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David entre nosotros
Ciro Bianchi Ross
 
Decir caricatura personal en América es decir Juan David. Alguien afirmó una vez, y con mucha razón, que de no haber existido ese artista hoy nos resultaría imposible conocer el rostro múltiple de Cuba durante los últimos 50 años. Además de sus “intromisiones” en la pintura y de alrededor de 15000 dibujos humorísticos, Juan David legó a la posteridad unas 5000 caricaturas. Algunas de ellas fueron recogidas en libros por el propio autor. Tales son los casos de las sendas recopilaciones de algunos de los muchos cartones que hiciera de Alejo Carpentier y de Nicolás Guillén, publicadas en 1981 y 1982, respectivamente, y de otra compilación más… Seres que he visto. Los títulos que vieron ya la luz, permiten al “lector” apreciar, de golpe, no sólo cómo el caricaturista captó las personalidades del narrador y del poeta, sino también la evolución de la línea de David que con el transcurrir del tiempo va tornándose más plena, más incisiva y ahondadota, hasta que, con la incorporación del color, convierte a los cartones en algo tan gráfico como pictórico. ¿Cómo trabajaba ese gran caricaturista, qué pretendía, cuál fue su secreto?

Para David, la caricatura era la interpretación de un personaje en todo su ser. De ahí que nunca tratara de ridiculizar o de destruir a sus caricaturizados porque, a su juicio, la propia personalidad expuesta sobre el cartón se salvaría o se destruiría por sí misma ante los ojos de los demás. Quisiéralo o no, el personaje capturado por el artista no podía ocultar su mundo interior a la mirada penetrante de David, quien al reparar en lo satisfecho o desmembrado de un cuerpo, en el gesto amargo, sonriente o brutal de una boca, en la hondura, perspicacia o pillería de una mirada, se limitaba a reflejar en sus dibujos las cosas tal cual eran, a dejar plasmada la concepción que se había hecho del hombre y que sería captada por el espectador.

Con un oficio ejercitado a lo largo de décadas, David era capaz de realizar ocho o diez caricaturas en un par de horas. Prefería no hacerlo, sin embargo, y estimaba necesarios varios encuentros con la persona que quería caricaturizar a fin de fijarla en sus apuntes. Pero esos apuntes apenas eran utilizados en el momento de acometer la caricatura. Entonces el artista trabajaba apoyado únicamente en su memoria que había apresado aquellos rasgos distintivos que le interesaba resaltar. “A medida que se va haciendo la caricatura –decía David con un humor no exento de verdad- se conoce mejor al personaje, y, al final, el personaje se parece a la caricatura”.

Gustaba sorprender a las personas en aquellos gestos que revelaban sus peculiaridades más íntimas y ese fue su método para lograr una buena caricatura. Apenas podía trabajar cuando se posaba para él. No le interesó nunca la pose del hombre, sino sus interioridades. Comenzó a hacer caricaturas cuando comprendió que existía “algo más allá de lo aparente”, más allá de la figuración y el arreglo que la persona hace de sí. Atrapar eso fue su gran secreto como caricaturista.

Tremendamente autocrítico, Juan David era con su obra inconforme hasta el fanatismo. Podía pasarse una noche entera trabajando y próximo ya a la hora del cierre de la edición, romper todas las caricaturas que debía entregar y comenzar de nuevo.

Sus caricaturizados preferidos eran aquellos que tuvieran una fuerte personalidad. Un repaso a su extensa obra permite advertir que el artista convirtió en reiterado blanco de su lápiz a algunas figuras nacionales y extranjeras cuyas caricaturas saltan una y otra vez a lo largo de su quehacer. Entre ellas se encuentran Carpentier y Guillén, por supuesto, y también Marinillo, Roa, Pablo Neruda, el propio David… Pocos en verdad dentro de un retablo donde se mueven miles de personajes que el artista captó, urgido a veces por su labor periodística o por el deseo de realizar algo de más trascendencia pero que en uno u otro caso demuestran que con Juan David la caricatura en Cuba dejaba de ser patrimonio exclusivo de revistas y periódicos, para convertirse en una obra definitiva y de valor.

Ciro Bianchi Ross
Palabras al catálogo de la exposición “David entre nosotros”. Museo del Humor de San Antonio de los Baños, 1989.