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Julia Valdés
Caridad Blanco
 
En la obra de Julia Valdés, Erosiones es un retorno a la emoción pictórica; emoción –sin embargo- de sentido contrario a aquella de naturaleza extrovertida que vimos despuntar en El reverso del paisaje, quebrada la habitual serenidad que había señoreado en su producción artística anterior. Estas inflexiones remiten a territorios marcados, a huellas que el tiempo ha dejado impresas sobre el espíritu humano en su aprehensión del mundo. Las vistas de su emotividad quedan así, sujetas por medio de costuras, amarres y anudamientos; gestos en definitiva en medio del chorreado, las oscilaciones de intensidad en los colores y las enigmáticas veladuras. Julia ha tomado una ruta que quiere convertirse en un viaje al interior de la vivencia. En este proceso de transfer4encia de su subjetividad, híbrida –en el ejercicio de lo abstracto- la ascendencia lírica, con una intensidad de lo matérico, sin prescindir del trasfondo libertario del informalismo ha sido y es su credo. Pero sin duda, la mayor afirmación estuvo desde el inicio a favor de la abstracción como una totalidad, a partir de la cual llegaría a concretar su ejercicio pictórico una vez que, en su prístina elección, decidió arriesgarse en un sentido que contrariaba la tradición plástica de su natal Santiago de Cuba.

En el entramado de Erosiones hay un regodeo en esa comunicación casi “mística con el vacío o la materia”, un elogio del instante que se quiere, sin un antes, sin un después; celebración en la que no existen normas, adentrándose la artista en un territorio al que va sin restricciones. José Hierro, al referirse a un tipo específico de práctica abstracta, insistía en el hecho de que “un procedimiento, aplicado al concepto de las formas puede aproximarnos al mundo interior, al espíritu en que tal arte se origina /.../ La obra realizada es la que nos aproxima sutilmente por vía irracional al mundo del artista, del hombre inmerso en una circunstancia concreta”, y eso es justamente lo que sucede cuando se desmontan las capas de que están hechas estas composiciones, este abstraerse de Julia Valdés. Su pintura siempre llevó implícita cierta delicadeza, confiriéndole a su gesto abstracto, una impronta de femineidad cuyo signo iba, desde el modo en que gustaba disponer las transparencias hasta la elección del color, y de ahí a lo que el dibujo bordaba. Una apreciación semejante, nació en la confrontación visual y el contraste con la obra de un grupo significativo de sus colegas hombres, quienes junto a Julia, llevan adelante en nuestro contexto el ejercicio de su decisión de abstractos. La naturaleza de lo femenino halló su traducción, tal vez primero en las elecciones cromáticas, sobre todo en la manera de disponer las armonías, pero también hablaba a favor de ello el descentramiento común a buena parte de sus composiciones, esa persecución de la cadencia, el movimiento revelado con sosiego, transparentando la fuerza que hay en Julia, que es su manera de conducirse; fuerza de vital serenidad, condición inequívoca de toda su energía y que no negaba –en los aquietados espacios- el asomo de un erotismo pleno en surgencias, evocador de escarceos. En relación con lo anterior, Erosiones intenta subvertir las convenciones que habían definido la obra de Julia Valdés, encarna una experimentación desde donde se extrovierte la resonancia de confrontaciones que han tenido lugar en ese campo de batalla que es la extensión de la vida humana. Las huellas que el tiempo dejó en cada lance, lo tremendo –en su caso- de aquella disyunción de relegar la pintura a favor de la vida de su hija, tras un accidente. Los agentes erosivos son siempre múltiples, avasalladores unos, otros incluso sutiles, de cualquier modo todos impactan por igual al espíritu. La intensidad de esas marcas es la que imprime al paisaje del espíritu un relieve, un signo de identidad.

Esta serie que ahora alcanzó su protagonismo, se fue perfilando en un ir y venir pausado de apariciones y ocultamientos, como si Julia dudara en mostrar plenamente un giro que podía controvertir una orientación discursiva que orgánicamente había estado construyendo en el lapso de más de dos décadas.

Unas palabras que iluminaban un tanto los límites que estaban siendo removidos, fueron las de Pedro de Oraá al enunciar hace algunos años: “Julia pinta lo que presiente y sobre todo lo que recuerda: el suyo es un relato de la intuición y la memoria”. A esa afirmación de quien mejor ha sabido aprehender su pintura, podría agregarse que la abstracción propuesta por Julia Valdés, se ha tornado esa resurrección pictórica plena que ella misma se adeudaba, al quedar resueltas en el mundo trascendente de lo cotidiano, algunas batallas vitales inexcusables.

En medio de la heterogeneidad que caracteriza a la serie Erosiones, se descubre aquella presencia femenina desde antes avizorada. La mujer se explicita; una de sus facetas es el protectorado de la madre, de la restauradora. Ella injerta sobre las superficies dañadas por la agresión del tiempo, ciertos implantes por medio de costuras y, cuando no es suficiente unir con el pespunte mecánico, acude a las puntadas y por medio de ese laboreo de las manos también une tejidos, pieles y cortezas cual humanidades, en una rica contraposición de texturas. Lo que se inició con la adhesión sobre los lienzos de la tela de algodón con que son protegidas las vegas de tabaco, (re)creando no sólo una perspectiva aérea sino también el entramado urbano, halló continuidad en la presencia de telas muy diversas, incluido el yute. Esta es la misma mujer que dejó al desnudo cavidades y zonas vaciadas al espacio del cuadro, resaltó las crispaduras del tejido cual espasmos existenciales, sin que todavía terminara de expresarse esa marca de género que también ilustra el desmadejamientos en los hilos y el modo de componer esa presencia textural y corpórea de sus acumulaciones, en tanto, los cordeles acerados fueron convertidos en pretextos para los agarres, y marcó además con ellos un sentido de los límites, otra noción de dibujo.

Hay, sin embargo, una vertiente más radical en la nueva serie, la que semeja horizontes y despeñaderos. La línea es en esos territorios protagonista absoluta. Se puede intuir cicatrices (también queloides), en la mención de esos pliegues concientemente conservados, y sobre todo, la referencia a la vulva, de carnosidad, de volumen real o simulado en esa misma línea que en su extrema síntesis define un sexo de mujer. Los hilos dispuestos para el tejido, los materiales para el injerto y las insinuantes rayas, son recursos simbólicos que hablan del reacomodo que está teniendo lugar en el discurso abstracto de Julia Valdés. En la actualidad, su pintura se destaca por lo emotivo en tanto la artista trabaja con igual intensidad en los pormenores del oficio: frecuentes collages, mayor gestualidad del chorreado ocasional, relieves, impresiones y empastes donde se adivina el ir y venir de la espátula y otros improvisados instrumentos. Con la serie Erosiones, Julia Valdés ha construido un sentido metafórico que equipara la devastación en el medio natural con lo que acaece al espíritu humano, en el trazado del yo más íntimo, recóndito. La exploración que la motiva convirtió en documento las acciones y, en esa subversiva intencionalidad, revela lo que Michael Tapié hubiera denominado el “drama pictórico”. El relato descubre la revisión de su historia personal. El ajuste incluye, tras la liberación irracional y sensitiva de lo abstracto, lo delicado y lo tremendo, en el desnudo de ese paisaje que el acto de vivir y sus contiendas consiguió imprimirle, al ser una y otra vez, calada por el tiempo.


Caridad Blanco, diciembre de 2007