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Se acabó lo que se daba
Nelson Herrera Ysla
 
Durante muchos años, décadas, incluso siglos, el arte se “daba” en porciones académicas a través de aulas para estudiantes escogidos o con posibilidades de ingresar en los altos centros de estudios; también se suministraba en dosis regulares a través de exposiciones transitorias de galerías grandes y pequeñas; y por todo lo alto en museos nacionales y de ciudades importantes. Toda esa estructura pedagógica y comunicacional se ha mantenido, sigue vigente, y se le añade ahora una porción, algo menor por supuesto, mediante la programación televisiva y los siempre fieles medios impresos, especialmente revistas culturales y especializadas, y los catálogos.
Para los interesados en el arte, por ahí andaba el asunto de aproximarse a él, entender sus principales rasgos, hallarle su sentido y significación, idearlo como algo consustancial a los seres humanos. En esos espacios tradicionales de conectividad informacional y de conocimiento, el contexto local desde donde se originaban tales intercambios llevaba la mejor parte, pues las referencias, los ejemplos, se hallaban a mano. Si se aludía a los grandes valores universales, o a aquellos que habían logrado trascender sus fronteras a nivel regional, continental –reconocidos por las controversiales y más que polémicas “historias” del arte-, entonces no había otro remedio que acudir a las heroicas y entrañables diapositivas, aunque con el paso de los años estas perdieran sus iniciales tonos e intensidades cromáticas, a veces sin darnos mucha cuenta. El conocimiento y reconocimiento de la visualidad, de manera general, transitaba pues por caminos complejos y variados: parecían, y fueron, suficientes para alimentar la creación de muchas obras, admirar artistas y expresiones de cualquier latitud, enseñar, reflexionar, criticar, historiar.
Vista así, nuestra visión de la modernidad –y tal vez la propia modernidad en sí- a lo largo de casi todo el siglo XX era de un candor admirable, de una sencillez extrema, superada casi siempre por el talento impar de tantos creadores y expertos, y por otros preciados dones nacionales que aún no hemos quizá descifrado como es debido (antropofagia y transculturación aparte, hibridación y mestizaje aparte… y otros apartes más). Así construimos un imaginario visual del que podemos sentirnos más que orgullosos: ahí están las obras en museos, galerías y otras instituciones del Estado, y también en montones de casas familiares, a la espera de que un día disfrutemos de ellas.
El arte se “daba”, pues, de muy diversas maneras. Ahora continúan esas formas de dar, por supuesto, pero han aparecido otras nuevas que modifican nuestra apreciación del arte y que aventajan en ocasiones, a aquellas tradicionales por su velocidad y capacidad de actualización. Transitada una década ya del siglo XXI, las formas de entrar en contacto con el arte han cambiado. Este nos llega abrumadoramente mediante el complejo, y al parecer inacabable, universo del Internet en sus múltiples variantes: outlook Express, youtube, facebook, wikipedia, encarta, etc., apoyada por la andanada mayúscula de dvd, cd, y videos que circulan en todas las direcciones posibles e inimaginables.
Porque es el arte también el que ha cambiado: nuestra inocencia se ha quebrado en pedazos ante la avalancha de nuevas estrategias de conocimiento e información. Los propios procesos de creación son otros: los artistas nos sorprenden cada día así al contarnos sus “fuentes de inspiración”, bien alejadas de las tradicionales. Son otras también las formas de poner en circulación las obras, promocionarlas, y dejo para otro momento la vertiginosidad, rayana en sabiduría, con que los artistas han asumido los mecanismos de mercado actuantes, que es otro cantar. Nuestros artistas todos pero especialmente los jóvenes –estudiantes o no, graduados o no- son más listos ahora. Como se dice en Cuba: lo saben todo y lo que no… se lo imaginan. Viven y trabajan aquí, y también viven y trabajan en el exterior: paradoja que sorprende y confunde a muchos que desde fuera se esfuerzan por comprender esta dinámica. Nosotros la entendemos bien: sabemos que es así, aun cuando existen variantes de la misma que nos sacan, en ocasiones, de paso.
