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Trillo renovado
José Veigas
 
Hace apenas unas semanas, al escribir el texto para el catálogo de la reciente exposición del pintor Jorge Luis Santos, hacía referencia a la obra de Carlos Trillo como un antecedente del arte matérico en Cuba; quizás otros artistas hayan empleado también diversos medios para obtener texturas, pero no cabe dudas que Trillo ha sido el más fiel practicante del rito de convertir la materia (o los materiales) en arte.

El tema puede sugerir y provocar curiosas discusiones, e incitar las siguientes preguntas ¿qué es pintura matérica? y ¿dónde comienzan o terminan sus límites? Particularmente, no me interesa definir, delimitar, y mucho menos, establecer normas y clasificaciones, pero resulta curioso que un pintor como René Portocarrero ―si nos atenemos a los resultados visuales y al contacto de muchas de sus pinturas― pudiera engrosar la lista de los “materistas”. Por supuesto, el asunto no debe tomarse tan superficialmente, no es lo mismo trabajar con abundante cantidad de pigmento, como acostumbraba el artista mencionado, que hacer pintura matérica.

En el caso de Trillo pudiera pensarse que el ambiente neoyorquino fue el punto de partida de su quehacer artístico, sin embargo la historia no se desarrolló de ese modo. Nueva York para el joven emigrante, fue una escala, no significó el lugar donde aprehendería las primeras enseñanzas del arte. La hora de la verdad se encontraba en La Habana, al regreso, en agosto de 1961, cuando en el medio artístico cubano se encontraban y enfrentaban las más disímiles opiniones sobre la función del arte en las nuevas condiciones sociales que se desarrollaban; por entonces los temas del momento eran entre otros: muralismo, realismo socialista, expresionismo abstracto, se discutía la validez del filin y los discursos de Jruschov, y hasta si debíamos ver filmes como la Dolce Vita, de Fellini u oir a The Beatles; ni siquiera entre las filas abstractas se podía encontrar unidad de criterios; unos apostaban por el informalismo y otros al arte concreto, así de contradictorio era el panorama cultural cubano de aquellos años.

Hacia 1965 se asoma un artista novel y expone su primera muestra personal en 1967, en la prestigiosa sala del Lyceum & Lawn Tennis Club y, Loló de la Torriente, desde la página dos del periódico El Mundo, le dedica una elogiosa crítica. Tapies y Kafka, cada uno por su lado, parecen haber inspirado al joven Trillo. Superficies negras, texturas de maderas, en fin una especie de “negro sobre negro” fueron algunas de las características que marcaron las obras iniciales; el color llegaría más tarde.

Si anteriormente decíamos que Nueva York no había sido el punto de partida del pintor, desde hace alrededor de diez años, la ciudad de los rascacielos ha ocupado el lugar que no había reclamado durante la residencia del pintor y los años subsiguientes. Aunque manteniendo su porfiada actitud abstracta, la urbe afloró de pronto cubierta con empastes, texturas y colores severos, a partir de la serie Manhattan 97, expuesta en la misma sala donde tres décadas antes debutara como pintor.

Torres, muros, mugre, luz, todo mezclado aglutinaban aquellas piezas. Si bien es cierto que podían expresar muchas opciones referenciales: Shanghai, Los Angeles, Kuala Lumpur, Singapur, o Sao Paulo, no es menos cierto que Trillo conciente o inconscientemente, devolvía su experiencia personal enriquecida, durante los años transcurridos, por el cine y la literatura “digeridos” . Todo era aparencial nada nos remitía al verdadero perfil de una ciudad tan reclamada publicitariamente, había que escudriñar con afanosa maña para acertar… descubrir el juego del pintor con la verticalidad de sus composiciones, con la aplastante dureza de los materiales empleados, atenuada consecuentemente por el color.

En sus más recientes obras del período 2003-2005, Trillo ha cambiado los formatos, todo parece haberse ensanchado, la Gran Ciudad ya no queda encerrada en límites tan estrechos, se enriquecen las formas y en algunos casos se asoma la gestualidad que afina el entorno.

La diversidad “arquitectónica” se bifurca como si el pintor quisiera entablar un diálogo con los estilos, catalogar las formas, nunca antes en su pintura se había manifestado tal libertad de expresión. En un solo cuadro parece haberse reunido la experiencia de cuatro décadas. La identidad que lo ha caracterizado desde la década del sesenta se ha consolidado en lugar de diluirse, a partir de ahora podemos esperar un pintor renovado cuando algunos se retiran.

José Veigas Zamora
La Gaceta de Cuba, septiembre 2005.