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Nuestros libros. El periódico en Cuba (desde 1764 hasta 1902)
Francisco Pérez de la Riva
 
Nuestros libros

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Conjuntamente con la celebración de la Feria, tuvo lugar una primera exposición retrospectiva de la evolución del libro en Cuba: sin duda, el acontecimiento de mayor significación cultural de los llevados a efectos durante la celebración de este festival por tantos motivos memorable. La primera de las vitrinas de exhibición mostraba en conjunto, la evolución del libro desde las tablillas babilónicas cuneiformes, hasta nuestros días de prodigiosos adelantos técnicos.

Viejos códices manuscritos, libros de horas en pergamino que, con sus bellas miniaturas, iniciaron la vida del libro de lujo: rollos hebreos en los que se copiaba la Biblia y la historia de la Reina Esther en caracteres judaicos; ejemplares incunables de los albores de la imprenta mostrando los gruesos caracteres góticos alemanes y los tipos más finos de las primicias tipográficas italianas y españolas del Renacimiento; obras de los enciclopedistas, que levantaron tempestades de ideas en los comienzos de la Revolución Francesa y otras, más recientes del siglo XIX embellecidas con románticos grabados en acero, y así hasta la época actual de tan diversos y abundantes recursos mecánicos. Colofón de este impresionante despliegue: un aparato de microfilm y un disco para ciegos, última etapa de la evolución técnica al servicio de la cultura.

El descubrimiento de América que tan vasto tema brindó a la imprenta, tuvo lugar preferente en una de las vitrinas centrales de la exhibición, en la que se hicieron figurar portulanos y cartas relativas a Cuba, todavía en pleno período cósmico de su agitada cartografía.

Allí, un folleto pequeño, verdadera joya bibliográfica procedente de las viejas imprentas de Strasburgo -1504- nos habla por vez primera del hallazgo inusitado de un nuevo mundo. Más allá, la obra de Girolano Benzoni, impresa en Venecia en 1565, y la primera edición de las cartas de Pedro Mártir de Anglería. Junto a estas joyas bibliográficas una vieja Historia de las Indias, impresa en Medina del Campo en el año 1552, y otra de Fray Gregorio García relativa a los orígenes de los indios del Nuevo Mundo.

Cuba, desde luego, mereció particular atención en esta Galería bibliográfica, contribuyendo en mucho a este objeto la espléndida colaboración brindada por la Sociedad Económica de Amigos del País. Esta institución y la Biblioteca Nacional, hicieron posible el que pudiera ofrecerse a la admiración y curiosidad del pueblo cubano un crecido número de piezas de la mayor rareza y perfección tipográfica. Procedentes de la referida Sociedad de Amigos del País, se exhibieron, entre otros valiosos libros y documentos históricos, un folleto impreso en La Habana en 1796, relativo a los peligros que envolvería para nuestra Isla el establecimiento de refinerías de azúcar en Europa, y otro, no menos interesante, publicado en 1832, conteniendo normas de uso práctico para los maestros de azúcar. La Sociedad Económica dejó constancia de su preocupación por todo lo que interesa y afecta al progreso nacional exhibiendo así mismo, algunas de sus Memorias, una de las cuales llevaba como título este bien sugestivo por cierto: “Excelencias de nuestros frutos y otras ventajas de la Isla de Cuba”.

En el campo de las ciencias, podía admirarse el libro de Antonio Parra, impreso en La Habana en 1877 bajo el título de “Descripción de diferentes piezas de Historia Natural, las más del Ramo Marítimo”. Obra imprescindible para el estudio de los peces tropicales, con 75 láminas grabadas en cobre y coloreadas a mano por el hijo del autor. Este libro constituye un admirable ejemplo de la relativa perfección técnica alcanzada por la imprenta en Cuba y es capaz de rivalizar ventajosamente con las mejores ediciones de su época.

