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LA PINTURA RELIGIOSA DE COSME PROENZA
Maikel Rodríguez Calviño
 

Proenza emerge tras la luz encantada de algún jardín en desuso. Sus innumerables pinturas, cargadas de un barroquismo febril, han devenido clásicos del arte cubano contemporáneo. Las imágenes que nacen de sus manos turban al espectador: ruinas nocturnas donde baila una corte angelical formando un círculo; ancianos de mirada penetrante que parecen derrumbarse bajo el peso de las cejas y el sombrero; fantasmas anónimos, con el rostro cubierto por telas brocadas para que nadie se refleje en sus terribles pupilas; paisajes de cielo transparente donde jóvenes verdeazules tocan flautas monumentales.
Cosme policroma de manera suave y delicada, borrando las líneas que separan las cosas para fundirlas con el aire del fondo, a la manera de los grandes maestros renacentistas. Su oficio es hermoso; sus satisfacciones, muchas, porque logra elevar un canto sutil con los pinceles y el lienzo: una tonada mística y antigua, suerte de sinfonía pastoral escuchada, tal vez, en las calles nocturnas de la Habana Vieja.
El profundo misticismo de los óleos, la imposible anatomía de las figuras, los detalles fantásticos o sobrenaturales y las atmósferas bucólicas que Cosme recrea con singular maestría tuvieron como referente, en un primer momento, a la obra de Hyeronimus Bosch, El Bosco, pintor neerlandés que vivió entre 1450 y 1516. Sin embargo, muy pronto supo transitar por caminos propios, forjando un estilo inconfundible que, en más de una ocasión, ha tratado de manera directa la temática religiosa.
En efecto, existen cinco piezas de Cosme donde palpitan, como si fuesen nuevos, algunos viejos misterios de Dios. La primera es “San Cristóbal de la Habana”, óleo regalado al Papa Juan Pablo II en nombre de la Iglesia Católica cubana. La segunda, “San Francisco de Paula”, tríptico encargado por Eusebio Leal Spengler para la decoración de la homónima ermita. La tres restantes, “San Juan en Patmos”, “La expulsión del Paraíso” y “San Francisco de Asís recibiendo los estigmas”, ejecutadas entre los años 1995 y 2000.
El san Cristóbal es gigantesco y macizo, de piernas escultóricas y pecho musculoso que apenas cubren un flotante drapeado y una pesada capa recogida por debajo de la cintura. Aparece atravesando una corriente de agua poco profunda que muere a los pies de una vaporosa florescencia. En el horizonte, difuminada por la bruma de los siglos, se alza la Catedral de la Habana: Jerusalén terrestre de campanarios desiguales y cintillos quebrados que el mártir contempla entre melancólico y extasiado.
El protagonista de la pintura lleva sobre los hombros al Niño Jesús, detalle iconográfico que está inspirado en la propia hagiografía de san Cristóbal, antes llamado Réprobo, quien trabajaba cruzando personas de un lado a otro de los ríos. En cierta ocasión, el pagano transportador ofreció sus servicios a un infante que fue haciéndose cada vez más pesado a medida que atravesaba las aguas dulces, por lo que Réprobo, abrumado por la carga, volteó la cabeza para descubrir en su cliente al Hijo de Dios. En ese momento se convirtió a la nueva fe, cambió su nombre por Christoforus, o “seguidor de Cristo”, y enterró a la orilla del río el nudoso bastón que le servía de apoyo, el cual germinó con hojas de palma, símbolo del martirio que posteriormente sufriría el santo bajo la persecución de los cristianos por el emperador romano Decio, hacia el siglo III.
Por su parte, el san Francisco de Cosme exhibe el estigma que le ha sido impreso en la mano derecha. El monje viste hábito de color terroso, con rosario al cíngulo. Recostado al tronco de otro motivo floral vemos un bordón rematado en cruz latina. Del cielo emana la luz del Padre, capaz de lacerar la carne sin puñal alguno. Una aureola rodea la cabeza del vate, símbolo de su virtud inmaculada y de la concesión de la gracia divina que se derrama sobre su frente.
Similar respeto iconográfico se aprecia en el óleo sobre lienzo “La expulsión del Paraíso” y en el tríptico “San Francisco de Paula”. La primera pieza recoge el instante preciso en que Adán y Eva, lamentándose por la desobediencia cometida, son expulsados junto a la serpiente fuera del Sagrado Jardín. Un ángel vaporoso −que se identifica como Uriel (i), el custodio del Edén− les impele con espada flamígera y dedo acusador: jamás podrán regresar al estado de inocencia primitiva en que fueron concebidos. En lo adelante, cubrirán sus sexos con hojas de parra: Adán sudará el alimento y Eva parirá con dolor.
El tríptico, por su parte, muestra a san Francisco de Paula inclinado sobre un titilo fosforescente, recordando el fragmento bíblico que nos invita a descubrir el mundo en un grano de arena, a contemplar las maravillas de la Creación en las cosas más pequeñas del Universo. En otra imagen el santo fija los ojos en el cielo, como si elevara una plegaria por alguna petición concedida, o se interna en la floresta con el paso breve, pero fuerte, de los que han ganado años sin perder nunca la fe. En una cuarta, surca las corrientes del Mediterráneo montado sobre el sayo de su hábito con destino a la Italia peninsular.
Por último, “San Juan en Patmos” es un intento colorido y simbólico por abordar un pasaje ampliamente difundido del Nuevo Testamento, aunque sea difícil precisar la naturaleza de la extraña ave que parece dictar las revelaciones al Apóstol quien, en contra de la tradición, ha sido representado anciano y con barbas, todo lo contrario de la imagen del Evangelista que ofrecen las escrituras: la de un muchacho juvenil, aún imberbe, de rostro dulce y armónico.
Si bien es cierto que el uso de elementos o programas iconográficos propios del arte católico están presenten en estas pinturas, es válido aclarar que Cosme no se considera a sí mismo un pintor de temática religiosa. En este sentido, ha dicho: “(…) Mucha gente me pregunta: ¿Tú eres católico? Yo siempre respondo que simpatizo muchísimo con ciertas ideas de la cultura católica, porque nosotros somos deudores —sobre todo, los pintores— de la iconografía religiosa. Gracias a ella, los pintores pudieron comer durante siglos, y sus obras —al dejar inmortalizada la historia de la cristiandad— los hicieron inmortales a ellos mismos. Es el caso de Miguel Ángel, por mencionar a uno. Pero yo no soy una persona de carácter religioso, más bien soy una persona que defiende la espiritualidad humana como algo más amplio que la religión. Así que yo te diría que mi pintura, aunque parezca religiosa por momentos, es una pintura espiritualista por encima de todas las cosas.” (ii)




i Aunque Uriel (cuyo nombre deriva del hebreo Uri-el: llama o fuego de Dios) se incluye entre los siete arcángeles reconocidos por la tradición judaica, y no forme parte de la tríada bíblica reconocida por el catolicismo (san Gabriel, san Miguel y san Rafael), el arte cristiano lo ha incorporado como personaje en muchas obras de arte. El más famoso ejemplo lo constituyen las dos versiones de La Virgen de las Rocas, ejecutadas por Leonardo Da Vinci, detalle que arroja luces definitivas sobre la posible influencia de los textos apócrifos sobre la obra del maestro florentino.
ii Fragmento de la entrevista concedida a Argel Calcines, editor general de OPUS Habana, en el espacio radial «De revista a revista», en la Revista del Arte Eterno, CMBF Radio Musical Nacional.


(Por Maikel José Rodríguez Calviño)