rodeado de jardines, conservándose así hasta hace varios lustros en que los jardines fueron suprimidos para el aprovechamiento comercial del terreno. A Irijoa se le cambió el nombre por el de Martí, que ostenta después de la evacuación española. Tuvo el honor de reunir a la Convención Constituyente de 1901 y en su recinto alzaron la voz, ungida de patriotismo los cubanos más ilustres del comienzo de la actual centuria. Cuando se llamaba Irijoa ofrecía preferentemente el género costumbrista. En su escenario se consagraron los autores bufos que hacían las delicias de nuestros padres y de nuestros abuelos. Citaremos a Susana Mellado, Blanquita Vázquez, el negrito Benito Simancas, el gallego Lima, y el negrito Raúl del Monte. Luego actuaron allí compañías como la de Roncoroni, gran cultivador del melodrama. También ocupó el escenario de Martí la inmensa Teresina Mariani, cuya Zazá fue una sorpresa para los habaneros. Se recuerdan aún compañías de zarzuelas que pasaron dejando una huella de luz por el teatro de la calle Dragones. Citaremos la del maestro Gustavo de María Campos, con Esperanza Pastor y Esperanza Iris, la de los Velazcos, con Cipri Martín, y a la Santa Cruz con Consuelo Mayendía, Eugenia Zúffoli, Pilar Aznar y Consuelo Hidalgo.

Frente a Irijoa hubo un pequeó coliseo llamado circo-teatro-Jané, de vida fugaz e historia nula. Cuando lo desocuparton los cómicos, lo ocupó la Iglesia Bautista, que sigue residiendo allí. También tuvo existencia efímera el teatro Lara, instalado cerca del Alhambra, en la cuadra de Consulado entre Neptuno y Virtudes. Y para cerrar este artículo, que se ha hecho demasiado largo, nos referiremos al teatro Alhambra, que gozó de inmensa popularidad por espacio de casi medio siglo y que existió hasta hace pocos años, en que tuvo que cederle el lugar al cine Alkázar. Se inauguró el 13 de septimebre de 1890 con La Colegiala y Niña Pancha. Después se le dedicó al género picaresco y costumbrista. Allí se hicieron famosos los hermanos José y Regino López, el fecundo autor Federico Villoch, el gran humorista de lla escena Gustavo Robreño y su hermano Francisco, y los escenógrafos Arias y Crespo, entre otros muchos. El teatrwo Alhambra tiene una historia curiosa e interesante que debe escribir el aplaudido sainetero y notable escritor Villoch o su gran amigo y compañero de lides teatrales Robreño. Nadie tan autorizado como ellos para es afaena en muchos aspectos deliciosa y grata.

Unas últimas palabras en recuerdo del Gran Teatro y del Pequeño Teatro del Politeama Habanero, que por algunos años estuvo, hasta hace veinte, poco más o menos, en la azotea de la Manzana de Gómez. En el primero ofreció una temporada notable la sin rival María Barrientos. El segundo no tuvo historia, como dicen que les ocurre a las naciones felices y a las muchachas honradas.


Por: Mario Lescano Abella

Arquitectura (La Habana) Nº 113, Año V, diciembre de 1942. p.481-488.