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El 6º Salón de Humoristas y Arte Decorativo
Alejo Carpentier
 
Es indiscutible que la masa de nuestro público comienza a perder algo de esa desconsoladora impermeabilidad intelectual ante las cosas del arte, que le aquejaba en estos últimos años, en que las más diversas manifestaciones estéticas trataron de despertar su interés. Más de un hecho viene a corroborar felizmente este aserto. Nuestras agrupaciones sinfónicas ven aumentar de día en día el número de sus adictos; el paso por La Habana de algún artista cuyos valores se cotizan alto, ya provoca su pequeña expectación; hace poco, una audición de Música Nueva logró llenar totalmente una sala de conciertos ofreciendo, por toda concesión a los auditores, obras de Stravinsky, Ravel y Erick Satie... Ahora es el Sexto Salón de Humoristas, que inaugurado recientemente en la Asociación de Pintores y Escultores, se ve mucho más concurrido que en años pasados.

Por desgracia, de todas las exposiciones análogas celebradas hasta ahora, es la actual una de las que menos merece este inesperado favor del público. Exceptuando dos o tres, los envíos son débiles y denotan esa premura de los que, en unos pocos días, se proponen hacer humorismo para el salón. Algunas fiemas justamente calificadas como buenas, atraen esta vez nuestra atención sobre trabajos de una mediocridad desconcertante. Varios artistas que hubieran enriquecido el salón con valiosísimos aportes, brillan por su ausencia; los nombres de Blanco, Valls, Acosta, García Cabrera, Abela, no aparecen entre los de treinta expositores que ostenta el catálogo.

Por otra parte –y esto ha sido siempre una característica del Salón de Humoristas- no puede decirse que el humorismo se entroniza en la mayoría de los cuadros presentados. Aparte de la caricatura personal, cuya estilización ofrece más o menos “charge”, los testeros se ven invadidos por dibujos, acuarelas, gouaches muy agradables, llenos de elegancia, pero que más bien podrían servir de ilustración a algún texto o exhibirse como meras composiciones decorativas, que figurar como representaciones de humorismo. La gracia espontánea, franca, contenida en La Sinfónica de Manzanillo, de Hurtado de Mendoza, Cosas vistas, de Valer, o en caprichos de buen humor como la Calle Napolitana, de Jiménez Armengol, anima pocos de los cuadros del Salón.

Los dos envíos más completos y representativos son esta vez los de Hurtado de Mendoza y Conrado Massaguer. El primero nos ofrece, como arte decorativo, el trabajo más brillante y apreciable de la exposición: un paraván de laca, de rara elocuencia y belleza de color. Titulado Del tiempo de España, realiza el tour de force de mostrarnos panorámicamente toda una barriada de la Habana de antaño, junto al mar, cuya mancha azul, por lo extensa, crea un verdadero problema de “calidad”. Tema tan arduo, ha sido tratado por Hurtado de Mendoza con una elegancia suprema, dándonos una deliciosa riqueza de tintes y cubriendo las tablas de su biombo de una materia grata y luminosa como un bello esmalte.

El resto del envío de Hurtado de Mendoza, tal vez por contraste, parece más débil. No obstante, la Sinfónica de Manzanillo, evocación caricaturesca –y violenta en color- de un son, resulta un acierto de humorismo. En la caricatura personal es nada feliz; presta, por ejemplo, al doctor Antiga, un dandysmo más que caprichoso.

Massaguer bate un verdadero record de caricatura personal en cuanto a calidad y cantidad. Su Sobremesa sabática, reúne alrededor de una mesa nada menos que treinta y una de las figuras más conocidas de nuestro mundo intelectual, ofreciendo algunos aciertos definitivos. Roig de Leuchsenring, por ejemplo, casi incaricaturable, nace en ese cuadro para el universo regocijado de la caricatura; durante muchos años los dibujantes sólo le verán de este modo. Tallet, José Manuel Acosta, Otto Bluhme, la sonrisa amarilla del Dr. Antiga, Diego Bonilla, Fernando Ortiz, constituyen otros tantos éxitos de la interpretación y charge.

Tres cabezas de mucho estudio, como las titula su autor, son las del presidente Machado, el presidente Coolidge y el presidente Calles. En ellas, el caricaturista adaptó el medio de expresión al efecto producido por las fisonomías antagónicas de los personajes. Mientras Calles, de líneas duras, precisas, son superficies casi geométricas, hace pensar en alguna faz de bull-dog tallada a hachazos, la cara pecosa y blanca del presidente Coolidge, ectoplasmática y sin nervios, parece salirse lentamente del marco, como un globo mal inflado. El presidente Machado es también un acierto, presentando caracteres distintos de estilización y colorido.

