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Flora Fong: Escrituras del viento
Yolanda Wood
 
Yolanda Wood

El arte de Flora hace honor a su nombre. Una inspiración ecológica ha dado a la naturaleza un gran protagonismo en su pintura, donde el dibujo de un trazo negro como de tinta china, no encierra los motivos sino los libera. Se trata de la escritura del viento, esa potencia interior del espectáculo natural y artístico que lo mueve todo a su antojo. El viento es la personalidad del paisaje. El despeina las palmas y ondula el mar. En esa flora pictórica, los trazos negros de la escritura ancestral de Flora Fong, definen las formas visuales que adquieren toda su energía y vitalidad a consecuencia de ese soplo de realidad en el que vive la magia de su pintura.
Lo caligráfico, negro y lineal, sostiene una estructura compositiva autónoma por sus propias insinuaciones, exaltada por el color intenso y sus vibraciones. En esa armonía de relaciones las cosas no son, sino parecen ser, en la pintura de Flora. Más allá de toda representación natural, está la naturaleza expresiva, llena de contrastes y de sugerencias, y la poesía evocadora de los títulos.
Epifanía del trópico (1991), es una fantasía de aparición y festividad. La artista no ignora ser de un lugar con precisas coordenadas cartográficas. En esa parte del mundo se balancean en equilibrio las tierras y las aguas. Se trata de una dinámica compleja que hace a unas y otras susceptibles de relaciones variables. La causa es el viento, de día y de noche, hoy y mañana. A las islas, el viento las penetra por todas partes. Por los ocho puntos de cardinalidad tan propios de estas latitudes donde bien se combinan los cuatro bien conocidos (norte, sur, este y oeste) con todas sus inclinaciones transversales (sudeste, sudoeste, noreste y noroeste). Como es habitual, somos región de mezclas propicias a las mutaciones. Flora lo sabe, ella es una artista insular, antillana y caribeña.
Cuando la naturaleza entra en ese juego de relaciones y se aprecian sus intensidades desde las escrituras del viento, nunca lo observado es igual: cambia y se repite, vuelve a ser y cambia. Convertir esa fuerza interior del paisaje en dibujo y pintura, es una excelencia en la obra de Flora Fong, quien ha hecho suya toda la atávica quietud de las líneas caligráficas milenarias para insertarlas en un contexto tropical de alisios diurnos y terrales nocturnos que deshacen todas las convencionalidades. Siempre está el viento en las pinturas de Flora, un viento que mueve todo, hasta las montañas.
Sus cuadros-islas, se dirían rodeados de realidad por todas partes, contienen la energía eólica en su discontinuidad que se detiene o se intensifica por el lenguaje codificado del arte. En sus cuadros-islas, los territorios salen del marco y proyectan su insularidad más allá de la superficie pictórica para encontrar la cercanía de otras islas. Son en verdad Archipiélagos , tierras y mares en alternancia; y el viento, que provoca oleajes amenazantes o zonas luminosas de espumas blancas en el litoral. Se diría las islas antillanas interrumpidas todas por estrechos de agua que son también corredores de aire, pasos, como el de los vientos entre Cuba y Haití, o el de La Dominica, con sus aguas arremolinadas que desde el Atlántico vertiginoso penetran a las tranquilas del Mar Caribe.
Toda una geografía insular en las obras de Flora. Una geografía metafórica y poética, sugerida por el valor artístico del punto de vista sin sujeción alguna para sus motivos pintados. Es la habilidad de quien vive entre brisas y temporales y desarrolla esa sensibilidad a los movimientos del aire, algo tan propio de islas “a los cuatro vientos”, donde se vive cerrando y abriendo puertas y ventanas, cambiando el sillón de lugar. Hay algo doméstico en esta cotidianidad, algo de rol de género, una cierta intuición que aún sin prestar especial atención a los partes meteorológicos, nos indica cuando usar una sombrilla o cuando no usar una saya de vuelos que el aire pudiera inflar. Hay una cierta feminidad asociada al viento, que se revela en frases populares como “pelo suelto y carretera”, indicativo de una pilla sensualidad o “tener las velas al viento”, cuando la vecina avisa que la ropa de las tendederas podría volar. Son muy imaginativas las escrituras del viento.
La iconografía de Flora se interconecta simbólicamente a la naturaleza a través de un lenguaje sencillo en sus motivos, pero codificado, donde sólo rige la aventura del tropo. Ha hecho suyo ciertos iconos de la historia del arte universal y del arte cubano: el girasol, los gallos y las cafeteras. Revisitar de modo original a Van Gogh, a Mariano y Acosta León es otra faceta peculiar de la obra de Flora, quien no lo hace desde la apropiación ni la cita, sino desde el diálogo creativo y con su propio modo de decir. Colores, sabores y olores dan una sensibilidad-otra a sus enunciados visuales. El efecto móvil de sus girasoles a la manera de aspas en torno a un centro, los revolicos de plumas en el gallinero y el humo del café caliente trazando su trayectoria, son provocaciones sensoriales al espectador. No hay naturaleza muerta en Flora Fong, quien anima las representaciones haciéndose dueña de “los aires” que se mueven en su interior. En Colada entre palmas (1996), el aroma se expande por la campiña y el café caliente produce torbellinos de sueños en el colador.
