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La piel como metáfora del mundo
Rafael Acosta de Arriba
 


Peña ha mantenido en los últimos cuatro años una incansable actividad artística que lo ha llevado a convertirse en uno de nuestros creadores más reconocidos dentro y fuera del país. Este itinerario ha sido posible por un considerable número de exposiciones personales y colectivas en las que sus piezas se distinguen por la fuerza de su expresividad y por el hábil manejo de los significantes.
El cuerpo, sus fragmentos o totalidad, la piel, y un performance continuo en la imagen retratada lo han convertido en un gestor de iconos que atrapan por su elocuencia y también, por su excelente factura técnica. Digamos, además, que esta obra se caracteriza por su evidente valor transcultural.
La crítica ha reparado en él con insistencia. Ya en 1996, en el proyecto “El voluble rostro de la realidad”, Juan Antonio Molina destacaba el uso de una metodología bien explícita en la que el artista desempeñaba un evento significativo “en sí mismo” aprovechando todas las posibilidades documentales del arte del lente “para mantener intacto el sentido del evento fotografiado y presentar el objeto fotográfico como una síntesis de significados”.
El cuerpo fue uno de los grandes temas de la pasada centuria en el arte y en Cuba la situación no fue diferente. Los primeros años del siglo XXI continúan estas tendencias. Entre los grandes recreadores del cuerpo, desde la fotografía, está René Peña. Aproximaciones, vale decir, que no han colocado atención preferencial en las connotaciones eróticas del cuerpo, aunque ha realizado piezas de un sutil erotismo. El crítico Nelson Herrera Isla lo vio “creando una especie de mitología corporal asociada a una fuerte religiosidad popular”. Molina, ya citado, lo ve próximo a las estéticas de Fani Kayode y Robert Mapplethorpe. En un texto que escribí a mediados de 1997, a propósito de Nudi’96, Primer Salón de Fotografía del Cuerpo Humano, realizado en la Fototeca de Cuba, lo califiqué como el creador de un incipiente “corpus místico en el que el sincretismo religioso era la nota más sobresaliente”. Hoy puedo suscribir esa afirmación, pero añadiendo que el artista ha crecido, complejizando su universo metafórico. La piel pasó a ocupar un lugar preponderante en sus recursos y sus pivotes temáticos. Isabel Hernández, a su vez, anota: “Peña subvierte la estética del fotógrafo, cuestiona la fotografía como documento histórico y centra su discurso en el ser humano en el que defiende subjetividad e individualidad”, algo diferente a lo señalado por Molina al inicio.
En esta muestra, un gran recorrido por la obra de Peña, se aprecian todas esas facetas apuntadas por la crítica especializada. Veintiséis obras de gran y pequeño formato, de excelente calidad en su trabajo de impresión, nos asoman a un mundo complejo y nada fácil para la exégesis, a reflexiones diversas sobre la vida, el cuerpo y los símbolos religiosos, obras que en su momento formaron parte de muestras como Rituales, Crónicas de la ciudad, Memorias de la carne, Hacia adentro, Ritos I y II, Man made materials y otras.
Ver todas estas obras me ha recordado una expresión del gran poeta portugués Fernando Pessoa cuando dijo que el que inventó el espejo había envenenado el alma humana. En esta muestra antológica, la obra de Pupi Peña es un adentrarse en la hondonada humana utilizando la piel como punto de partida, el cuerpo como pretexto y determinada simbología religiosa como soporte espiritual. La operación, hecha desde la fotografía, nos conduce a profundas meditaciones que mucho tienen que ver con la cita de Pessoa.

Rafael Acosta de Arriba
Mayo/2003