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Duetto: Obras recientes
Yolanda Wood
 

Por primera vez en el espacio expositivo Flora y Li, madre e hijo. Un duetto de artistas y lenguajes en una colectiva de dos, llena de revelaciones para el espectador. Entroncados en la consanguinidad, ambos transitan por senderos personalísimos y juntos dan muestra de un quehacer que los distingue en el arte y en la vida. Sus creaciones revelan el espíritu propio y universal de los modos -diversos y originales- del ser cubano en las artes plásticas de nuestros días.

Flora
En grandes y pequeños formatos, con técnicas pictóricas y escultóricas, Flora anima su realidad, la que crea y construye desde un imaginario artístico en el que coexisten - en simultaneidad - la permanencia y la novedad de sus obras. En ellas todo está sujeto a la fuerza de su observación y madurez artística, las que garantizan la sólida plasticidad de sus creaciones, siempre cargadas de una energía tropical que se hace luz y color, elementos esenciales en sus composiciones limpias y seguras. Fiel a la insularidad y a la campiña cubana, la obra de Flora, no se define por tendencia ni género alguno; no son paisajes ni escenas, no enlazan –simplemente- con otras referencias en la historia del arte nacional. Al exaltar el motivo, Flora renueva el sentido de todas esas denominaciones al cualificar en él los valores expresivos y significantes de su lenguaje. La parte hace el todo y desde el fragmento se evoca la totalidad sígnica – más que representacional- de una personalidad cultura cubana asentada y sentida en la “silla trono” que la cobije.
La artista no pertenece al universo urbano. Algo siempre de sus recuerdos camagüeyanos la habita y reaparece en la profunda sencillez de sus elementos y en sus títulos sugerentes. Una memoria de verdor de rocío habita su mundo natural. Quizás por eso su patio y su jardín son mucho más que el espacio entre la casa y el taller. Ese es el mágico itinerario de la espiritualidad de Flora. Se trata en verdad de un trayecto simbólico por el que la artista conduce su imaginación hacia sus preferencias criollas. Allí conviven con sus plantas, el agua del estanque donde nadan los peces, el colorido intenso de las plumas de su cotorra y la luz penetrante que todo lo inunda e irrumpe con fuerza al interior de su taller, con sus puertas y ventanas abiertas, para iluminar las telas y sacar de las pinceladas y empastes todas la fuerza expresiva de sus vibraciones.
Flora posee una iconografía personal que la distingue por esa manera tan auténtica de asumir los signos trascendentes, los que han hecho suyos el tiempo y la gente; y otros, procedentes de la lejana tierra asiática de sus ancestros que se han entrecruzado –orgánicamente- con los que nacieron en tierra antillana. Sus temas vienen de la fuente inagotable de lo popular, de su entorno, de sí misma; y viven siempre en ella, en su sencillo modo de ser y en la sensibilidad humana que deposita en todo lo que hace. Se despliegan entonces los coladores guajiros, las hojas de plátano o de tabaco, los gallos, las palmas y los girasoles. Ese universo le atañe y le concierne.
En sus obras el viento es un ritmo interno, expresión subjetiva de su permanente espíritu inquieto y revelación de un acontecer isleño que llega a ser torbellino donde giran - en circular frenesí - fantasías, augurios y vaticinios. Cuando de las aguas se trata, las dulces o las saladas, entonces la paleta de Flora se entusiasma con los impactos del sol sobre la superficie ondulante y el Mar de Las Antillas fluye en su lienzo humedeciendo islas, con unos toques radiantes de luz, hecha colores, entre la tierra y el cielo.



Li

Las formas enigmáticas que se encubren y descubren en las obras de Li y el uso del blanco como cómplice de una luz interior llena de confidencias, lo hacen un artífice de la fabulación plástica. El artista exigirá de sus espectadores hacer un alto y mirar para ver y penetrar a los múltiples entramados que estructuran su discurso visual en el que la composición es todo un ejercicio de creación lleno de libertades imaginativas. Puentes, escaleras y caminos, en ocasiones interrumpidos o ciegos, refieren un universo en el que se construyen trayectos de un ir y venir que no parecen confluir ni en el tiempo ni en lugar alguno, o interconectar utopías siempre inconclusas. Esa dinámica, en tono apacible, es generadora de una inquietante expectativa y de un espacio alucinante, atrapado en la terrenalidad de las intenciones creativas.
Realizadas en técnica mixta, las obras de Li declaran las muchas veces que el artista ha vuelto sobre ellas por las múltiples capas que se superponen, los collages y las calidades matéricas de las superficies en las que fuertes contrastes contribuyen a los efectos de luminosidad que tanto interesan al artista. Li trabaja intensamente y sin boceto previo. Siente la mancha inicial como irradiación de formas y fuente de sugerencias. Su proceder es abstracto y figurativo, pictórico y gráfico, gestual y contenido, y justamente esas ambigüedades son las que mayormente enriquecen los efectos plásticos de sus piezas en grandes formatos cuyas dimensiones aumentan sus capacidades expresivas. Li construye una visualidad profundamente marcada por las atmósferas de realidad e irrealidad confundidas, en las que las imágenes se interpenetran y en esas combinaciones de línea y color, las obras alcanzan valores líricos que los títulos atrapan para insuflarles la fuerza simbólica que las humaniza.
Una noción de pasaje se vislumbra en sus “escenarios” que advierto muy cercanos, en su silencio interior, a las estampas asiáticas - lo que parecería reafirmar un dato de ascendencia familiar matrilineal-, y también herederos de la tradición artística occidental en los espacios metafóricos de fuerte teatralidad tal como los creara el italiano Giovanni Battista Piranesi.
Una figuración desdibujada y anónima hace gala en sus creaciones. Las identidades no se enuncian simplemente y en ocasiones los individuos se muestran de espaldas al espectador, inmersos en sus faenas silenciosas. Botes y sombreros de ala pronunciada identifican personajes de mar y de tierra, pescadores y guajiros, figuras involucradas en un quehacer cotidiano y trascendente por la magia sensible que les aporta el arte. Una obra de sólida hechura en un joven artista de consistentes inquietudes para quien el ejercicio crítico vive en la obra misma desde la que emana la fuerza del diálogo de él con sus piezas y de ellas con los demás. Con cada obra un ciclo de experimentación se cierra y el nuevo ya se inaugura. El artista está en camino.

Una exposición, dos artistas y dos caminos. Formas y colores diversísimos en sensibilidades de una misma pertenencia familiar. Un duetto artístico ocasional de madre e hijo en el que Flora y Li despliegan sus universos creativos. En ambos, una misma pasión: el arte


Yolanda Wood
Cojímar, mayo de 2010