Ciertos signos se saben cargados con la fuerza de la tradición y ahora en el contexto visual de Flora adquieren otro sentido compositivo - y expresivo - por su modo de ver y hacer. De entre ellos, retengo la palma y el plátano. Cuántos peligros plantean al arte contemporáneo por ser dos atributos identitarios de tanto ir y venir en las artes de Cuba y el Caribe. Erguidos en su masculinidad, son dos árboles que alimentan el espíritu y la vida diaria de toda la antillanidad. La palma en Flora es trazo seguro y firme. La palma es soporte, es referencia, límite y extensión vertical. El plátano es hoja, flor y fruto, todo un ciclo vital. Los plátanos de Flora no crecen como es normal. Claro, es que no son frutos, son invenciones de la realidad. ¡Y tantos postes eléctricos compitiendo en altura con la palma real ¡ ¡Tantas redes de iluminación en litorales, valles y montañas¡ Visiones contradictorias de los opuestos entre lo diurno y nocturno, lo natural y lo artificial. Cuántos contrastes, se diría desde el Yin y el Yan: el blanco y el negro, la luz y la oscuridad. El arte de Flora no es de entredichos, ella dice, y no más.
La luna es un dato a no olvidar, por indicar esa otra cara de un recorrido incesante, de una infinita movilidad. La luna imprescindible para moderar las fuerzas del sol ardiente que podría hacer estallar todo lo que existe y vive, todo lo que es y está. La medialuna en Flora, es la proporción equilibrada de la otra mitad y como toda su iconografía, sólo un signo de lo real. Con frecuencia, en obras de los 90, Flora acude a las dos partes que sintetizan el universo como se aprecia en Noche y Día (1997) o Dos visiones (1996).La armonía compositiva, la ponderación formal y la mesurada selección de los motivo identifican su maestría y la certera expresividad, lineal y gestual a la vez, que emplea en la construcción de sus textos visuales.
El viento es una fuerza artística en la obra de Flora y en ello radica lo más genuinamente caribeño de su poética, por la comprensión de esa fuerza que todo lo mueve y desplaza: hombres, naturaleza y sociedad. El Caribe es así, vértigo de sus fuerzas telúricas. Fue el viento el que movió las canoas y las carabelas con las que todos llegaron desde algún lugar. Fueron los huracanes los que hicieron temibles estas tierras para los conquistadores cuando creyeron que ya no había nada más que respetar. Fue esa naturaleza caprichosa la que hizo a los primeros habitantes construir con palmas y yaguas que después que pasaba el huracán se volvían a levantar. Los ciclones son los tifones de la tropicalidad. En Flora todo se une armónicamente, lo de aquí y lo de allá. Nadie como ella en el Caribe ha comprendido esa intensa fuerza de ser islas de sota y barlo vento. En definitiva siempre a merced de ráfagas y ventoleras que no cesan, ni cesarán.
Son esas escrituras del viento las que hacen única y peculiar las obras de Flora Fong. Sólo si hay buen aire los papalotes pueden volar. Los cometas están volando en las pinturas de Flora Fong como signo vital de la fuerza del viento y como expresión simbólica de su origen también oriental. Pero su universo es de una cubanidad raigal: memoria, recuerdo, reencuentro. Camagüey, el campo, las islas, el día y la noche. Flora vive en la ciudad y nada en su arte es urbano, ni tampoco rural. Su visión artística identifica ciertos lugares comunes donde se instala una criollidad auténtica que comprende su propia diversidad.
Cuando los papalotes se asoman flotando entre palmeras y platanales se dibujan puentes culturales. Cuando la luna parece un mamey pica´o, la imaginación artística es dueña de la pintura. Cuando en el paisaje, lo humano sólo es sugerido por postes eléctricos y antenas de televisión, entonces la naturaleza no es ni bucólica ni pastoral, está modernamente humanizada. Si el astro rey es un girasol, entonces todo puede suceder en el terreno fecundo de la ilusión. Pero cuando además no hay sitio fijo ni preciso en la pintura, nos encontramos en el espacio de muchas posibles fantasías.
La vertical inclinada y la intensa fuerza de un movimiento interior transitan por la obra pictórica de Flora Fong. La palma es allí el penacho de un árbol con raíces que se extienden para soportar la tenacidad del aire que las mueve pero no las logra tumbar. Es frecuente encontrar en sus pinturas de los 90, ciertas denominaciones evocadoras de una geografía sugerente y peculiar: Viento fuerte (1997), Temporal (1991), Tornado (1992) y Tormenta (1991).
¿Será el Caribe el sitio de tantas tempestades y soplos huracanados que no cesan de renovar las escrituras del viento que despeina las palmas y ondula el mar?
Increíblemente, las pinturas de Flora, ahora desplazadas sobre acero firme y resistente, en piezas de gran escala, logran modelar a su antojo las fortalezas del material para crear en él ribetes encrespados, oleajes caprichosos, peces voladores…en fin, todo lo que ha querido la complicidad artística entre Flora y el viento.

La Habana, enero 2008.