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Mercy Rivadulla
Delia María López Campistrous
 
La obra pictórica de Mercy Rivadulla, comparte con el denominado Arte Naïf, una perentoria necesidad de comunicar ideas, sentimientos y anticipaciones del alma, que es capaz de desbordar las técnicas académicas para multiplicarse en piezas coloridas, de paleta brillante y de confianza infantil en que lo que sueña la artista, se volverá realidad. Sin embargo esta pintora, hija del destacado diseñador de larga trayectoria y obra multifacética –Eladio Rivadulla- tuvo desde niña la instrucción artística necesaria. Arquitecta de profesión, especializada en la restauración y conservación de edificaciones, posee las herramientas técnicas más completas de la perspectiva y conocimiento de los estilos arquitectónicos. Entonces, la planimetría de su dibujo y la línea infantil de sus figuras, no es tan ingenua como el ojo no avisado pudiera creer. Ya con más de setenta exposiciones personales y colectivas en su haber, el estilo de Mercy se comprende mejor como una elección artística, teóricamente difícil de enmarcar, pues se aparta de las teorías y de las historias de los estilos.

Si nos asomamos de un modo más profundo en el tema de la pintura de esta artista, constatamos otra dicotomía que nos muestra la fidelidad incorrupta a su elección: siendo el arte ingenuo buscado por reflejar ambientes populares intocados por la civilización o aún primarios en sus incorporaciones, la obra de Mercy se vuelca hacia el paisaje citadino. Nacida y formada en la ciudad capital, su mito es La Habana: la colonial y la moderna, la metropolitana y la del barrio identitario. Múltiple, pues para la arquitecta, cada casa es una leyenda, cada edificio una época encerrada en un volumen y cada material constructivo, un escalón que le permite el viaje por la historia de nuestro patrimonio mueble.

Sus vistas urbanas tomadas “a vuelo de pájaro”, se han ido poblando de edificios que reúne para reforzar la carga sígnica o simbólica de la obra: La Catedral, el Morro, el Capitolio, conviven en plástica armonía con la Torre Eiffel, el Taj Mahal y la Gran Pirámide. La obra se propone puente que enlaza La Habana con el mundo, y la cultura cubana con las metrópolis internacionales del arte: “lo maravilloso en lo real” –hubiera dicho Carpentier.

Pero también los cuadros están poblados de personajes. Y su convivencia invita a la sonrisa y la reflexión: Picasso y Lam se prestan al juego de Mercy –la pintora, que ocupa en ocasiones el extremo de la estampa, con su caballete y su mirada escrutadora– para hacer fehaciente sus afinidades, y plasmar un guiño filial entre realismo mágico y surrealismo. En una mesa se sientan flotando sobre el cielo de la ciudad, Cristo y Martí, con Einstein y Chaplin convertidos en invitados a una cena que no es la última, sino la que anuncia la convivencia respetuosa de las ideas y los hombres.
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MSc. Delia María López Campistrous
Especialista en Museología. MNBA