Otra memoria publicada en 1835, sobre caminos de hierro, demuestra que Cuba pensó en los ferrocarriles y sus ventajas para la economía nacional, mucho antes que los restantes países Latinoamericanos e incluso, con antelación a la Metrópoli.

Junto a una reliquia de inapreciable valor cedida por el Museo Nacional, el microscopio de Carlos J. Finlay, figuraba una de sus obras fundamentales, la que más renombre habría de darle en el extranjero: “El mosquito, hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”. Y ya en este camino de las anticipaciones científicas y técnicas, no podríamos dejar de mencionar la presencia de un folleto editado en 1802 en el que se exponen, con fines de divulgación popular y a los efectos de vencer el prejuicio religioso existente en el pueblo, las excelencias de la vacunación preventiva que aplicara en nuestro país con tanto éxito, el famoso científico cubano Don Tomás Romay.

En acertada y bella exhibición, figuraban en la vitrina destinada a las letras, entre otras piezas notables de la literatura nacional: un devocionario de la Avellaneda; nuestra máxima novela costumbrista “Cecilia Valdés”, de Cirilo Villaverde; las poesías de Plácido y de Manzano, en primeras ediciones; versos del Poeta José María Heredia y originales del más popular y campesino de nuestros bardos, el “Cucalambé”.

Finalmente, el libro de arte durante nuestro pasado colonial, estuvo representado brillantemente por el álbum de Mialhe, los grabados de May, de Andueza y de Víctor Patricio de Landaluze, antecedentes dignos de las actuales e impecables ediciones a todo color, tales como las monografías de Romañach, de Carreño y Lam, y el más reciente cuaderno al que se hace mención en otra parte de esta revista “Máscaras” de René Portocarrero.

Durante la Guerra de independencia, la imprenta que funcionó en la manigua no se conformó con imprimir proclamas militares. Sino que también halló tiempo para satisfacer otras necesidades de las poblaciones liberadas. Muestra de la preocupación del cubano por el fundamental problema del analfabetismo lo constituye la publicación de una “Cartilla para aprender a leer en las escuelas públicas del Estado” por el ciudadano Daniel Fajardo Ortiz. Esta verdadera joya bibliográfica fue exhibida conjuntamente con un anuncio del colegio “Céspedes” abierto a los hijos de los soldados libertadores. Una nota realmente emotiva entre los atractivos de la Feria del Libro fue la instalación y funcionamiento de una de esas imprentas de guerra, convenientemente ambientada con la reproducción de un campamento mambí en los jardines del Palacio de Bellas Artes.

Imposible reunir en el limitado marco de una veintena de vitrinas, el abundante fruto de muchas cosechas intelectuales. Tal pretensión rebasa el límite de lo posible y se aparta del verdadero objetivo perseguido en esta exposición.

El INC tiene un fundamental deber: exaltar nuestros valores nacionales en las ciencias, las artes y las letras, y difundir sus manifestaciones con un criterio práctico y aleccionador; vale decir, con un fin social de divulgación.

Cuantos visitaron la exposición histórica del Libro Cubano, debieron experimentar la saludable sensación de que nuestro país tiene sólidos fundamentos culturales, y de que un mismo sentimiento patriótico preside el continuado esfuerzo de nuestros hombres de estudio y de creación. Tan brillantes antecedentes, no pueden ni deben ser ignorados por las nuevas generaciones. Preservar y estimular la producción intelectual, considerada como un todo indivisible a través de nuestra secular evolución como pueblo: he ahí un programa de cultura.



El periódico en Cuba (desde 1764 hasta 1902)


Introducida la imprenta en la Isla por Carlos Habré sobre 1720, no llena a plenitud su función hasta fines del siglo XVIII. El enciclopedismo francés que desde la segunda mitad de ese siglo encontró medio de expresión en periódicos y revistas, no llegó a Cuba sino con gran retraso.

