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Muros y lamentos
Rafael Acosta de Arriba
 
Que el cuerpo humano ha sido uno de los principales motivos del arte a lo largo de los tiempos, es algo difícil de discutir. Desde los pictogramas que aún se conservan en las cuevas donde los hombres de las épocas prehistóricas pintaran algunas escenas de su realidad hasta la era de la cibernética, la cultura de la mirada humana ha tenido en el cuerpo una de sus grandes obsesiones.

El mismo siglo XX, tan importante para el desarrollo, el estudio y las referencias en el arte contemporáneo, tuvo su verdadero comienzo artístico con un cuadro de cuerpos femeninos, Las señoritas de Avignon. En la pasada centuria, ocurrió también, el surgimiento de la automatización y las técnicas digitales y, con ellas, radicales cambios en las formas de ver y concebir la realidad. A pesar de ello, el cuerpo ha seguido siendo el blanco favorito del arte quizás por esa certidumbre de que es la metáfora del universo. Cuerpo como mundo, como territorio de experimentación, cuerpo como texto. Agreguemos que la identidad humana la deducimos, en primera instancia, a través del cuerpo. Cada artista tiene su propia visión del cuerpo humano. Estas visiones responden a premisas religiosas, ideológicas, sexuales, o simplemente (y e la generalidad de los casos) a premisas estéticas.

Yoel Díaz es un creador que hace su primera muestra personal en Cuba y con ella toma partido en su concepción del cuerpo humano. El mismo lo dice: “en mi trabajo me apropio de esa facultad de decir de los cuerpos para adentrarme en ellos como un lector asiduo, que los descubre y los muestra”.

Y la muestra Muros y Lamentos que se exhibe en la galería El reino de este mundo de la Biblioteca Nacional José Martí, nos habla de la soledad y del vacío del hombre contemporáneo. Los muros y los cuerpos se combinan para ofrecernos su noción de confinamiento, ya sea este material o espiritual, aunque es evidente que Yoel prefiere enfatizar en el encierro de las almas a partir de lo que los cuerpos nos pueden anunciar. Angustia, vacío, soledad, dolor, son sensaciones a las que apela en los cuadros de la muestra.

Cuando vi estas piezas por primera vez pensé en la obra de Lucien Freud, un consagrado del arte actual. Aprecié la misma profundidad esencial de su mirada, la poca complacencia que siente por la figura humana como hecho hedonista y estético. El cuerpo como hacedor de discursos morales, eso los une.

Aquí los cuerpos forman muros, son ellos mismos el límite y como dice el propio artista en algunos cuadros “no puede definirse donde termina uno y comienza el otro”.

La gama de colores subraya el aliento expresionista: grises, opacos, negros, oscuridad, lobreguez como sinónimo de tristeza, de opresión interna. Hay momentos en que la mirada es hiper-realista, casi fotográfica, y entonces he pensado en la obra del fotógrafo checo Jan Saudeck, otro demiurgo de la tristeza.

Excelente dibujante, Yoel sólo tiene que liberarse de algunas ataduras academicistas, para encontrar su propia figuración.

El formato de los cuadros, en su gran dimensión, permite observar las imágenes con facilidad, casi a escala natural. Es desde luego, otro desafío técnico al que ha apelado el artista. Casi todas las piezas están hechas convencionalmente con óleo sobre lienzo pero también hay ciertos recursos instalativos a partir del uso de metales, sogas, arena y raíces naturales.

Yoel Díaz, graduado de San Alejandro y ahora profesor de la misma Academia, es un creador muy joven. Como ya expresé, esta es su primera muestra personal, con anterioridad expuso en la galería Meyer-Le Bihan en París, en diciembre del pasado año, de conjunto con un renombrado puñado de artistas internacionales denominado Grupo Memorias, los que le invitaron al ver el talento de Yoel y la coincidencia conceptual de su trabajo con el de ellos.

No adelantaré juicios aunque sí tomaré posición. Como dice un clásico de estos tiempos “que cada cual saque sus propias conclusiones”. Aquí va a mía: Yoel es un creador dueño de ideas, técnica y talento. Con esa dote se puede llegar muy lejos en el competitivo mundo del arte. Todo está en mirar y trabajar, leer y trabajar, escuchar y trabajar. Él parece decidido a enfrascarse en esa dura empresa. Pienso que tiene las condiciones principales para ello. Lo otro lo dirá su tenacidad.

Estamos pues en presencia de un joven talento con una obra incipiente pero ya digna de reconocimiento.

Rafael Acosta de Arriba
2005