Sin hacer valoraciones de intensidad y sin calificativos que desemboquen en jerarquías –tal como podría ser en el deporte-, lo cierto es que recientes exposiciones realizadas en La Habana dan fe sobre ciertos cambios en el universo de la visualidad nacional tomando en cuenta algo de lo esbozado hasta aquí. El arte cubano se da, no como la mala yerba que crece donde menos se espera, sino como la buena que se siembra. Aquí se ha sembrado más de la cuenta: catorce o más escuelas provinciales de vocación artística lanzan cada año al escenario urbano y rural del país a decenas de jóvenes ansiosos por ingresar en los centros de enseñanza superior, o dedicarse enteramente como profesionales del arte mediante su ubicación en talleres de otros artistas o colectivos, empresas e instituciones. Que no es cosa de juego para una isla de once millones y pico de habitantes y ciento diez mil kilómetros cuadrados. La cantidad comienza a hechizarnos, como hubiese aseverado Lezama Lima, en puja relativa con la calidad que se desprende de tal movimiento insólito por su escala. El asombro no nos llega solamente de los cambios que algunos artistas conocidos experimentan en sus individuales trayectorias (Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Juan Carlos Alom, Eduardo Ponjuán, Ibrahim Miranda, Roberto Diago, Sandra Ramos, Nelson y Liudmila, René Francisco, Aymée García, Carlos Montes de Oca, Eduardo Rubén García, José A. Toirac, Lázaro Saavedra, Humberto Díaz, Esterio Segura, Glenda León, por citar sólo algunos), sino de otros muy jóvenes, incluso en plena formación.
Tal vez hablar de cambios sería exagerado, puesto que parte de la nueva producción simbólica producida en el país existía ya, aunque sin esas detonaciones como la ocasionada por la exposición Bomba, que logró reunir a cerca de veinticinco creadores jóvenes el pasado año 2010 en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam.
Pero lo ocurrido con Trust, Cuarta pragmática (en Factoría Habana, abril-mayo-junio), Torbellino II (Galería Habana, mayo-junio), y la feliz publicación de los catálogos Espacio 08 y El extremo de la bala (una década de arte cubano), ambos en 2011, los que reúnen a cerca de ciento veinticinco artistas jóvenes, más casi treinta de las exposiciones mencionadas (alrededor de ciento cincuenta artistas en total, cifra grande), nos da la medida de lo que se avecina o comienza a cobrar cuerpo ya en el arte cubano, sin que ello anule, opaque o distorsione el rumbo emprendido por otros artistas, incluso otras tendencias. Prepárate para lo que viene, decía una canción en los 90.
En Trust… (redimensionamiento de la galería DUPP, esta vez con alumnos del segundo curso de la Facultad de Artes Plásticas del ISA, liderada por René Francisco), por ejemplo, se documentan en video tres experiencias anteriores: estas son algo así como derivaciones de aquellas iniciales llevadas a cabo por la galería varios años atrás. En ellas apreciamos lo que ocurrió en un antiguo Banco ubicado en la Habana Vieja, una piscina privada de una casa de Nuevo Vedado y en la calle 74 del municipio Playa. En el primer caso los alumnos intervinieron las columnas del lobby central del edificio en proceso de restauración, cada uno en busca de resignificaciones individuales que favorecieran lecturas distintas de lo arquitectónico en sí y del conjunto ambiental. En la piscina, el agua se tornó el elemento esencial para propiciar nuevas sensaciones, desde lo sensual hasta lo meramente objetual, en cuerpos y actitudes de los alumnos capaces de generar un espacio de convivencia singularizado por el goce. Y en la práctica street art de una calle municipal habanera, los alumnos trocaron la ruindad del pavimento en alusiones formales de carga estética inédita para los vecinos del lugar, quienes percibieron nexos desconocidos entre el arte y la vida cotidiana, entre lo público y lo privado.
