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Bonachea: “Mi memoria prepara su sorpresa”
Alex Fleites
 
Hay una talla de Vicente Rodríguez Bonachea que, pienso, define su visión del arte. Se trata de una suerte de ángel femenino y apacible con un clavo de hierro que le atraviesa el pecho. Su cara es un trasunto del arrobo y la resignación. No se lamenta, no se abate. Sin embargo, la posición de sus ojos nos señala algo que está a nuestra derecha y que no vemos, pero cuya presencia no podemos ignorar. Es el árbol sin ramas que da sombra, del que hablara Gelman. En resumen, la inefable y terrible poesía.

La pieza en cuestión pertenece a La memoria alucinada, muestra que marca un punto de giro en el trabajo de Bonachea, su paso definitivo a la madurez y el comienzo de un sendero artístico donde seguirá dejando jirones de su alma atribulada y buena. En aquella exposición había ruptura, y había, además, compromiso irrenunciable con una forma de hacer que ha labrado en el tiempo, y que le viene ganando numerosos admiradores.

Tal vez por su figuración tan peculiar, de seres sinuosos y zoomorfos, que remite enseguida al mundo de las ensoñaciones infantiles, el espectador se había acostumbrado a situarse ante su obra desde una perspectiva exclusivamente lúdica. Por eso la carga dramática de muchas de las piezas agrupadas en la exposición a que hago referencia, dejó perplejo a más de uno.

Buscador, degustador, hacedor de metáforas él mismo, la escultura En casa del herrero resumía con eficacia la poética de este habanero (1957). Una estructura de madera –a la manera de los palafitos-, pone la morada a buen recaudo de inundaciones y otras contingencias. Es el sitio desde el que se puede otear lo porvenir, el refugio para la gente querida y el ámbito donde almacenar esas pertenencias menudas que son, en definitiva, el testimonio de una vida. Sin embargo, la casa está a merced del infortunio, de lo imponderable, de eso que unos llaman suerte y otros, destino: un inmenso cuchillo la atraviesa. El título alude al conocido refrán: “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Y la intertextualidad que se logra parecería llamar la atención sobre la evidente paradoja: el artista, en buena medida aspersor de la belleza y, por extensión, de felicidad, se alza desde su tragedia personal para allanar el camino a los otros. Un testimonio de altruismo donde los haya.

Ahora Bonachea, con Una oscura pradera me convida, vuelve a exponerse. De aquella casa transida por la fatalidad toma elementos que van directamente a la obra: los restos de Paco, la mascota; la dentadura postiza de un ser entrañable, una muñeca de cualquier infancia perdida… Sigue ahondando en su cercana circunstancia, reinventando (¿reordenando?) un universo en ocasiones hostil, que el arte puede domeñar.

Trabaja Bonachea más con sentimientos que con ideas, con sensaciones más que con conceptos. Y todo ello viene en finísimo empaque porque, además, es un orfebre que puede decir cosas arrasadoras y hondas de una manera agradable a los ojos, y, haciendo alarde de sinestesia, hasta a los sentidos todos.

Ni surrealista, ni realista mágico. Sería difícil adscribirlo a una tendencia determinada sin menoscabo de su total libertad imaginativa. En ocasiones siente que el buen hacer lo ciñe con su tiranía. Entonces se llama a cambiar, a poner toda la carne en la brasa, a saltar a ese vacío que tanto fascina como atemoriza. Es el instante de invocar a los fantasmas benévolos de Miró, Klee o el Bosco; no para tomar préstamos genésicos, que sería legítimo, sino para confirmarse en la idea de que el arte es riesgo, la búsqueda de lo desconocido con recursos ignorados, al menos a nivel consciente.

Sigo la obra de Bonachea por la inusual identidad que se da entre ella y su persona. Es luminosa sin estridencias; es íntima sin impudicia; es agradable sin decorativismo; es honda sin pedantería; es erótica sin obviedades; es risueña sin irónica malicia; es lírica sin ñoñería; es densa sin encriptaciones; es cubana sin incurrir en las caprichosas estratificaciones de la identidad; es simbólica en la oblicua manera en que cualquier cosa es susceptible de representar algo más allá de su apariencia; es literaria sin ser expresamente narrativa; y, en definitiva, es universal no por participar de ciertos estándares impuestos a priori, sino porque alude siempre a las esencias.

Alex Fleites
2011