La primera referencia a un periódico cubano nos la da Pezuela, quien menciona “un diario oficial semanal, con cuatro páginas de a cuartilla de forma muy parecida al antiguo Diario de Avisos de Madrid, que por orden del Capitán General Conde de Ricla empezó a publicarse por el año 1764 en la Imprenta de Blas de los Olivos”. Pezuela se refiere a aquel ensayo como “un pobre periódico cuya misión casi se reducía a anunciar compras y ventas y las entradas y salidas de los pocos buques que fondeaban entonces en el puerto”.

Desaparecida aquella publicación, sin dejar rastro, pero continuando su misión con mayor eficacia, surgió el 8 de noviembre de 1782 “La Gaceta de la Havana” también con carácter oficial, pero ya recogiendo en sus páginas no sólo noticias de Europa y América sino artículos o discursos de importancia entre los que figuraron unos del ilustre venezolano Don Francisco Miranda. El ejemplar que se conserva en la Biblioteca Nacional, contiene noticias políticas extranjeras unidas a tarifas de artículos de primera necesidad. En ellas se da cuenta de hechos que debieron interesar grandemente al pequeño grupo formado por nuestros primeros intelectuales: tales como la descripción de una erupción de agua ocurrida en la península de Paraguaná provincia de Coro, información de carácter científico y noticias adquiridas de uno de los prisioneros que vinieron a bordo del bergantín Parlamentario de Nueva Cork, sobre la sublevación de las colonias inglesas del continente americano, que pudiera muy bien considerarse como nuestro primer reportaje periodístico y que seguramente se conoció en Cuba antes que en la propia Europa.

El primer director de este periódico lo fue D. Diego de la Barrera, y vendíase por un abono de seis meses al precio de cinco pesos precio que resultaba sin duda exagerado para la colonia que, en aquella época, contaba con escasos lectores, lo que contribuyó a la desaparición de la “Gazeta de la Havana” sin que sepamos el tiempo que duró por no habernos llegado suficientes ejemplares de la misma.

No es hasta 1790 que a instancias del Capitán General D. Luis de las Casas en unión de D. Tomás Romay y D. Diego de la Barrera, se funda y publica el “Papel Periódico de la Havana” primera publicación periódica de carácter permanente con que contaría nuestra Isla. En su prospecto se da a conocer todo el programa ambicioso de esta publicación, que unió al aspecto oficial otro mercantil y literario. Al fundarse la Sociedad Económica de Amigos del País. D. Luis de las Casas y D. Diego de la Barrera confiaron a esta la dirección y administración del periódico, nombrándose de su seno una diputación formada por Agustín de Ibarra, Joaquín Santa Cruz, Antonio Reboredo y Tomás Romay, quienes redactaron, según sus propias palabras: “un plan sencillo y más conforme a los objetos de este papel”. José Agustín Caballero en un Informe presentado a la Sociedad Económica en 2 de septiembre de 1794, hace resaltar la acogida que el público dispensa a este periódico que llegó a contar ese año con 126 suscriptores de a seis reales al mes, produciendo sobrantes que se destinaron a la creación de nuestra primera biblioteca pública, desfilando por sus columnas los cubanos de mayores méritos.

A partir del año 1805 se le varió su nombre de “Papel” por el de “El Aviso” con el que se publicó hasta 1808. Desde entonces se convirtió en “Aviso de la Habana”, de 1809 a 1810, “Diario de la Habana” de 1810 a 1812, “Diario del Gobierno de la Habana” de 1812 a 1820, “Diario del Gobierno Constitucional” de 1820 a 1823, “Diario del Gobierno de la Habana” de 1823 a 1825, “Diario de la Habana” de 1825 a 1848 en que se transformó en “Gaceta de la Habana” fecha a partir de la cual perdió su carácter literario y comercial, quedando como órgano del gobierno, antecesor de nuestra actual Gaceta Oficial.