Este registro documental es una prueba irrefutable de lo que muchos de los jóvenes creadores de hoy se proponen en lo conceptual, entre otras razones, a partir de las motivaciones generadas por un profesor con una nueva sensibilidad ante los procesos artísticos y la puesta en marcha de una dinámica pedagógica distinta en el momento crucial de su aprendizaje, no importa si luego, con el transcurso de los años, algunos modifiquen su actitud y deriven hacia otros lenguajes y modos expresivos. Si a ello añadimos la información que ellos adquieren rápidamente gracias a la proliferación de las redes sociales y comunicación online, los resultados no pueden menos que asombrarnos a la hora de pulsar la atmósfera que comienza a reinar en la escena cubana (“hiperpluralidad ya no sólo en los géneros, también temática y conceptual…”, advierte Rewell Altunaga en la introducción al catálogo El extremo de…, donde añade más adelante: “más allá de códigos epidérmicos y estereotipos culturales, las obras intentan dialogar a partir de los postulados esenciales en los que se basa toda construcción artística…”).
Si algo llama la atención en los tres niveles expositivos del proyecto Trust… en Factoría Habana, es la libertad creativa que tejen todas las obras al unísono, sin que se adviertan incongruencias, antagonismos, disonancias, fricciones. Un espíritu libertario emparentado probablemente con los dominios estéticos que cualifican el arte brasileño de las últimas décadas, en específico sus objetos y esculturas (pienso en Ivens Machado, Leda Catunda, Iole de Freitas, Laura Vinci, Nuno Ramos, Ernesto Neto, entre otros), y que profundizan en la silenciosa y distendida ruptura que desde hace años protagonizan varios creadores en el arte cubano contemporáneo.
La escultura cubana tiene en esta exposición interesantes desafíos que tanto urge enfrentar de una vez por todas para su redefinición y reposicionamiento en el escenario nacional: búsqueda y hallazgo de nuevos materiales y texturas, modos provocadores de intervenir el espacio, temática diversa, variedad de escalas (Alejandra Oliveros, Dania González, Víctor Piverno y Madelyn Barrios, Yani Socarrás, Yoxi Velásquez, Dayana Trigo, el propio René Francisco). Ellos apuestan por una extensión del campo escultórico tradicional al impulsar lo tridimensional hacia nuevas indagaciones estructurales y formales alejadas de las preeminencias del volumen, la luz, la frontalidad. Si se trata de un objeto (esculturado en instantes, diseñado en otros), este es proyectado hacia la búsqueda de un diálogo con el espectador a partir de su forma y su ubicación espacial; si se trata de varios, entonces acuden a lo instalativo para crear una atmósfera singular, de raíz en lo narrativo literario, teatral, cinematográfico. La mayoría de esas esculturas interactúan con el público de manera inusual, rechazan toda contemplación convencional legada desde hace siglos. El clímax de estas nuevas lecturas de lo escultórico es el proyecto Aula –parte integral de la exposición-, en el que cada uno de los alumnos diseñó su propio asiento para tomar clases en algún momento dado dentro del período de tiempo de la exposición: otra prueba más, sin dudas, de las posibilidades casi infinitas de la escultura en momentos de extrema tensión económica y dificultades materiales de todo tipo.
De modo curioso, y sin ánimo de restar o añadir importancia a la muestra, no parece realizada en Cuba, pues se mueve en coordenadas similares a la estética de otras latitudes donde se producen interesantes operatorias estéticas. La impresión que se obtiene al visitarla por primera vez ubica a estos jóvenes creadores en una dimensión “internacional” nada autorreferencial ni condicionada por los avatares de un contexto complejo y difícil como el nuestro, tan al uso en los últimos años.

(Fragmento. Publicado en Noticias de artecubano)