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El corazón con que vivo
Hilda María Rodríguez Enríquez
 
El corazón es el motivo de este cuerpo de obras, por su connotación en la historia de la humanidad e importancia en casi todas las civilizaciones, especialmente en la cultura egipcia, en la que acompañaba al fallecido momificado, a la otra vida. El corazón atesoraba las mayores cualidades y virtudes de los seres humanos, como la inteligencia, la voluntad; era el responsable de los sentimientos y el centro de todos los impulsos espirituales.
En otras culturas también ha sido regente por su significado y su denotada función mágica. En Mesoamérica y en Ecuador, por ejemplo, el corazón- que podía ser humano, incluyendo el de niños y jóvenes vírgenes, como en las ceremonias de sacrificio de los indios sioux y pawnees- era ofrecido a los dioses, o devorado por el jefe de la tribu, para obtener mejores cosechas u otras bonanzas del poder supremo. Asimismo, en la lucha entre grupos tribales de diferentes lugares y épocas, el vencedor acostumbraba a comer el corazón del vencido, como muestra de poder y sobre todo para adquirir la fuerza del adversario.
En la doctrina Cristiana, y así reza en la Biblia, en el libro de la Sabiduría y en muchas representaciones, el corazón asume las responsabilidades éticas y está indisolublemente ligado a las más excelsas expresiones de virtud, inteligencia y buenos sentimientos.
Manfred Lurker, en su Diccionario de Imágenes y Símbolos de la Biblia, refiere que el Dios primigenio egipcio Ptah, concibió el universo en su corazón antes de darle forma mediante su palabra creadora; y en las sagradas escrituras, encontramos una sentencia grave y noble: "Dado que el corazón es el punto de partida de toda acción humana, Dios inscribirá sus leyes en los corazones".
El corazón es el símbolo de la vida y designa la totalidad del hombre interior. A través de este significante hago referencia al principio y fin, a la vida y la muerte, pero también a las cuestiones éticas, morales y espirituales de los seres humanos en su complejo universo de relaciones. Ahora que tanto hablamos de conciliación, tolerancia, comprensión y paz, el corazón -aunque socorrido como referencia simbólica- me resulta una metáfora apropiada, además de ser para mí, morfológicamente hermoso.
El otro componente ponderado en las obras es el "Texto", que incorporo como en las culturas egipcia y yoruba, en las que la base de todo estaba en la palabra y tenía el poder de la creación; o como las imágenes del "libro de los libros" -la Biblia- que constituye una singular fuente de conocimiento, o una suerte de tratado ético-moral, más allá de cualquier interpretación mítica.
Al decir del investigador Maurizio Damiano: "El nombre de una cosa evoca, crea, es la cosa nombrada". Para los egipcios los jeroglíficos eran "palabras de los dioses". La escritura era dibujo y la imagen se complementaba para permitir la función mágica, que es lo que nosotros llamamos arte. Entonces me interesa la palabra, el texto como imagen, no sólo por su sentido o su valor semántico; me anima la dimensión de la sintaxis -prístina o sofisticada, no importa-, la acción estimuladora o sugerente a nivel sensorial, junto a la solución estética.
Todos los elementos y materiales utilizados en las instalaciones u obras dimensionales están asumidos en su dimensión simbólica, como los reconocemos en los cuerpos filosóficos y en las doctrinas, religiones y o liturgias citadas, que forman parte de mi investigación. Tales son los casos de la arena, la tierra, las especias, la ceniza, los pétalos de flores, el vino, los números, determinados colores, etc.
Existen, por supuesto, otras intrahistorias y subtextos en las obras, más o menos explícitos, pero todos relacionados con la convivencia, la transitoriedad de lo terrenal, la importancia de ver lo esencial e incluso el valor de lo intangible.


Hilda María Rodríguez , 2010