Los movimientos políticos con que se iniciaba la independencia de muchas naciones americanas a principios del siglo XIX, trajeron a Cuba valiosos elementos que habían de militar en nuestra vida pública, luchando a favor de las ideas liberales desde las columnas de nuestros periódicos, que se multiplican acogidos a la libertad de imprenta. En 1812, al amparo de la Constitución adquiere por primera vez nuestra prensa, una fisonomía de tipo más político que literario, llamando poderosamente la atención el periódico “El Patriota Americano” muy superior a los demás en su trabajo y gusto, según el historiador Pezuela, y que planteó, con valentía, leyes propias para la Isla, afirmando en uno de sus números que “existen aún ciudadanos que gloriándose de ser defensores de su patria oprimida, no temen sacrificarse por ella. Desnudos de todo espíritu de partido, de todo interés personal y sordos a los efímeros gritos de la envidia, de la calumnia y de la intriga, pronuncian y sostienen la verdad con una nobleza y firmeza de ánimo de que no son susceptibles los espíritus pusilánimes, ni las almas bajas, serviles y aduladoras, que no cesan de tributar inciensos a los odiosos opresores del pueblo y de ellos mismos”. En el propio tono del Patriota Americano se publicaron “La Gaceta Diaria” y “El Mensajero”, surgiendo otros como “El Fraile” fundado por D. Francisco Montalvo y Ambuloide, que constituye lo que pudiéramos considerar un órgano de la reacción que se proponía, según sus propias palabras “purgar los institutos religiosos de las calumnias del Patriota Americano dedicándose con igualmente a combatir con violencia la masonería”.

Abolida la Constitución de 1812 y suprimida la libertad de imprenta, el periódico en Cuba languidece para resurgir con nuevos bríos durante el período de la segunda era constitucional. La libertad de imprenta produce mayor virulencia que en la época anterior y el periódico se hace más polémico. Por primera vez la palabra constitución no solo se da a calles, plazas y monumentos, sino que se agrega al nombre de la mayor parte de los periódicos, y así surgen entre 1820 y 1823: “El Diario Constitucional de la Habana”, “El Noticioso Constitucional”, “La Gaceta Constitucional de Puerto Príncipe”, “La Gaceta Constitucional”, “El Amigo de las Constituciones” y muchos más. A estos se agregan otros periódicos como “El Indio Liberal”, “El Esquife”, y muchos más entre los que se cuenta como no menos combativo “El Argos”, fundado por Fernández Madrid.

El periódico satírico de carácter político se inicia como arma de combate, viéndose de continuo denunciado, suprimido y vuelto a publicar con distinto nombre, pesando sobre ellos con todo su rigor la Ley de Imprenta de 1821, como ocurre con “El Falucho Vigía”, “El Barco de Vapor”, “El Esquife Constitucional”, “El Esquife Arranchador” y “La Galera Constitucional” que cambian ataques con “El Tío Bartola” y otros. Llega a escribir Fernández Madrid en “El Argos”: “Hay dos clases de hombres entre nosotros: Los unos que creen que no hay libertad sin tumultos; que no habrá felicidad mientras no sean ultrajadas, arrastradas por las calles, o expelidas fuera del país las personas que no son de su agrado. Piensan estos mismos que no se usa de la libertad de imprenta cuando los papeles públicos no están llenos de torpes sarcasmos, groseras desvergüenzas e indecentes personalidades”.

En ambos períodos de nuestra libertad de imprenta la mujer tuvo su participación. Así, en el período constitucional se publicó “El Correo de las Damas” y en el segundo “La Mujer Constitucional” donde aparecen artículos bajo los seudónimos de La Redactora, Una Habanera, Una Casada, Una Mujer, etc., en los que se abordan con resolución los temas políticos y sociales, al extremo de que el Capitán Llaverías, director de nuestro Archivo, llega a dudar de que fuesen escritos por mujeres.

