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La reina, de caza, mira en lontananza
Rufo Caballero
 
La reina, de caza, mira en lontananza



El año 2010, fecha redonda, un año de tantas catástrofes en el mundo, marca sin embargo, quizás por contraste necesario y efusivo, la maduración total y la consagración de Aziyadé Ruiz, como una de los principales pintores cubanos de las dos décadas más recientes. Son varios los índices de crecimiento inobjetable, que hablaron a la crítica, ya desde comienzos de 2010, acerca de la plenitud creadora de Aziyadé.
En primer término, el formato. La expansión. Aziyadé es una pintora monumental; la abstracción de sus ideas no permite la contracción del formato. Conste que lo escribe alguien muy reticente con la pintura de gran escala, la que no en pocas ocasiones me parece hinchada, inflada, inconsistente. Pintar con las proporciones que está pintando Aziyadé ahora mismo, constituye un peligro enorme. Ella atraviesa ese campo minado como si atravesara un campo de violetas; eso es: con una seguridad espartana. Aziyadé necesita el espacio pictórico, la complacencia de la materia y el color. Su pintura es ancha y abierta siempre, dúctil, en la medida en que la expresión sirve al propósito de explicarse fuerzas mayores del universo.
Aziyadé no es, para nada, una pintora de la circunstancia, de la anécdota narrativa, del accidente: pareciera que pinta para entender y celebrar, a un tiempo, el funcionamiento orgánico del mundo, de las fuerzas naturales, de la integración de estas y las energías y capacidades humanas, con una transición importante en las deidades que hacen las veces de amuletos o talismanes al hombre. Una pintura de la armonía orgánica, de la presuposición de los elementos del universo. Una pintura que observa, gozosa, el erguimiento de la (pro)creación a todos los niveles. Una pintura de alcance cosmológico, que se ancla sin vacilación en asideros culturales propios de la ínsula, de la mujer. O sea, no deja de estar la condición de género, como tampoco el hálito social, pero, en todo caso, tienen que comulgar con una diafanidad de disfrute, con una filosofía abarcadora que no gusta del lamento, de la queja, de la reyerta con los Otros. Aziyadé no pierde tiempo en eso; no tiene tiempo que perder en eso. Su afirmación del diálogo cordial, amable, diríase que sensual, entre el hombre y el medio ambiente, no se expresa por dramatismos patéticos ni por controversias histriónicas, sino gracias al clamor de un reino que se sabe compacto, agradecido del interflujo.
Se ha percatado, afortunadamente, de que no es una pintora figurativa, en absoluto, como tampoco es una pintora definitivamente abstracta. No en balde ha alcanzado la madurez y la saturación plena del estilo, la fibra más vibrante, cuando induce motivos recurrentes (el árbol, la isla, la planta submarina, la deidad femenina) por medio de reminiscencias y metáforas visuales que convierten la superficie en fondo, la morfología en sustantivo. Aziyadé hace hablar la pintura por sí misma, y no marea al espectador con contenidos o recorridos de lecturas demasiado intelectuales. Ella no deja de situar, como diría Brecht, una señal orientada; pero su pintura se cuida de ser acertijo y laberinto inextricable. Se abre más bien a ese sensualismo productivo de que hablaba Susan Sontag cuando se refería a la necesidad de gozar una “erótica del arte”. Las metáforas de Aziyadé son invitaciones, no tiranías; dones del conocimiento sereno, no conceptualismo autoritario.
Luego del formato, es el color la otra gran conquista que mueve a hablar de maestría en su pintura actual. Ya hace con el color lo que le viene en gana. Lo fuerza, lo tuerce, lo agradece, lo encomia, con bríos siempre. Violenta todo el tiempo la relación entre expresividad y temperatura: digamos, consigue los lienzos más cálidos a partir de los verdes presuntamente más apagados y fríos, secos; o es capaz de arrancar una tristeza ronca, pudiente, a tonos terrosos, a rojos intensos. Aziyadé ha llegado a dominar el misterio profundo de la creación, y eso sólo alcanza a explicarlo el secreto magnífico de su pintura actual.
El arte de Aziyadé, en 2010, pasea un extraño aplomo moral, una plenitud, una incontaminación de belleza, que hablan por los instrumentos de una reina. Ella pinta con la serenidad y la fluidez con que el mundo la asiste, sin límites físicos, sin resabios, sin incomodidades o ataquitos de excluida. Toda gratitud parece poca, ante la mirada penetrante y misteriosa de la reina que en las tardes sale a la frontera de su comarca, y puede allí emocionarse con la imagen antojadiza de un ciervo que la sorprende y la sobrecoge.


Rufo Caballero
julio y 2010