El envío de Massaguer se completa con tres paneles de caricaturas de personalidades tan famosas –Dioses y semidioses- del arte mundial, como Charlie Chaplin, John Barrymore, Balieff, Gloria Swanson, y muchos otros. Ofrece también una cabeza del maestro Sanjuán, en un plato (inútil es advertir que la cabeza fue adquirida por Salomé).

Luis López Méndez presenta dos acuarelas elegantísimas y gratas de color, Punto de mira y La Garzona.

Aba Groden, con dos pequeños dibujos, ha resultado una de las personalidades más interesantes del Salón: El niño juega es exquisitamente ingenuo, y El borracho es de una deliciosa modernidad de composición, revelando una línea inquieta y segura. Gustavo Botet tiene una visión feliz y llena de humorismo. Sus tres dibujos, y sobre todo Berenice, lo muestran bien orientado y, a cada paso, descubriéndose a sí mismo; su estilo, amante de graciosas desarticulaciones y arbitrariedades de perspectiva, tiene ya un sello inconfundible.

Los que “pasaron por París”, llevaron al Salón sus inquietudes adquiridas en Montparnasse. Enrique Riverón, en su receta para escribir una comedia, desarma sus personajes como un motor de múltiples piezas, reduciéndolos a formas esenciales, con buen sentido humorístico. Le petit chien de luxe, resulta gracioso y decorativo; es uno de sus mejores dibujos.

Jiménez Armengol, presenta una blague que constituye una de las notas muy humorísticas del salón: una Calle de Nápoles, hecha de papeles y cartones pegados, con auténticos trapos secando, y depósitos de desperdicios en la acera, que contienen –¡oh, realismo!- auténticos desperdicios. En general su envío es débil, destacándose, como nota caricaturesca y novedosa, sus tres agradables pesadillas congolesas.

Rafael Surís se muestra esta vez, como otras, muy decorativo, pero tan poco humorista que sus cuadros ganarían con no llevar chistes. Pedro Valer acierta, como siempre, en sus escenas en que intervienen centenares de personajes, ; como Capí, sus multitudes callejeras tienen movilidad y carácter; Cosas vistas, es una impresión post-ciclónica de la mejor calidad. Valle de Trinidad y Vesperal llenan bellamente su fin decorativo.

Portell Vilá comienza a preocuparse de la estilización; su Jeaune fille du chat quiere modernizarse y resulta superior en calidad a otros de sus envíos. Carlos, elegante siempre, ofrece una composición de idea excesivamente verde. Martha López exhibe tres lindos dibujos.

Hernández Giro presenta dos lamentables acuarelas. Un “proyecto de pintura mural”, El triunfo de la Paz, que acumula todos los lugares comunes pictóricos que suelen envenenar tales composiciones, y en cuyo fondo aparece –simbolizando el progreso o algo por el estilo- un dirigible que es todo un poema de ingenuidad y de humorismo involuntario. Su “proyecto para un techo” que nos muestra la isla de Cuba formada por una multitud de figuras que emergen de un mar azul, hace pensar en esas tarjetas postales baratas que hace años se lanzaron como gran novedad, representando cabezas de Mefistófeles o del Dante constituidas con cuerpos de mujeres desnudas. Estos envíos constituyen dos de las más auténticas notas humorísticas del Salón.

Hernández Cárdenas aparece, con sus cuatro cuadros, como uno de los mejores expositores. Su Vaquería propia tiene gracia y ambiente. Los novios y El Chanchullo resultan de excelente calidad.

El escultor Sabas presenta dos figuras agradablemente estilizadas. Federico Barsó, dos composiciones bastante decorativas.

Ramón Arroyo es, de todos los humoristas, uno de los pocos dotado de humorismo; además, sabe “ver” en caricatura.

El programa de la Exposición se completa con los nombres de Armando Maribona –cuyo envío debía ser más interesante-, Esteban Betancourt, Enrique Caravia, Farrés, Ferrufino, Perdices, Sánchez Araujo, Valdés, Román González –que tiene algunas ideas verdaderamente humorísticas-, Guevara, López del Valle, Moreno...


Alejo Carpentier. Febrero de 1927, Social, pp.49-52.