A partir del absolutismo que con carácter más permanente marca la política del capitán General Tacón, el periódico en Cuba se aparta de la política para converger hacia temas literarios en los que se desahoga el sentimiento patriótico con expresiones más o menos violentas. Tal ocurre en “El Álbum”, “El Plantel”, “El Apolo Habanero” ocupado con preferencia de música y teatro. “La Cartera Cubana” y “La Moda” o “Recreo Semanal del Bello Sexo” que a más de su parte literaria publicaba preciosos grabados de moda hechos en La Habana.

No es hasta 1841 que “El Faro Industrial” inicia de nuevo el periódico de tipo político, sin desprenderse del todo de su disfraz literario, por lo que fue suprimido por el gobierno en 1851. En 1861, momento de mayor tolerancia política, nace “El Siglo” fundado por Quintín Suzarte y luego dirigido por el Conde de Pozos Dulces, como diario político, económico y mercantil, que llegó a ser órgano oficial del Partido Reformista y a convertirse en el mejor periódico político de Cuba. Propugnaba y defendía este diario las reformas político-sociales y económico-administrativas con tal fuerza de razones, que había de servir después de la Guerra de los Diez Años como escuela y modelo a la prensa autonomista.

Terminada la Guerra, el periódico no vuelve a adquirir virulencia hasta fines del siglo, en que el tema político regresa a la actualidad con mayor o menor libertad durante la etapa autonomista. Pertenecen a esta época de formato moderno: “El Triunfo” y “El País”, donde se manifestaron las plumas vigorosas de Montoso, Govín, Varona, Gálvez, Sanguily y otros. “La Lucha”, sin ser autonomista, fue de tendencia liberal colaborando en ella, a más de muchos autonomistas, políticos notables como Juan Gualberto Gómez, Gastón Mora y Valdivia. Completó este brillante período “La Discusión” de Santos Villa, el más importante de los periódicos que se vendían en la calle durante la época colonial.

La opinión conservadora tuvo siempre en el “Diario de la Marina” un eficaz instrumento. Originalmente llamado “Noticioso y Lucero de La Habana”, la fundación de este diario data de 1833, habiéndose mantenido ininterrumpidamente hasta nuestros días, en que figura no sólo como decano de la prensa nacional, sino como uno de los más antiguos de la lengua castellana.

La crítica política y el estilo satírico, encontraron abundantes intérpretes durante el último cuarto de siglo de dominación hispánica; agitado período de nuestra nacionalidad, transido de liberalismo y dominado por la idea patriótica de la independencia.

Contrario a ese sentimiento nacionalista, el “Moro Muza” (…). Figuran también, dentro de esa clasificación de publicaciones jocosas y satíricas la “Comedia Política” del gran cronista Antonio Escobar; “El Tábano”, “La Cotorra” y “El Acicate”, sin mencionar otras muchas que se publicaban en ciudades del interior de la República.

No podríamos prescindir de citar aquí “La Política Cómica”. Aunque solamente adquiere popularidad al cese de la soberanía española, su fundación data de 1894. Dirigida por Don Ricardo de la Torriente, esta publicación, de un humorismo fácil aunque de escaso valor artístico, reviste para nosotros particular interés, fundamentalmente por el hecho de haber prohijado el tipo de “Liborio”, convirtiéndolo en expresión característica del campesinado cubano.

La prensa autonomista, variada y numerosa, sufrió con verdadero heroísmo, toda clase de persecuciones. Tan frecuentes eran las multas que imponía a esos periódicos el Tribunal de Imprenta que, para salvar su precaria situación económica, idearon la creación de un sello de contribución voluntaria, prohibido más tarde por el Gobierno Español so pretexto de que tales fondos se destinaban a fomentar la insurrección.



Francisco Pérez de la Riva y Pons
En: Revista del Instituto Nacional de Cultura (La Habana). Año II. INC. Ministerio de Educación. 1957. p. 20-28.