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UN IMAGINERO EN LA HABANA
Maikel Rodríguez Calviño
 
Dos lágrimas de cristal bajo aureolas sobredoradas, hilos de luna en vestido aterciopelado, el rictus amargo de algún tormento espiritual: las manos del joven escultor Yunielsi Fandiño rescatan con singular maestría los secretos de un oficio ya extinto para el arte cubano contemporáneo.

Se define a la imaginería como la manifestación artística encargada de producir esculturas religiosas con funciones catequéticas, procesionales, votivas y litúrgicas; oficio que se expandió por tierras iberoamericanas con posterioridad al Concilio de Trento, momento crucial en la historia del cristianismo donde la Iglesia católica decide potenciar el desarrollo artístico para deleite y aprendizaje de los fieles.

La imaginería floreció en nuestra Isla durante los siglos XVI y XVIII en el seno de los gremios artesanales, cuyos saberes, trasmitidos de maestros a aprendices, desarrollaron un conjunto de oficios que resolvieron necesidades cotidianas, fomentaron la devoción de los creyentes y, al mismo tiempo, contribuyeron a su disfrute estético. En su elaboración y distribución por iglesias, conventos y capillas jugaron un papel fundamental las órdenes religiosas, específicamente la dominica, interesada en acopiar obras destinadas al culto tanto público como privado. Poco a poco la molesta importación de piezas religiosas desde la Metrópoli fue sustituida por su producción local a manos negros y mulatos libres, pero siempre bajo criterios artesanales, pues tanto la pintura como la escultura no se consideraba artes debido al simple hecho de que ensuciaban la ropa.

Entre los gremios de la villa de San Cristóbal se destacaron el de San Eloy, que agrupaba a los plateros; el de San Telmo, formado por marineros y demás trabajadores del puerto; el de Santa Bárbara, constituido por los astilleros; y el de San Crispín y San Cipriano, donde se incluían a los zapateros. Por desgracia no aparece recogido en ningún documento histórico el nombre del gremio que organizó a nuestros imagineros, algunos de cuyos trabajos (en su mayoría anónimos, o ya desaparecidos tras el paso de los años) se conservan en colecciones eclesiásticas y estatales a lo largo de todo el país.

La tradición imaginera cubana está perdida en la actualidad. Sin embargo, en días recientes he tenido la oportunidad de conocer a un joven artista que intenta desempolvar el oficio. A semejanza de las piezas ejecutadas por los artesanos virreinales que trabajaron en las escuelas pictóricas de Nuevo México y del Perú, las obras de Yunielsi Fandiño destacan por su meticulosa elaboración y el riguroso apego a los programas iconográficos del arte cristiano. Autodidacta por excelencia, él es un ejemplo sui generis dentro de nuestro panorama artístico más actual, pues resulta difícil imaginar la existencia de un escultor ajeno a las tendencias estéticas que le son más contemporáneas. Fandiño, en cambio, apuesta por una escultura de carácter religioso y profundo matiz tradicional donde no queda espacio para invenciones ni rejuegos paródicos; siendo precisamente en esta pujante ortodoxia donde radica la riqueza de su obra.

Los materiales y procedimientos a utilizar son varios: maderas blancas (cedro, caoba, pino-tea y roble), hojuelas de cobre bruñido o de metales preciosos para aureolas y nimbos; pana, tules, satín y terciopelo para el vestuario; y el policromado para la encarnación de rostros y extremidades. Sus imágenes vinculan la escultura, la pintura y la orfebrería al mismo tiempo, y pueden ser de bulto (talladas en una sola pieza que incluye la ropa y los rasgos faciales) o de vestir (también llamadas “de miriñaque”, pues están constituidas por una armazón metálica cubierta del vestuario, que deja ver manos y rostro tallados en madera).

El propio artista es el encargado de construir sus herramientas de trabajo: un conjunto de buriles, gubias y punzones que le imprimen un preciosismo milimétrico a cada obra, rica en detalles naturalistas, como pueden ser las lágrimas, las gotas de sangre o el torneado de mejillas y párpados. Cada trabajo lleva un estudio previo sobre los modelos iconográficos a reproducir, prestándose especial atención a los símbolos, objetos y atributos de cada santo, imagen cristológica o advocación religiosa que el artista desea representar.

Entre sus piezas más logradas encontramos una Dolorosa de ojos agónicos y labios entreabiertos, con manto pespunteado en plata que deja entrever un puñal sobre el corazón; los bustos de san Antonio y de santa Clara, elaborados en madera policromada; y un cuadro-escultura que representa a la Virgen en actitud orante.

Fandiño reconoce en su trabajo el influjo de los grandes imagineros españoles, (específicamente, de Juan Martínez Montañés, máximo exponente de la imaginería sevillana durante los siglos XVI y XVII), y si bien sus esculturas se mueven en la imprecisa frontera que dividen al arte de la artesanía, lo cierto es que, según palabras de Eusebio Leal Spengler, “reflejan el diálogo entre el hombre y la divinidad” y, al mismo tiempo, “recogen los rasgos de nuestra identidad, del intenso mestizaje que convierte a la Isla en un espacio cultural en el seno del Mediterráneo americano”.