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En la República: Parábola que inicia
Luis Alfonso Fajardo
 



En un país de esperanzas y ambiciones limitadas, en medio de una nueva situación adversa, los dibujantes que encuentra la República no difieren en mucho de los grabadores que los precedieron. El costumbrismo continúa como fórmula tradicional. Y más que como una tradición, como amaneramiento. En el fondo es una cuestión de posibilidades. El artista colonial, siempre hombre, se encuentra confinado por censuras externas inflexibles y el mundo enteco de la colonia cada vez le ofrece menos oportunidades para concebir y crear libremente. La colonia es estanco, monopolio, factoría y eso condiciona desfavorablemente el ámbito espiritual. Y como en la República entró “mucho metal conservador”, para adoptar la expresión martiana, pues el artista republicano no conoció en definitiva otra ley que regulara sus actividades y los mismos agradables, pero siempre superficiales motivos siguieron su imperio. Se reveló tan sólo un ligero cambio en los personajes. La estampa se ve desplazada y sustituida –tal vez como consecuencia de la presión de aislados factores nuevos, ambientales- por la caricatura o, por lo menos, por un dibujo más libérrimo, dado que era más convencional.

Las ejemplares caricaturas de Jaime Valls, además de esbozar anuncios con proyecciones distintas, al contrario de las de Landaluce, denuncian espontaneidad, fantasía y una vertical movilidad. Muestran a través de trazos verdaderamente populares lo que, según algunos, es la génesis del carácter republicano, con las mulatas apetitosas y solariegas, con negritos guasones y ventajistas, con el “gallego” y su indispensable “sobrín”, y la cansada y laboriosa personalidad del chino. Ellos forman –para bien y para mal- nuestra cantera de arte vernáculo.

Por otra parte, Massaguer y Lillo descubren la vía por la que los dibujantes re-encuentran el modo de poner su capacidad publicitaria gráfica al servicio de los manufactureros y de las industrias licoreras, del cigarro y del jabón.

Jaime Valls mostró implacable indiferencia a todo rigor publicitario, importándole poco las inherentes obligaciones e implicaciones del mismo. Sentía placer en producirse como artista. Placer un poco hedonístico y narcisista, sin el esfuerzo de someterse al interés que lo movía y pagaba. Como ilustrador, la mar de veces se mostraba emulando los grabadores europeos contemporáneos de mayor empuje. Le dio siempre las espaldas al destino inmediato del anuncio, y reparaba y respondía solamente al coro elogioso de los admiradores suyos, bien numeroso por cierto.

Para objetivizar este punto de vista nuestro, nada mejor que recordar cierta interesante peripecia de la que fuera excepcional protagonista cierto anunciante cubano. Esperanzado éste en confeccionar en Cuba la totalidad de los anuncios de los productos de sus clientes norteamericanos, se dio a la tarea de convencerlos de las ventajas sicológicas que tal acontecimiento traería aparejadas, alabando las excepcionales condiciones de nuestros dibujantes, haciendo particular elogio de Jaime Valls. Aceptada esta sugestión y logrado, en principio, el propósito de evitar la invasión de “anuncios enlatados”, se encargó a Valls que elaborara varios anuncios para una pasta dental. Dos semanas más tarde Valls requirió la presencia del anunciante para que le diera el visto bueno a los anuncios, ya procesados. Y el anunciante, aunque prendado por la maestría y el encanto de aquellas maravillosas muestras del formidable oficio, se preguntó in mente: “¿Dónde diablos se encuentra la motivación? ¿Cómo apelarán e inducirán estas rumberas y estas hembras opulentas al uso de la pasta dental?” Por más vueltas que le daba al asunto, la solución seguía sin aparecer y tanto más se alejaban los anuncios del propósito publicitario, cuanto más bellos resultaban los dibujos.

Luis Aragón, que conoció íntimamente a Valls, nos cuenta algo que completa este esbozo de su personalidad: el artista siempre convencía a sus clientes con una expresión semejante a esta: “No se preocupe usted; sólo le pido que publique el anuncio y le aseguro que al día siguiente todos sus amigos le hablarán maravillados de él”. ¡Peregrino y caprichoso concepto que tenía el señor Valls de la publicidad, en aquellos lejanos tiempos en que se llamaba “agencia” a un cuarto donde un individuo traficaba, por un tanto por ciento ridículo, entre el cliente y las publicaciones muy escasas!
Valls era un artista bohemio y su “estudio” fue lugar preferido para tertulias, centro de amables discusiones, en donde se exponían personales criterios acerca de los problemas estéticos trascendentes, pero donde el anuncio nunca fue considerado como tema digno de discusión. El anuncio, para Valls, constituyó tan sólo un pretexto para alcanzar una desahogada posición económica.
“Ese detalle: la posibilidad de que disfrutó, de lograr desahogo económico haciendo publicidad sin hacerla, debió de haber sido una llamada de atención para los dibujantes e incipientes publicitarios. Desde el momento en que posibilitaba el dibujo comercial el acceso al desahogo económico, era porque había un mercado que lo demandaba, cada vez con mayor intensidad. Eso indicaba que había surgido una nueva necesidad, hija del desarrollo técnico, de la ampliación y complejidad del mercado y de la competencia. Para satisfacer esa necesidad, había que conocer el mercado y sus instancias. Hacía falta, pues, crear una técnica nueva del anuncio, en que el dibujo exigía nuevas responsabilidades, para satisfacer esa nueva necesidad social. Pero había horror a descender de la “torre de marfil” del artista y del arte encerrado en sí mismos).


Luis Alfonso Fajardo. 10 dibujantes cubanos. Apuntes sobre la ilustración gráfica en Cuba. (pag. 34-37)